miércoles, 24 de agosto de 2016

Motivación



Hastío. Salir o quedarse ahí y esperar a ser succionado por el monitor resplandeciente, hermoso en sus números y orden, en esa casi infinita capacidad para almacenar, generar estructuras, mover datos de un lugar a otro. Al mismo tiempo, le gusta el caos de internet, desprenderse en los links, caer de página en página y olvidar, dejar atrás todo. Pero tiene que parecer que trabaja. Y es difícil porque, por cómo están las cosas en la oficina, olvida porqué trabaja. O sea, espere que le paguen, pero no puede pasarse el día robándole internet a la empresa, tiene que hacer algo o recrear la pantomima de hacer algo. Y, aunque cueste creerlo, actuar que se trabaja cansa tanto o más que trabajar porque es un acto que no lleva a nada. Ahora, claro, si se piensa profundamente, nada es importante, y vamos de cabeza al abismo. El trabajo no sirve para nada, mucho menos el trabajo de este tipo, ingresar valores en una planilla, incitar, seducir a modelos predictivos a entregar otro número de consecuencias dudosamente reales. Entonces es un esfuerzo doble es hacer nada y que ese hacer nada también haga nada. Una nada que imita a otro hacer nada.

En qué momento y cómo un número deja de ser un número y se transforma en comida, agua, el sueldo de una persona, tiempo, un trasplante de corazón. El asunto es que tanto número ayuda a olvidarse del departamento vacío, del frío, de la monotonía en la que se ha transformado el salir con sus amigos, en lo distante que le parecen las mujeres (paraíso inexistente; infierno del tedio y la falsedad; reflejo quebrado de su madre). Suspiro. Los números siguen ahí, estables. Pasa su lengua por sus dientes. Siente su pelo grasoso, su camisa sucia y arrugada, su sudor con olor a comida rápida, su aliento asqueroso. Llegar a un departamento vacío no motiva nada. Nada motiva nada. Menos las miradas indiferentes que le dan sus compañeras de trabajo. Le gustaría tirárselas ahí mismo, frente a todos. Las detesta. Y es eso mismo lo que lo calienta. Pero debe mantener la compostura, hacer como trabaja, la mímica, porque lo que le pidieron, el famoso informe de riesgo de una de las tantas empresas para la que trabaja su empresa, lo terminó hace un par de semanas. Le gusta hacer como que sus tareas son más largas de lo habitual, entre que le da importancia y le permite sacar la vuelta, deporte en el que sería campeón olímpico, pero, al mismo tiempo, no podría serlo porque la clave, dice, de trabajar y no trabajar, es que nadie lo note pero que te vean trabajando aunque en verdad no estés trabajando. Es algo bastante zen la verdad. Pero con el tiempo, esas sacadas de vuelta, esos tiempos libres también se han transformado en retos. Más ahora que bloquearon youtube y algunas páginas de juegos. Y no puedes reclamar por eso. Hay formas de saltar esos obstáculos, pero cansa, indudablemente, cansa. Y esforzarse no es una opción. Y tampoco puede pensar en nuevas formas de pasar el tiempo. Eso requiere un esfuerzo mayor. No, impensable, no.

Sus manos se cubren de una delgada capa de grasa y residuo corporal que se impregna en el teclado y el mouse. Aprovecha para realizar una de sus actividades favoritas: limpiar el teclado. Primero saca un papel delgado que desliza entre las letras. El papel se llena de grasa, caspa, migas y pelos. Junta la basura en una orilla y la arrastra con su mano hasta su otra mano, para depositarlo en el basurero. Asquerosos copos de humanidad. Quizás por eso me detestan piensa. Siente esa otra piel de basura, esa capa de grasa de si mismo que lo cubre, esa capa que se genera mientras saca la vuelta e intenta pasar el bloqueo para ver videos victoria secret y mujeres practicando yoga. Esa capa es invisible pero siente su peso, el peso de la culpa. Navega vagamente por las redes sociales, leyendo los encabezados de las publicaciones sin interés, pasando los tuiteos sin detenerse. Uno tras otro. No sabe que pensar, si estar en contra o a favor, si opinar. Es mejor diluirse en ese río de opiniones que no lleva a ninguna parte, que se cae al llegar al límite de una tierra plana, directamente a las fauces de un demonio que no se interesa por lo que come y no puede detenerse. Si, la red es un terreno plano y estéril. Cuando creemos que llegamos a alguna parte, en verdad, estamos elaborando sobre premisas falsas. Arrastra sus manos sobre su rostro. A pesar de la fuerza el asco, la pereza y los pecados siguen ahí, hundidos en sus ojos, escondidos en esas bolsas que no solo hablan de falta de sueño, sino todo lo contrario: sueños vencidos, sueños inventados por grandes campañas publicitarias que lo bombardean constantemente, blanco fácil, débil e inmoral.

