Van
directo a la boca del lobo. Es como avanzar lentamente a una ceguera negra y
perversa. Sienten miedo. Pero no deben sentir miedo. Deben sentir orgullo,
heroísmo. Están salvando a la humanidad. Uno de los 8 piensa en si la humanidad
merece ser salvada. Piensa en todo lo que vio antes de subir a la nave. Como
los soldados mataron a cientos de personas para mantener un leve e inestable
control y poder llevarlo hasta el centro de despegue. Los cadáveres, los
incendios, los ritos desesperados y, al mismo tiempo la indiferencia de los que
se esfuerzan por vivir de la misma forma. Piensa, acongojado, piensa, traga
saliva, piensa en la bomba que llevan en la parte de atrás. Piensa, ríe, piensa
en la esfera, intenta descifrar medir entender. Ve los cadáveres, la sangre,
las cabezas pudriéndose. Piensa en su familia, su mujer, sus tres hijos. En
cuando se acostó con su cuñada. Su mujer tenía 7 meses de su próximo tercer
hijo. No, no era inquebrantable. La piel blanca de la mujer sobre el sofá rojo,
las manos apretadas, los ojos en el techo, las ganas de apretar, de verla
gritar, de acabar, de destruir, de salir disparado, de tomarla y olvidarse de
todo. Todo. Solo fue eso. Piensa en los cadáveres bajo él. Recuerda las
estupideces que hizo en la universidad, en las borracheras, en el dolor que le
provocaba hacer algo que no quería pero que aparentemente satisfacía al resto.
Como ahora. La tensión se acumula en sus dientes. Respira fuerte llamando la
atención del resto. Exhala. Yo no quiero estar acá. Cuando era pequeño, les
comenta, encontré un nido con algunos huevos. Sin dudarlo tomé uno de los
huevos y lo rompí. La cáscara estalló dejando caer un pequeño pájaro pegajoso.
Incompleto. Tenía los ojos cerrados, el pico medio abierto, las plumas pegadas
al cuerpo. Recuerdo el olor putrefacto. Lo tengo aquí, pegado en mi nariz. Tomé
el pajarillo y lo sepulté en el jardín, rogando porque nadie lo encontrará. Lo
mismo hice con la cáscara. No sabía qué hacer con el nido. Fue un verano
terrible. Me descubrí como agente de la destrucción, me descubrí como alguien que
podía hacer el mal a pesar de tener como 7 años de edad. Atemorizado por la
imagen de Dios inculcada por mi madre, sentí que debía pagar por mi crimen,
pero también sabía que no quería ser juzgado. Ahora, sin dios, ante una
humanidad deshumanizada que se desmorona, veo, percibo más bien, esta esfera
negra y pienso en qué estamos haciendo, qué salvaremos con todo esto. Ni
siquiera sé si yo merezco aspirar a alguna clase de redención, si quiero ser
recordado y si quiero que ellos me recuerden. Miren la esfera, ¿Es qué no se
ven ella, como en realidad son, desnudos y débiles, destructivos e idiotas?
El
capitán interrumpe el breve silencio tras el discurso de Romero. Estamos aquí,
dice el capitán, como símbolo del sacrificio constante que hacemos unos por
otros para mantener aquello que llamamos humanidad, porque creemos que así como
somos esperanza, también ellos la son para nosotros. ¿Es qué no tienes hijos? ¿No
crees que ellos serán nuestro hermoso futuro?, seremos nosotros superados,
reencarnados en hermosos seres que hoy merecen la posibilidad de vivir que
nosotros estamos llevando en esa monstruosidad nuclear. No seas un cobarde,
Romero. Vamos a armar la maldita bomba, la enviaremos y, de ser necesario, nos
estrellaremos contra esa esfera. El capitán apunta hacia la esfera. Todos la
contemplan y ven como si una ola se propagará por su superficie. Creen que va a
abrirse y los va a tragar. Nada sucede.
Ahora
ya no importa Romero. Nada importa. Más o menos humanos, ya no importa. No será
nuestra responsabilidad. Es que moriremos, no te habías dado cuenta. Moriremos
sobre esa cosa, calcinados por la potencia de la bomba. El resto no es nuestro
problema. Simplemente a ellos les toca decidir, nosotros ya decidimos el
glorioso sacrificio del héroe (Milkvoch ríe sonoramente, espesando la atmósfera
de la cabina). Este es nuestra carroza en llamas. Que importan tus pecados
ahora, o las atrocidades que se cometen sobre la superficie terrestre. Hoy es
está esfera, mañana será intentar sobrevivir a la ausencia de la Luna. Yo
disfrute mi vida. Viví hasta destrozarme, bebí hasta pocas horas de subirme a
esta nave. Espero poder armar la bomba (ríe). Yo tampoco creo en esa
charlatanería del heroísmo o del sacrificio. Simplemente estamos aquí por azar,
porque no había otro disponible para semejante locura y que ya que estamos
aquí, intentemos volar esa cosa, culmina Milkvoch.
