Hastío. Salir o quedarse ahí y esperar a ser
succionado por el monitor resplandeciente, hermoso en sus números y orden, en
esa casi infinita capacidad para almacenar, generar estructuras, mover datos de
un lugar a otro. Al mismo tiempo, le gusta el caos de internet, desprenderse en
los links, caer de página en página y olvidar, dejar atrás todo. Pero tiene que
parecer que trabaja. Y es difícil porque, por cómo están las cosas en la
oficina, olvida porqué trabaja. O sea, espere que le paguen, pero no puede
pasarse el día robándole internet a la empresa, tiene que hacer algo o recrear
la pantomima de hacer algo. Y, aunque cueste creerlo, actuar que se trabaja
cansa tanto o más que trabajar porque es un acto que no lleva a nada. Ahora,
claro, si se piensa profundamente, nada es importante, y vamos de cabeza al
abismo. El trabajo no sirve para nada, mucho menos el trabajo de este tipo,
ingresar valores en una planilla, incitar, seducir a modelos predictivos a
entregar otro número de consecuencias dudosamente reales. Entonces es un esfuerzo
doble es hacer nada y que ese hacer nada también haga nada. Una nada que imita
a otro hacer nada.
En qué momento y cómo un número deja de ser un
número y se transforma en comida, agua, el sueldo de una persona, tiempo, un
trasplante de corazón. El asunto es que tanto número ayuda a olvidarse del
departamento vacío, del frío, de la monotonía en la que se ha transformado el
salir con sus amigos, en lo distante que le parecen las mujeres (paraíso
inexistente; infierno del tedio y la falsedad; reflejo quebrado de su madre).
Suspiro. Los números siguen ahí, estables. Pasa su lengua por sus dientes.
Siente su pelo grasoso, su camisa sucia y arrugada, su sudor con olor a comida
rápida, su aliento asqueroso. Llegar a un departamento vacío no motiva nada.
Nada motiva nada. Menos las miradas indiferentes que le dan sus compañeras de
trabajo. Le gustaría tirárselas ahí mismo, frente a todos. Las detesta. Y es
eso mismo lo que lo calienta. Pero debe mantener la compostura, hacer como
trabaja, la mímica, porque lo que le pidieron, el famoso informe de riesgo de una
de las tantas empresas para la que trabaja su empresa, lo terminó hace un par
de semanas. Le gusta hacer como que sus tareas son más largas de lo habitual,
entre que le da importancia y le permite sacar la vuelta, deporte en el que
sería campeón olímpico, pero, al mismo tiempo, no podría serlo porque la clave,
dice, de trabajar y no trabajar, es que nadie lo note pero que te vean
trabajando aunque en verdad no estés trabajando. Es algo bastante zen la
verdad. Pero con el tiempo, esas sacadas de vuelta, esos tiempos libres también
se han transformado en retos. Más ahora que bloquearon youtube y algunas
páginas de juegos. Y no puedes reclamar por eso. Hay formas de saltar esos
obstáculos, pero cansa, indudablemente, cansa. Y esforzarse no es una opción. Y
tampoco puede pensar en nuevas formas de pasar el tiempo. Eso requiere un
esfuerzo mayor. No, impensable, no.
Sus manos se cubren de una delgada capa de grasa y
residuo corporal que se impregna en el teclado y el mouse. Aprovecha para
realizar una de sus actividades favoritas: limpiar el teclado. Primero saca un
papel delgado que desliza entre las letras. El papel se llena de grasa, caspa,
migas y pelos. Junta la basura en una orilla y la arrastra con su mano hasta su
otra mano, para depositarlo en el basurero. Asquerosos copos de humanidad.
Quizás por eso me detestan piensa. Siente esa otra piel de basura, esa capa de
grasa de si mismo que lo cubre, esa capa que se genera mientras saca la vuelta
e intenta pasar el bloqueo para ver videos victoria secret y mujeres
practicando yoga. Esa capa es invisible pero siente su peso, el peso de la
culpa. Navega vagamente por las redes sociales, leyendo los encabezados de las
publicaciones sin interés, pasando los tuiteos sin detenerse. Uno tras otro. No
sabe que pensar, si estar en contra o a favor, si opinar. Es mejor diluirse en
ese río de opiniones que no lleva a ninguna parte, que se cae al llegar al
límite de una tierra plana, directamente a las fauces de un demonio que no se
interesa por lo que come y no puede detenerse. Si, la red es un terreno plano y
estéril. Cuando creemos que llegamos a alguna parte, en verdad, estamos
elaborando sobre premisas falsas. Arrastra sus manos sobre su rostro. A pesar
de la fuerza el asco, la pereza y los pecados siguen ahí, hundidos en sus ojos,
escondidos en esas bolsas que no solo hablan de falta de sueño, sino todo lo
contrario: sueños vencidos, sueños inventados por grandes campañas
publicitarias que lo bombardean constantemente, blanco fácil, débil e inmoral.
El hombre camina al baño. Lleva su teléfono. Se
queda unos minutos revisando, por enésima vez, las actualizaciones de las redes
sociales que acababa de ver en su computador. Intenta cerrar los ojos. Apoya su
cabeza contra el muro frío de cerámicas blancas perfectamente alineadas.
Intenta contarlas. Cree que ha pasado demasiado tiempo. Mira la hora en su teléfono,
pero es incapaz de recordar la hora a la que entró al baño. Decide volver, para
que no sospechen. Al mismo tiempo duda si alguien notó su ausencia.
Abre la puerta del baño, la cierra. Camina hasta la
oficina. Abre la puerta. Piensa en cuanto queda para salir. Cierra la puerta. Cambia
la luz. Alza la vista. Todo es brillante, anaranjado, desprovisto de la
frialdad de la luz blanca de los tubos de su oficina carente de ventanas.
Parece una cabaña. Los muros no son de concreto, son de madera. Hay una cama,
un escritorio, una closet de madera gris, una cocina a leña en la esquina, una
mesa en el centro con un vaso de agua medio vacío, medio lleno. Entra,
lentamente, como si pasará su cuerpo a través de un fluido denso y espeso. Comprueba su teléfono pero no tiene señal.
Mira por una ventana: un campo plano y extenso, casi sin árboles, con montañas
a la distancia. La hierba sigue al viento. Nubes grandes y largas se alejan rápidamente.
Mira por la ventana opuesta: un camino, una cerca. Civilización, piensa. No,
esto no tiene sentido. El oficinista abre la puerta: campo, fardos, un galpón,
un árbol grande y blanco, viento terrible que lo empuja al interior de la casa.
Se arrastra hasta la cama, cae. Una sensación terrible le recorre la espalda,
se instala en su frente, nublándolo todo. Se levanta, abre la puerta otra vez.
El campo sigue ahí. El hombre resiste unos segundos el viento antes de volver a
cerrar la puerta. No sabe que pensar. Vuelve a sacar su teléfono. Nada.
Resistir, aguantar qué. Rasca su cabeza
sin cesar. Comprueba la puerta otra vez, vanamente. Se sienta sobre la cama,
mira el suelo. Saca su teléfono.
Pasan nubes.
Se abre la puerta de la cabaña.