El hombre camina al baño. Lleva su teléfono. Se queda unos minutos revisando, por enésima vez, las actualizaciones de las redes sociales que acababa de ver en su computador. Intenta cerrar los ojos. Apoya su cabeza contra el muro frío de cerámicas blancas perfectamente alineadas. Intenta contarlas. Cree que ha pasado demasiado tiempo. Mira la hora en su teléfono, pero es incapaz de recordar la hora a la que entró al baño. Decide volver, para que no sospechen. Al mismo tiempo duda si alguien notó su ausencia.

Abre la puerta del baño, la cierra. Camina hasta la oficina. Abre la puerta. Piensa en cuanto queda para salir. Cierra la puerta. Cambia la luz. Alza la vista. Todo es brillante, anaranjado, desprovisto de la frialdad de la luz blanca de los tubos de su oficina carente de ventanas. Parece una cabaña. Los muros no son de concreto, son de madera. Hay una cama, un escritorio, una closet de madera gris, una cocina a leña en la esquina, una mesa en el centro con un vaso de agua medio vacío, medio lleno. Entra, lentamente, como si pasará su cuerpo a través de un fluido denso y espeso.  Comprueba su teléfono pero no tiene señal. Mira por una ventana: un campo plano y extenso, casi sin árboles, con montañas a la distancia. La hierba sigue al viento. Nubes grandes y largas se alejan rápidamente. Mira por la ventana opuesta: un camino, una cerca. Civilización, piensa. No, esto no tiene sentido. El oficinista abre la puerta: campo, fardos, un galpón, un árbol grande y blanco, viento terrible que lo empuja al interior de la casa. Se arrastra hasta la cama, cae. Una sensación terrible le recorre la espalda, se instala en su frente, nublándolo todo. Se levanta, abre la puerta otra vez. El campo sigue ahí. El hombre resiste unos segundos el viento antes de volver a cerrar la puerta. No sabe que pensar. Vuelve a sacar su teléfono. Nada. Resistir, aguantar qué.  Rasca su cabeza sin cesar. Comprueba la puerta otra vez, vanamente. Se sienta sobre la cama, mira el suelo. Saca su teléfono.

Pasan nubes.

Se abre la puerta de la cabaña.    