Si
bien, dice Breggörn, comparto la opinión de Romero -quizás por mis raíces
nórdicas-, creo que en este punto a minutos de llegar al punto de explosión, no
tiene sentido hacerse tales preguntas. Hagamos estallar esa bomba y –si es que
alcanzamos- veamos qué pasa. Breggörn retoma su puesto y mira su pantalla,
números y cifras cruzándose, acabándose.
Sakoi,
contempla la esfera desde que Romero la mencionó. Es cierto, puede ver su
reflejo, su vida como una película rápida en blanco y negro. Cree que la esfera
trama algo. Cree que la esfera es algo. Que de alguna forma tiene vida y esa
vida los observa y estudia. Casi siente esa vida -que son muchas vidas, que son
cientos de millones de consciencias moviéndose de un punto a otro- permeando su
cuerpo. No sé lo imaginan, dice, No saben que somos, no tienen la más mínima
idea en su mente de pequeño e infantil invertebrado. Adquiere un aire sombrío y
terrible. Se levanta y se dirige hasta la sala en donde reposa la durmiente
bomba. Y creen que esto me va a dañar siquiera ¿es que no se han dado cuenta?
¿Aún no saben quién somos? Cállate y siéntate maldita sea, replica Milkvoch.
Romero también se levanta y acompaña a Sakoi, mira al resto con ese mismo aire
tétrico. Soy la unión, dicen al unísono, somos la unidad del universo, somos millones,
somos uno-una. No conocemos la muerte, somos un pozo de consciencias que
quieren, simplemente, unirse con ustedes. Somos la vida, somos amor y odio,
placer máximo y dolor inevitable. Somos todo. Vengan con nosotros, déjense
llevar. Hemos recorrido el universo, conocemos todas las respuestas y preguntas.
Seamos el absoluto. Seamos dioses. Ya no importa lo que sucede en la Tierra, lo
mejoraremos se los prometemos. Todo será hermoso y horrible. Todo se fundirá,
incluso su planeta. Vivirán en él, y no vivirán en este. Podrán estar en todos
los mundos que somos. No se resistan. Cierren los ojos y déjense abrazar. Serán
todo a cambio de la nada.
El
capitán cree que la esfera oscura palpita, crece morbosamente.
Sakoi
camina hasta la bomba, intenta desactivarla. Que este proceso sea íntimo, sin
interrupciones, dicen calmadamente Sakoi y Romero, que golpea una de las
computadoras hasta romperla. Sus manos sangran efusivamente. Las gotas de sangre
se esparcen por el interior de la nave, chocando lentamente contra las paredes,
los instrumentos y los trajes de los miembros del equipo. Alguien gime,
evitando llorar. Breggörn, estoico, se levanta y golpea en el rostro a Sakoi, que
se aleja, flotando. Romero acaricia a Breggörn. Recibe un golpe sin perder la
compostura.
La
nave se detiene. Es el capitán. No, no cree en el discurso del héroe o de las
futuras generaciones, por supuesto que no. Piensa en los huevos, en el nido.
Piensa en las clases de historia. Recuerda a los romanos que practicaban puntería
con la nariz de la esfinge. Imagina barcos cargados de aborígenes atravesando
el Atlántico. Piensa en la bomba que llevan, piensa en las muertes que trajo
una de esas bombas. Y piensa en su familia. No sé en qué mundo quiero que vivan,
les dice al resto, desmoronándose, sintiendo la culpa de la que hablaba Romero.
¿Cómo no les vamos a dar otra oportunidad? inquiere, Lomart. ¡¿Cómo?! Somos
seres humanos, no somos los mejores y miren lo que estamos haciendo, nos
sacrificamos por el resto, piensen en lo que harán los mejores. Por supuesto
que tienen esperanza, por supuesto que saldrá el sol. Esto es como nuestra
peste bubónica, no sé. Los que sobrevivan se levantarán, yo sé que lo harán. Serán
los mejores, mucho mejores que nosotros. Usted lo dijo, capitán, vamos. Que
dicen los demás, tenemos que llevar esta nave hasta el final, tenemos que
entrar y explotar esta bomba.
