miércoles, 21 de septiembre de 2016

Condición inhumana (VIII - Final)



Lo último que flota en su memoria es la visión de la abuela de 93 años. Piensa que la mujer merece saber el destino de Javier. Explicarle lo que pasó y, quizás, darle consuelo. La inquietud lo acompaña durante todo el viaje de vuelta a su planeta, luego de dejar al resto de los sobrevivientes. Decide no retornar y emprende hacia el planeta de Javier. Debe hacerlo, debe decírselo a la mujer. Es la única forma de que el hombre retorne a la bóveda sagrada, de lo contrario seguirá recorriendo el cuerpo de la esfera. No era un gran ser, lo reconoce, incluso su muerte quizás fue innecesaria, pero, si se salvaron –signifique lo que signifique salvarse- fue por este extraño humano.

El sistema planetario del hogar de Javier es similar, casi idéntico al de Azul. Desde donde está puede ver a todos los planetas girando en torno a aquella joven estrella. Los colores, las otras estrellas de fondo, los asteroides, luces que van y vienen. Se detiene un poco en los anillos de Saturno y en las nubes de Venus. Es indudablemente bello.

A medida que Azul se acerca, es invadido por esa sensación que creía olvidada. Un golpe eléctrico lo recorre de arriba abajo, inmovilizándolo. Es la esfera. El líquido cae lentamente sobre la superficie terrestre. Pone atención y escucha las voces desintegrándose. Las voces distorsionan sus pensamientos. Intenta dejarlos pasar como nubes y concentrarse en buscar la voz de la anciana. Es débil, casi imperceptible. Dirige la nave a un sitio eriazo cercano a la posible ubicación de la mujer.

Edificios, concreto, maquinas ineficientes dispersadas por las calles, papeles, desperdicios, algunos cadáveres, fuertes corrientes de viento, tormentas eléctricas, frío. El clima es tan feroz como en el planeta de los insectos. No siente ninguna otra presencia, salvo los gatos que lo miran con desconfianza mientras se pasean por las calles vacías. Vidrios que se rompen.

La mujer está sola en una casa sucia y oscura, cubierta de nieve mezclada con barro. Casi no lo mira. Desde su silla le indica que se siente. Azul contempla los platos rotos y las murallas rayadas con signos vulgares. La piel de la mujer se pega a sus huesos, sus ojos parecen ser lo único con vida en la habitación. La mujer mueve su boca, tratando de humectarla. Azul siente como si sus labios se rasgaran. Cada cierto tiempo un gato se asoma por la puerta principal, como si montara guardia. Están esperando a que me duerma para atacarme, dice la mujer. Azul le transmite la imagen de Javier. La mujer no parece conmoverse. Ni siquiera parece recordarlo. Azul se siente estúpido. Los gatos maúllan. Parece como si fuera agosto. El día se nubla. Azul lo ve. Toma a la mujer en sus brazos y escapan por la puerta de atrás. El líquido oscuro ha comenzado a caer al planeta.