lunes, 1 de agosto de 2016

Condición (VII) - La nave



Van directo a la boca del lobo. Es como avanzar lentamente a una ceguera negra y perversa. Sienten miedo. Pero no deben sentir miedo. Deben sentir orgullo, heroísmo. Están salvando a la humanidad. Uno de los 8 piensa en si la humanidad merece ser salvada. Piensa en todo lo que vio antes de subir a la nave. Como los soldados mataron a cientos de personas para mantener un leve e inestable control y poder llevarlo hasta el centro de despegue. Los cadáveres, los incendios, los ritos desesperados y, al mismo tiempo la indiferencia de los que se esfuerzan por vivir de la misma forma. Piensa, acongojado, piensa, traga saliva, piensa en la bomba que llevan en la parte de atrás. Piensa, ríe, piensa en la esfera, intenta descifrar medir entender. Ve los cadáveres, la sangre, las cabezas pudriéndose. Piensa en su familia, su mujer, sus tres hijos. En cuando se acostó con su cuñada. Su mujer tenía 7 meses de su próximo tercer hijo. No, no era inquebrantable. La piel blanca de la mujer sobre el sofá rojo, las manos apretadas, los ojos en el techo, las ganas de apretar, de verla gritar, de acabar, de destruir, de salir disparado, de tomarla y olvidarse de todo. Todo. Solo fue eso. Piensa en los cadáveres bajo él. Recuerda las estupideces que hizo en la universidad, en las borracheras, en el dolor que le provocaba hacer algo que no quería pero que aparentemente satisfacía al resto. Como ahora. La tensión se acumula en sus dientes. Respira fuerte llamando la atención del resto. Exhala. Yo no quiero estar acá. Cuando era pequeño, les comenta, encontré un nido con algunos huevos. Sin dudarlo tomé uno de los huevos y lo rompí. La cáscara estalló dejando caer un pequeño pájaro pegajoso. Incompleto. Tenía los ojos cerrados, el pico medio abierto, las plumas pegadas al cuerpo. Recuerdo el olor putrefacto. Lo tengo aquí, pegado en mi nariz. Tomé el pajarillo y lo sepulté en el jardín, rogando porque nadie lo encontrará. Lo mismo hice con la cáscara. No sabía qué hacer con el nido. Fue un verano terrible. Me descubrí como agente de la destrucción, me descubrí como alguien que podía hacer el mal a pesar de tener como 7 años de edad. Atemorizado por la imagen de Dios inculcada por mi madre, sentí que debía pagar por mi crimen, pero también sabía que no quería ser juzgado. Ahora, sin dios, ante una humanidad deshumanizada que se desmorona, veo, percibo más bien, esta esfera negra y pienso en qué estamos haciendo, qué salvaremos con todo esto. Ni siquiera sé si yo merezco aspirar a alguna clase de redención, si quiero ser recordado y si quiero que ellos me recuerden. Miren la esfera, ¿Es qué no se ven ella, como en realidad son, desnudos y débiles, destructivos e idiotas?

El capitán interrumpe el breve silencio tras el discurso de Romero. Estamos aquí, dice el capitán, como símbolo del sacrificio constante que hacemos unos por otros para mantener aquello que llamamos humanidad, porque creemos que así como somos esperanza, también ellos la son para nosotros. ¿Es qué no tienes hijos? ¿No crees que ellos serán nuestro hermoso futuro?, seremos nosotros superados, reencarnados en hermosos seres que hoy merecen la posibilidad de vivir que nosotros estamos llevando en esa monstruosidad nuclear. No seas un cobarde, Romero. Vamos a armar la maldita bomba, la enviaremos y, de ser necesario, nos estrellaremos contra esa esfera. El capitán apunta hacia la esfera. Todos la contemplan y ven como si una ola se propagará por su superficie. Creen que va a abrirse y los va a tragar. Nada sucede.

Ahora ya no importa Romero. Nada importa. Más o menos humanos, ya no importa. No será nuestra responsabilidad. Es que moriremos, no te habías dado cuenta. Moriremos sobre esa cosa, calcinados por la potencia de la bomba. El resto no es nuestro problema. Simplemente a ellos les toca decidir, nosotros ya decidimos el glorioso sacrificio del héroe (Milkvoch ríe sonoramente, espesando la atmósfera de la cabina). Este es nuestra carroza en llamas. Que importan tus pecados ahora, o las atrocidades que se cometen sobre la superficie terrestre. Hoy es está esfera, mañana será intentar sobrevivir a la ausencia de la Luna. Yo disfrute mi vida. Viví hasta destrozarme, bebí hasta pocas horas de subirme a esta nave. Espero poder armar la bomba (ríe). Yo tampoco creo en esa charlatanería del heroísmo o del sacrificio. Simplemente estamos aquí por azar, porque no había otro disponible para semejante locura y que ya que estamos aquí, intentemos volar esa cosa, culmina Milkvoch.

Si bien, dice Breggörn, comparto la opinión de Romero -quizás por mis raíces nórdicas-, creo que en este punto a minutos de llegar al punto de explosión, no tiene sentido hacerse tales preguntas. Hagamos estallar esa bomba y –si es que alcanzamos- veamos qué pasa. Breggörn retoma su puesto y mira su pantalla, números y cifras cruzándose, acabándose.