Lomart
se toma la cabeza. Todos dudan. Analizan su vida, sus pecados. Piensan en los
pecados de los otros. Saben que no pueden juzgar a los otros, pero incluso
dudan en salvarse, en si son los indicados para tal cometido.
Es
que no lo ves, interrumpe Prigsta. No es que tengamos que salvar al mundo. No
es que tengamos que juzgarlo o escuchar a esta estúpida cosa. No, tampoco somos
mártires. Lo siento. Fuimos puestos aquí porque somos los mejores de una
generación. Miles murieron para que estuviéramos aquí. Y podemos escoger.
Romero cortó la comunicación, no podrán intervenir. Yo digo que nos larguemos,
que dejemos esa bomba aquí y que sea el azar el que decida por ellos. Vamos a Marte,
comencemos de nuevo. Olvidemos todo y comencemos de nuevo. Dejemos esta culpa atrás.
Olvidemos nuestros nombres. Seamos otros.
Silencio.
La esfera sigue creciendo. La nave sigue flotando entre las esferas.
Nos
alcanza el combustible para llegar, sigue Prigst, Breggörn lo puede confirmar.
Y miren, esta nave era parte del programa de colonización que fue suspendido
tras el colapso lunar, dejaron parte del equipo de supervivencia. Podemos intentarlo.
En serio prefieres morir allá, pregunta Lomart, ¿prefieres vivir sabiendo que
dejaste a la humanidad al azar?
Sí.
Romero
recobra la consciencia. Forcejea con Breggörn. Le pelea parece interminable.
Nadie intercede. Nadie sabe tampoco porque pelean. Dura minutos que parecen
horas. Jadeando, debido a la dificultad de moverse en gravedad cero con
aquellos trajes, los hombres se miran. Breggörn tiene gotas de sangre por todo
el cuerpo. Solo se escucha la respiración de los hombres.
Votemos.
No tiene sentido votar por algo así. Es que tenemos que tomar una decisión. No
estamos en posición de tomar decisiones. Amemos a la esfera. Yo puedo activar
la bomba, no hay problema. Y la Tierra. La Tierra ya no existe, incluso si
detonamos esta bomba y destruimos esa estúpida esfera, la Tierra será
desaparecerá de alguna forma. No quiero ver en que se transformará. Es que no
te imaginas el efecto de esta explosión sobre la atmósfera. Y nadie pensó en
eso antes. (El capitán decide llevar a Sakoi, inconsciente, hasta su asiento.) No
les interesaba, nos mandaron a morir para ser una esperanza falsa. Creo que
tienes razón. Es triste. Triste es que esto quede así. Insiste en viajar a Marte.
¿No quieren conocer el planeta rojo? De verdad alcanzamos a llegar. Creo que sí.
No sé cómo lo haremos con el oxígeno. La nave cuenta con filtros, durarán un
tiempo mientras pensamos en algo mejor. Y el resto, el resto lo veremos allá. Esto
no tiene sentido. Nunca lo tuvo, nunca nada lo tuvo. Es que quieres que nos
pongamos a meditar. Éramos héroes (llora), los teníamos que salvar. Salvar de
qué. No lo sé (llora). Los cálculos están listos, capitán. ¿Capitán? Ustedes lo
dijeron, esto no tiene sentido, sigan como quieran. Esta será nuestra manera de
salvar a la humanidad: iniciar otra, partir de cero. Ellos no sobrevivirán, no
tienen como. Nadie merece vivir. Fracasaremos inevitablemente, está en nuestro
ADN, destruiremos los nidos de Marte. Nosotros no sobreviviremos. Vamos. ¿Vamos?
Yo no seré cómplice de esto, yo lanzaré la bomba.
Lomart
se acerca la bomba, la activa. Enciende la secuencia de lanzamiento. La escotilla
de la cabina se cierra. Se enciende una luz roja. Lomart el más joven de todos,
se aferra a la bomba, sin mirar atrás.
La
nave se aleja, acelerando poco a poco, hacia Marte. La turbulencia provocada
por la explosión despierta a Sakoi, que ya no está bajo la influencia de la
esfera oscura. Mira a su alrededor, ve las gotas de sangre que flotan por todas
partes y nota la ausencia de Lomart. Mira por la ventana principal, ve como el
pequeño punto rojo se acerca más y más. Van a Marte. Entiende todo perfectamente
y lo decide. Se tapa la boca y la nariz. Muerde su lengua. La sangre se mueve
lentamente por su boca, buscando con dificultad su garganta.
La
única mujer de la nave se suicida.
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