Esto era verde, precioso, le dice la mujer mientras escapan de una red de tentáculos oscuros que caen del cielo como una lluvia de petróleo. Antes todo era tan tranquilo, tan bello. El otro día me violaron, sabe. Eran dos tipos. Dos niños casi. Como entenderá yo no me preocupa nada. Salvo esos gatos. No sé cómo no me mataron. La verdad es que deje de entender el mundo hace tiempo. Las cosas simplemente pasan y yo me quedo ahí, en mi silla. De un día para otro se fueron. Dijeron algo que no entendí. Este parque era tan bello, qué le habrá pasado si los niños venían siempre. Los niños. Se fueron, todos se fueron. Nadie se acordó de llevarme como lo hace usted ahora. Qué le pasó en la cara, tan triste que se ve. A veces tengo ganas de llorar también, pero me aguanto, no quiero morir de pena. No sé de qué quiero morir, siento que me morí hace mucho, con lo del Ricardito. Se acuerda lo que le pasó al Ricardito. Parece que usted no estaba. A dónde vamos. Ya ni reconozco estas calles. Todo cambio de un día para otro, si yo le decía, se fueron, me dejaron, no me dijeron nada, nada, todos se volvieron locos, el día se hizo más corto, la noche más oscura, había ruido en la calle, como un ruido ensordecedor, algo que abrumaba, que los volvía locos, yo estaba bien, no impecable, pero bien, es que ya me morí una vez. Ya había visto uno de esos tentáculos. Se llevó a la Marianita, la vecina. Entonces se fueron y me dejaron. Encendieron  unos palos, quemaron unas figuras, gente dijeron que habían quemado, o sea no me dijeron, nunca me dicen nada, pero yo los vi arder, ahogarse en el humo mientras sus ojos estallaban por el calor. Una anciana no debe ver esas cosas, pero yo estaba preparada, no sabe cuánto he vivido yo. No sabe lo que he visto. No me mire así, yo conozco esa mirada. Le estoy diciendo la verdad, ya no me queda nada más que la verdad. Vendían un pan tan rico en ese lugar. Crujiente, sabroso. Casi siento el olor a recién horneado, como el olor de la gente que quemaron. La luz blanca, la gente con sus bolsas de género esperando ansiosas, estirando los brazos por tomar un poco de pan, la pesa electrónica, las migajas, los panes cayendo como se caen ahora esos edificios. Que son estas nubes de polvo que casi nos tragan, que es esa cosa negra. Parece que no es primera vez que usted las ve, no es cierto. No me mienta, no le mienta a una mujer de mi edad.

Lo poco que queda del pueblo de la anciana es devorado por el líquido negro. Sabe que estoy aquí, cree Azul.