Sakoi, contempla la esfera desde que Romero la mencionó. Es cierto, puede ver su reflejo, su vida como una película rápida en blanco y negro. Cree que la esfera trama algo. Cree que la esfera es algo. Que de alguna forma tiene vida y esa vida los observa y estudia. Casi siente esa vida -que son muchas vidas, que son cientos de millones de consciencias moviéndose de un punto a otro- permeando su cuerpo. No sé lo imaginan, dice, No saben que somos, no tienen la más mínima idea en su mente de pequeño e infantil invertebrado. Adquiere un aire sombrío y terrible. Se levanta y se dirige hasta la sala en donde reposa la durmiente bomba. Y creen que esto me va a dañar siquiera ¿es que no se han dado cuenta? ¿Aún no saben quién somos? Cállate y siéntate maldita sea, replica Milkvoch. Romero también se levanta y acompaña a Sakoi, mira al resto con ese mismo aire tétrico. Soy la unión, dicen al unísono, somos la unidad del universo, somos millones, somos uno-una. No conocemos la muerte, somos un pozo de consciencias que quieren, simplemente, unirse con ustedes. Somos la vida, somos amor y odio, placer máximo y dolor inevitable. Somos todo. Vengan con nosotros, déjense llevar. Hemos recorrido el universo, conocemos todas las respuestas y preguntas. Seamos el absoluto. Seamos dioses. Ya no importa lo que sucede en la Tierra, lo mejoraremos se los prometemos. Todo será hermoso y horrible. Todo se fundirá, incluso su planeta. Vivirán en él, y no vivirán en este. Podrán estar en todos los mundos que somos. No se resistan. Cierren los ojos y déjense abrazar. Serán todo a cambio de la nada.  

El capitán cree que la esfera oscura palpita, crece morbosamente.

Sakoi camina hasta la bomba, intenta desactivarla. Que este proceso sea íntimo, sin interrupciones, dicen calmadamente Sakoi y Romero, que golpea una de las computadoras hasta romperla. Sus manos sangran efusivamente. Las gotas de sangre se esparcen por el interior de la nave, chocando lentamente contra las paredes, los instrumentos y los trajes de los miembros del equipo. Alguien gime, evitando llorar. Breggörn, estoico, se levanta y golpea en el rostro a Sakoi, que se aleja, flotando. Romero acaricia a Breggörn. Recibe un golpe sin perder la compostura.

La nave se detiene. Es el capitán. No, no cree en el discurso del héroe o de las futuras generaciones, por supuesto que no. Piensa en los huevos, en el nido. Piensa en las clases de historia. Recuerda a los romanos que practicaban puntería con la nariz de la esfinge. Imagina barcos cargados de aborígenes atravesando el Atlántico. Piensa en la bomba que llevan, piensa en las muertes que trajo una de esas bombas. Y piensa en su familia. No sé en qué mundo quiero que vivan, les dice al resto, desmoronándose, sintiendo la culpa de la que hablaba Romero. ¿Cómo no les vamos a dar otra oportunidad? inquiere, Lomart. ¡¿Cómo?! Somos seres humanos, no somos los mejores y miren lo que estamos haciendo, nos sacrificamos por el resto, piensen en lo que harán los mejores. Por supuesto que tienen esperanza, por supuesto que saldrá el sol. Esto es como nuestra peste bubónica, no sé. Los que sobrevivan se levantarán, yo sé que lo harán. Serán los mejores, mucho mejores que nosotros. Usted lo dijo, capitán, vamos. Que dicen los demás, tenemos que llevar esta nave hasta el final, tenemos que entrar y explotar esta bomba.

Lomart se toma la cabeza. Todos dudan. Analizan su vida, sus pecados. Piensan en los pecados de los otros. Saben que no pueden juzgar a los otros, pero incluso dudan en salvarse, en si son los indicados para tal cometido.

