Lo último que flota en su memoria es la visión de la abuela
de 93 años. Piensa que la mujer merece saber el destino de Javier. Explicarle
lo que pasó y, quizás, darle consuelo. La inquietud lo acompaña durante todo el
viaje de vuelta a su planeta, luego de dejar al resto de los sobrevivientes.
Decide no retornar y emprende hacia el planeta de Javier. Debe hacerlo, debe
decírselo a la mujer. Es la única forma de que el hombre retorne a la bóveda
sagrada, de lo contrario seguirá recorriendo el cuerpo de la esfera. No era un
gran ser, lo reconoce, incluso su muerte quizás fue innecesaria, pero, si se
salvaron –signifique lo que signifique salvarse- fue por este extraño humano.
El sistema planetario del hogar de Javier es similar, casi
idéntico al de Azul. Desde donde está puede ver a todos los planetas girando en
torno a aquella joven estrella. Los colores, las otras estrellas de fondo, los
asteroides, luces que van y vienen. Se detiene un poco en los anillos de
Saturno y en las nubes de Venus. Es indudablemente bello.
A medida que Azul se acerca, es invadido por esa sensación
que creía olvidada. Un golpe eléctrico lo recorre de arriba abajo,
inmovilizándolo. Es la esfera. El líquido cae lentamente sobre la superficie
terrestre. Pone atención y escucha las voces desintegrándose. Las voces
distorsionan sus pensamientos. Intenta dejarlos pasar como nubes y concentrarse
en buscar la voz de la anciana. Es débil, casi imperceptible. Dirige la nave a
un sitio eriazo cercano a la posible ubicación de la mujer.
Edificios, concreto, maquinas ineficientes dispersadas por
las calles, papeles, desperdicios, algunos cadáveres, fuertes corrientes de
viento, tormentas eléctricas, frío. El clima es tan feroz como en el planeta de
los insectos. No siente ninguna otra presencia, salvo los gatos que lo miran
con desconfianza mientras se pasean por las calles vacías. Vidrios que se
rompen.
La mujer está sola en una casa sucia y oscura, cubierta de
nieve mezclada con barro. Casi no lo mira. Desde su silla le indica que se
siente. Azul contempla los platos rotos y las murallas rayadas con signos
vulgares. La piel de la mujer se pega a sus huesos, sus ojos parecen ser lo
único con vida en la habitación. La mujer mueve su boca, tratando de
humectarla. Azul siente como si sus labios se rasgaran. Cada cierto tiempo un
gato se asoma por la puerta principal, como si montara guardia. Están esperando
a que me duerma para atacarme, dice la mujer. Azul le transmite la imagen de
Javier. La mujer no parece conmoverse. Ni siquiera parece recordarlo. Azul se
siente estúpido. Los gatos maúllan. Parece como si fuera agosto. El día se
nubla. Azul lo ve. Toma a la mujer en sus brazos y escapan por la puerta de
atrás. El líquido oscuro ha comenzado a caer al planeta.
Esto era verde, precioso, le dice la mujer mientras escapan
de una red de tentáculos oscuros que caen del cielo como una lluvia de
petróleo. Antes todo era tan tranquilo, tan bello. El otro día me violaron,
sabe. Eran dos tipos. Dos niños casi. Como entenderá yo no me preocupa nada.
Salvo esos gatos. No sé cómo no me mataron. La verdad es que deje de entender
el mundo hace tiempo. Las cosas simplemente pasan y yo me quedo ahí, en mi
silla. De un día para otro se fueron. Dijeron algo que no entendí. Este parque
era tan bello, qué le habrá pasado si los niños venían siempre. Los niños. Se
fueron, todos se fueron. Nadie se acordó de llevarme como lo hace usted ahora.
Qué le pasó en la cara, tan triste que se ve. A veces tengo ganas de llorar
también, pero me aguanto, no quiero morir de pena. No sé de qué quiero morir,
siento que me morí hace mucho, con lo del Ricardito. Se acuerda lo que le pasó
al Ricardito. Parece que usted no estaba. A dónde vamos. Ya ni reconozco estas
calles. Todo cambio de un día para otro, si yo le decía, se fueron, me dejaron,
no me dijeron nada, nada, todos se volvieron locos, el día se hizo más corto,
la noche más oscura, había ruido en la calle, como un ruido ensordecedor, algo
que abrumaba, que los volvía locos, yo estaba bien, no impecable, pero bien, es
que ya me morí una vez. Ya había visto uno de esos tentáculos. Se llevó a la
Marianita, la vecina. Entonces se fueron y me dejaron. Encendieron unos palos, quemaron unas figuras, gente
dijeron que habían quemado, o sea no me dijeron, nunca me dicen nada, pero yo
los vi arder, ahogarse en el humo mientras sus ojos estallaban por el calor.
Una anciana no debe ver esas cosas, pero yo estaba preparada, no sabe cuánto he
vivido yo. No sabe lo que he visto. No me mire así, yo conozco esa mirada. Le
estoy diciendo la verdad, ya no me queda nada más que la verdad. Vendían un pan
tan rico en ese lugar. Crujiente, sabroso. Casi siento el olor a recién
horneado, como el olor de la gente que quemaron. La luz blanca, la gente con
sus bolsas de género esperando ansiosas, estirando los brazos por tomar un poco
de pan, la pesa electrónica, las migajas, los panes cayendo como se caen ahora
esos edificios. Que son estas nubes de polvo que casi nos tragan, que es esa
cosa negra. Parece que no es primera vez que usted las ve, no es cierto. No me
mienta, no le mienta a una mujer de mi edad.