Desde la nave, la anciana mira como la gran esfera negra se derrama sobre lo que fuera su planeta. Azul escucha los gritos en silencio, evitando desmoronarse. Solo salvé a esta mujer marchita, piensa desconsoladamente, sin saber a dónde dirigirse. Flotan en el espacio, mientras la esfera termina por devorarse el planeta (bosques, mares, volcanes, montañas, aves, peces, animales y los pocos seres humanos sobrevivientes a la humanidad, devorados lenta y progresivamente por una esfera imperturbable). Sienten un rugido que es rápidamente silenciado. Sin poder llorar, la mujer se acerca a la ventana de la nave (una especie de membrana acuosa), aprieta sus puños, sus dientes, y grita, como si dejará escapar un fantasma desde su interior. Suspira, cansada. Abre la boca por unos momentos antes de llamar a Azul. Viví muchos años. Muchos. Tantos que vi a mi hijo morir. Una madre no debe presenciar eso. Me pregunto si la Tierra sintió eso. Qué sentiste tú. Tienes una cara terrible. No sé si valga la pena decir eso. Es que me dejaron sola. Una parte de mí se quedó en esa habitación, en ese polvo, en ese lugar donde estuvo sola por meses, en ese lugar donde me violaron, robaron y golpearon y me dejaron para morir pero al final no morí, los vi morir a todos. Deberían haberme matado, matado antes de que muriera Ricardito. Era un buen hijo. La gente ya no es como antes. Nada es como antes. Antes me habrían matado, con dignidad. Prefirieron drogarme y después de esa cuestión oscura dejarme ahí. Para qué dígame usted ¿Puede decir usted? Y ahora estoy aquí camino al cielo. Yo pensaba que los ángeles eran diferentes ¿No es un ángel usted? Dígame algo, por amor a Dios. Ante la mínima perturbación todos se volvieron locos. Ya lo vio usted. Ahora voy al cielo. No moriré. Los vi a todos caer. No sé cómo lo estoy llevando. Estarán allá también me imagino. Algunos, algunos pocos. Los caminos del señor. Qué vergüenza que le hable de esto señor ángel. Pero, no se habrán equivocado. Tengo mis pecados sabe. Cosas que preferí olvidar. No sé si podré llegar al cielo con esas cosas en el corazón. Todo duele. Yo no los quería a todos por igual sabe. El Ricardito era mi favorito. Después no los tomé en cuenta. O me dedique a hacerles la vida imposible. Imposible. Nunca me di por satisfecha. Con nada. No debí haber mentido a mis hijos. Al final, no los quise. Vivía para sentir desagrado y odio por la vida que me quitaron. A la larga fue su culpa y se lo merecían. No soy un instrumento del señor. Vine a sufrir como todos. Y ellos no lo entendieron. Les tenía que explicar todo duramente. No es fácil pegarle a un niño. Menos a un nieto. Ellos, con sus sonrisas falsas, nunca lo entendieron. Yo era así por mejor, para que vieran como son las cosas. No soy un instrumento del señor, soy la realidad. La realidad que me quitó al Ricardito. Ni siquiera a mí me merecían. Por eso los separe de esas malas mujeres y les hice la vida imposible a mis nietos. Ya ve lo que pasó con el resto. Me violaron, pero ya no me importaba. Me dejaron sola, rodeada de gatos hambrientos, en la casa que nunca quise dejar, rodeada de las cosas que nunca dejé que botaran, con los muebles que nunca quise cambiar porque eran mis muebles, mi casa, y ellos estaban de paso, y estaban ahí molestándome con su presencia inútil, con el flojo del Sebastián que era incapaz de levantarse a trabajar, pero claro, decidieron irse y se fueron de inmediato, llevándose hasta mis cosas, mis pequeñas cositas, mis recuerdos. Por eso no me morí. No me van a matar nunca. Yo fui el que separó al Carlos de la Carolina, yo inventé la historia. Eran tan tontos, sabe, tan tontos. Yo vi como miraba a su hermano, esa mujer era una cualquiera. Pero al Carlos le gustaban así. Ya vio a su hija, la que engaño a ese tipo que me mostró cuando nos conocimos. La verdad. La verdad, a lo mejor, no sé, quizás no merecía ser salvada, sentencia con su último aliento finalmente la anciana, en un idioma que se perderá en el desierto de Marte, donde morirán los últimos hombres que justo ahora entierran el cuerpo de la última mujer fértil.

La conciencia de la mujer ya se ha ido. Azul mira el cuerpo apoyado contra la ventana, piensa en cremarlo y liberar sus cenizas en el espacio. Se acerca al cuerpo de la anciana para recostarlo sobre el incinerador de la nave. El cuerpo reacciona, convulsionando. Azul da un salto hacia atrás. El cuerpo cae boca abajo. Azul se acerca para voltearlo. El cuerpo se deshidrata rápidamente. Es como un envoltorio vacío. Entonces Azul lo ve. El terrible líquido oscuro emana de la boca de la mujer. Es demasiado tarde.   

martes, 6 de septiembre de 2016

Sueño

El domingo soñé con Nicanor Parra. Era un documental sobre su obra durante el 85. Todo era en una tonalidad gris azulada. El antipoeta montaba una obra sobre un escultor chileno homosexual. Las obras del escultor eran gigantescas. Se retrataba feliz junto a diferentes personas, gente común y corriente. Generalmente bailaban. Imágenes de dictadura, de tráfico, semaforos, ruido, escolares protestando, explosiones, humo mezclado con polvo, polvo de una construcción estallando. Nicanor habla sobre los chilenos, sobre la importancia del hombre de a pie, del ciudadano, de hablar, de entendernos en el habla de todos los días. Cruza una imagen de Raul Ruiz. La obra de Nicanor consiste en coreografías de cueca inspiradas en la obra del escultor. Son artefactos humanos. Nicanor está en una tarima con su clásico chaleco beige gigantesco, desastrado como Cantinflas, recitando un antipoema que se desvanece como arena entre los dedos.