Es que no lo ves, interrumpe Prigsta. No es que tengamos que salvar al mundo. No es que tengamos que juzgarlo o escuchar a esta estúpida cosa. No, tampoco somos mártires. Lo siento. Fuimos puestos aquí porque somos los mejores de una generación. Miles murieron para que estuviéramos aquí. Y podemos escoger. Romero cortó la comunicación, no podrán intervenir. Yo digo que nos larguemos, que dejemos esa bomba aquí y que sea el azar el que decida por ellos. Vamos a Marte, comencemos de nuevo. Olvidemos todo y comencemos de nuevo. Dejemos esta culpa atrás. Olvidemos nuestros nombres. Seamos otros.

Silencio. La esfera sigue creciendo. La nave sigue flotando entre las esferas.

Nos alcanza el combustible para llegar, sigue Prigst, Breggörn lo puede confirmar. Y miren, esta nave era parte del programa de colonización que fue suspendido tras el colapso lunar, dejaron parte del equipo de supervivencia. Podemos intentarlo. En serio prefieres morir allá, pregunta Lomart, ¿prefieres vivir sabiendo que dejaste a la humanidad al azar?

Sí.

Romero recobra la consciencia. Forcejea con Breggörn. Le pelea parece interminable. Nadie intercede. Nadie sabe tampoco porque pelean. Dura minutos que parecen horas. Jadeando, debido a la dificultad de moverse en gravedad cero con aquellos trajes, los hombres se miran. Breggörn tiene gotas de sangre por todo el cuerpo. Solo se escucha la respiración de los hombres.

Votemos. No tiene sentido votar por algo así. Es que tenemos que tomar una decisión. No estamos en posición de tomar decisiones. Amemos a la esfera. Yo puedo activar la bomba, no hay problema. Y la Tierra. La Tierra ya no existe, incluso si detonamos esta bomba y destruimos esa estúpida esfera, la Tierra será desaparecerá de alguna forma. No quiero ver en que se transformará. Es que no te imaginas el efecto de esta explosión sobre la atmósfera. Y nadie pensó en eso antes. (El capitán decide llevar a Sakoi, inconsciente, hasta su asiento.) No les interesaba, nos mandaron a morir para ser una esperanza falsa. Creo que tienes razón. Es triste. Triste es que esto quede así. Insiste en viajar a Marte. ¿No quieren conocer el planeta rojo? De verdad alcanzamos a llegar. Creo que sí. No sé cómo lo haremos con el oxígeno. La nave cuenta con filtros, durarán un tiempo mientras pensamos en algo mejor. Y el resto, el resto lo veremos allá. Esto no tiene sentido. Nunca lo tuvo, nunca nada lo tuvo. Es que quieres que nos pongamos a meditar. Éramos héroes (llora), los teníamos que salvar. Salvar de qué. No lo sé (llora). Los cálculos están listos, capitán. ¿Capitán? Ustedes lo dijeron, esto no tiene sentido, sigan como quieran. Esta será nuestra manera de salvar a la humanidad: iniciar otra, partir de cero. Ellos no sobrevivirán, no tienen como. Nadie merece vivir. Fracasaremos inevitablemente, está en nuestro ADN, destruiremos los nidos de Marte. Nosotros no sobreviviremos. Vamos. ¿Vamos? Yo no seré cómplice de esto, yo lanzaré la bomba.

Lomart se acerca la bomba, la activa. Enciende la secuencia de lanzamiento. La escotilla de la cabina se cierra. Se enciende una luz roja. Lomart el más joven de todos, se aferra a la bomba, sin mirar atrás.

La nave se aleja, acelerando poco a poco, hacia Marte. La turbulencia provocada por la explosión despierta a Sakoi, que ya no está bajo la influencia de la esfera oscura. Mira a su alrededor, ve las gotas de sangre que flotan por todas partes y nota la ausencia de Lomart. Mira por la ventana principal, ve como el pequeño punto rojo se acerca más y más. Van a Marte. Entiende todo perfectamente y lo decide. Se tapa la boca y la nariz. Muerde su lengua. La sangre se mueve lentamente por su boca, buscando con dificultad su garganta.

La única mujer de la nave se suicida.