El otro
Se invento una cara.
Detrás de ella
vivió, murió y resucitó
muchas veces.
Su cara
hoy tiene las arrugas de esa cara.
Sus arrugas no tienen cara.
Octavio Paz
No puede dormir. Es la ansiedad a presentación de mañana y la
posibilidad del ascenso. Es la ansiedad por el efecto de la pastilla. Te
cambiará la vida, promete el pequeño frasco. Un ruido, como de cientos de
pequeños pasos, lo levantan de la cama. Siente un cosquilleo en sus orejas. El
ruido se acrecienta. Siente pequeños pasos en su rostro. Tantea su camino hasta
el baño, enciende la luz, se mira en el espejo. Diminutos humanos recorren su
rostro, acomodando la posición de sus ojos, perfilando su nariz, estilizando
sus orejas y su mentón. Todo lo hacen mientras emiten un suave sonido como una
risita. Las criaturas terminan rápidamente de acomodar el rostro y retornan
enfiladas a los oídos del hombre que se observa estupefacto. Simula, sin éxito,
una sonrisa. Escucha un crujido. Surge una pequeña fractura cerca de su oreja
derecha. La toca pero no pasa nada, solo queda la cicatriz. Le cuesta
reconocerse, ahí debajo de ese otro rostro. Piensa en soluciones, pero el
frasco no dice nada. Se acuesta, pensando en que quizás nadie notará la
diferencia.
Suena la alarma. Se baña, se viste, desayuna, todo corriendo. Entra a la sala de reuniones. Hay un silencio. Cree que le van a decir algo, pero solo lo miran expectantes. Su jefe mira su teléfono, aburrido. El hombre inicia la presentación. Su voz es más firme. Lanza un par de chistes que son bien recibidos por la audiencia, incluso por la colega que también busca el ascenso. Preguntas, dice para finalizar la presentación. Aplausos. Incluso su jefe se muestra satisfecho. Intenta sonreír, cree que su rostro se va a fracturar por completo. Inventa una excusa y se escabulle al baño. Su rostro, el otro rostro, está intacto. Respira profundo. Intenta sonreír, pero no puede. Es decir, el otro rostro sonríe pero no es su sonrisa. Decide simular.
Durante el resto de la semana todo el mundo lo trata como otro, como el otro que seguramente es el otro rostro. Se pasa el día fingiendo las expresiones de ese otro rostro. A veces puede adelantarse, mejorando la calidad de sus reacciones. Aprende a reconocer las intenciones de los otros, lo que le permite expresarse
a través del otro rostro. Poco a poco, el otro rostro domina el ambiente de la oficina.
Todo marcha estupendo.
El jefe lo convoca a una reunión junto a su colega. Va a anunciar quien se quedará con el ascenso. Lo nombran. La mujer estalla. Mueve los brazos, grita palabras inentendibles, su boca se llena de saburra, sus ojos se desbocan. Se lanza sobre el hombre que reacciona empujándola. Se escucha un crujido: el rostro de
la mujer se fractura por completo, dejando al descubierto una masa de pliegues deformes cubiertos de mucosidad. Pequeños humanoides emergen de lo que fueran los oídos de la mujer e intentan componer el rostro. El hombre escucha un suave quejido, como si las criaturitas lloraran. El otro rostro reacciona, intentando sonreír, pero el hombre no puede aplacar su espanto ante el aspecto de la mujer. Quiere gritar con todas sus fuerzas. El otro rostro se resiste. Se lleva las manos a su rostro, al otro rostro. Escucha un crujido.