Lo poco que queda del pueblo de la anciana es devorado por
el líquido negro. Sabe que estoy aquí, cree Azul.
Desde la nave, la anciana mira como la gran esfera negra se
derrama sobre lo que fuera su planeta. Azul escucha los gritos en silencio, evitando
desmoronarse. Solo salvé a esta mujer marchita, piensa desconsoladamente, sin
saber a dónde dirigirse. Flotan en el espacio, mientras la esfera termina por
devorarse el planeta (bosques, mares, volcanes, montañas, aves, peces, animales
y los pocos seres humanos sobrevivientes a la humanidad, devorados lenta y
progresivamente por una esfera imperturbable). Sienten un rugido que es
rápidamente silenciado. Sin poder llorar, la mujer se acerca a la ventana de la
nave (una especie de membrana acuosa), aprieta sus puños, sus dientes, y grita,
como si dejará escapar un fantasma desde su interior. Suspira, cansada. Abre la
boca por unos momentos antes de llamar a Azul. Viví muchos años. Muchos. Tantos
que vi a mi hijo morir. Una madre no debe presenciar eso. Me pregunto si la
Tierra sintió eso. Qué sentiste tú. Tienes una cara terrible. No sé si valga la
pena decir eso. Es que me dejaron sola. Una parte de mí se quedó en esa
habitación, en ese polvo, en ese lugar donde estuvo sola por meses, en ese
lugar donde me violaron, robaron y golpearon y me dejaron para morir pero al
final no morí, los vi morir a todos. Deberían haberme matado, matado antes de
que muriera Ricardito. Era un buen hijo. La gente ya no es como antes. Nada es
como antes. Antes me habrían matado, con dignidad. Prefirieron drogarme y
después de esa cuestión oscura dejarme ahí. Para qué dígame usted ¿Puede decir
usted? Y ahora estoy aquí camino al cielo. Yo pensaba que los ángeles eran
diferentes ¿No es un ángel usted? Dígame algo, por amor a Dios. Ante la mínima
perturbación todos se volvieron locos. Ya lo vio usted. Ahora voy al cielo. No
moriré. Los vi a todos caer. No sé cómo lo estoy llevando. Estarán allá también
me imagino. Algunos, algunos pocos. Los caminos del señor. Qué vergüenza que le
hable de esto señor ángel. Pero, no se habrán equivocado. Tengo mis pecados
sabe. Cosas que preferí olvidar. No sé si podré llegar al cielo con esas cosas
en el corazón. Todo duele. Yo no los quería a todos por igual sabe. El
Ricardito era mi favorito. Después no los tomé en cuenta. O me dedique a
hacerles la vida imposible. Imposible. Nunca me di por satisfecha. Con nada. No
debí haber mentido a mis hijos. Al final, no los quise. Vivía para sentir
desagrado y odio por la vida que me quitaron. A la larga fue su culpa y se lo
merecían. No soy un instrumento del señor. Vine a sufrir como todos. Y ellos no
lo entendieron. Les tenía que explicar todo duramente. No es fácil pegarle a un
niño. Menos a un nieto. Ellos, con sus sonrisas falsas, nunca lo entendieron.
Yo era así por mejor, para que vieran como son las cosas. No soy un instrumento
del señor, soy la realidad. La realidad que me quitó al Ricardito. Ni siquiera
a mí me merecían. Por eso los separe de esas malas mujeres y les hice la vida
imposible a mis nietos. Ya ve lo que pasó con el resto. Me violaron, pero ya no
me importaba. Me dejaron sola, rodeada de gatos hambrientos, en la casa que
nunca quise dejar, rodeada de las cosas que nunca dejé que botaran, con los muebles
que nunca quise cambiar porque eran mis muebles, mi casa, y ellos estaban de
paso, y estaban ahí molestándome con su presencia inútil, con el flojo del
Sebastián que era incapaz de levantarse a trabajar, pero claro, decidieron irse
y se fueron de inmediato, llevándose hasta mis cosas, mis pequeñas cositas, mis
recuerdos. Por eso no me morí. No me van a matar nunca. Yo fui el que separó al
Carlos de la Carolina, yo inventé la historia. Eran tan tontos, sabe, tan tontos.
Yo vi como miraba a su hermano, esa mujer era una cualquiera. Pero al Carlos le
gustaban así. Ya vio a su hija, la que engaño a ese tipo que me mostró cuando
nos conocimos. La verdad. La verdad, a lo mejor, no sé, quizás no merecía ser
salvada, sentencia con su último aliento finalmente la anciana, en un idioma
que se perderá en el desierto de Marte, donde morirán los últimos hombres que
justo ahora entierran el cuerpo de la última mujer fértil.
La conciencia de la mujer ya se ha ido. Azul mira el cuerpo
apoyado contra la ventana, piensa en cremarlo y liberar sus cenizas en el
espacio. Se acerca al cuerpo de la anciana para recostarlo sobre el incinerador
de la nave. El cuerpo reacciona, convulsionando. Azul da un salto hacia atrás.
El cuerpo cae boca abajo. Azul se acerca para voltearlo. El cuerpo se
deshidrata rápidamente. Es como un envoltorio vacío. Entonces Azul lo ve. El
terrible líquido oscuro emana de la boca de la mujer. Es demasiado tarde.