domingo, 26 de marzo de 2017
Amnesiac
Están de gira. Rápidamente las horas se transforman en días, días esperando aviones que los llevaran de un lugar a otro tocando las mismas canciones una y otra vez. Metralleta de sonidos. Que esto se acabe pronto. Ahora, grita el baterista. Esos días no volverán. Se perderán para siempre en algún salón vip, en un área de tránsito internacional, en una fila interminable de personas aguardando a ser escaneadas. El oficial los observa como si los reconociera pero olvida sus rostros cansados con facilidad, requisito básico para trabajar en un aeropuerto. La zona de embarque está desierta. El tipo del teléfono que los lleva de un lugar a otro se aleja, obviamente pegado a su teléfono. Una mujer pequeñísima retira la basura acumulada bajo los asientos. Hay unas pocas personas en el lugar. Como ellos, quieren desaparecer, hundirse en una silla y rogar porque todo salga bien. Alguien aplaude cuando el avión aterriza. Todo sucede al mismo tiempo y lentamente. Están sentados esperando, parados esperando. Esperando viajando sin moverse, en el mismo lugar, tocando. La espera se mide con otros instrumentos. El vocalista cree que se mide con el televisor. Timbre. Una voz de fondo llama a personas al azar que se caen por las mangas de conexión. Otro de los integrantes decide pasear entre las tiendas. Los souvenirs lo marean, el sin sentido de las postales lo descontrola. Comprar un recuerdo, quisiera comprar un recuerdo al que aferrarme, piensa uno de los guitarristas, imaginar que si estuve en ese lugar, mirando esa montaña, ese bosque, visitando ese museo. El café es una mezcla de la borra de café de todo el mundo, así todos se sienten en casa. No saben donde están. Luces blancas, gigantescos ventanales que muestran una ciudad que perfectamente podría ser una pintura que es borrada por la lluvia, por la espera que los ataca. Más luces blancas. Podría ser un quirófano. No recuerdan de donde vienen o a donde van. Alguien les pregunta, una mujer o un robot sonriente perfectamente maquillado. ¿Será de día en nuestro hogar? ¿Será de noche? La luz blanca diluye todo recuerdo. La memoria se desorienta e intenta fijarse las postales pero no son suficientes. Risas grabadas de fondo. No, nada es verdadero en este lugar, no hay a que aferrarse. Comienzan a escribir canciones.
martes, 14 de marzo de 2017
Sócrates
Llevábamos unos meses saliendo cuando lo vimos cerca de Brasil, caminando tranquilamente con su polera sin mangas negra, sus zapatillas de lona, su cabeza calva y su blanca y perfecta barba que nos obligó a bautizarlo como Sócrates. Ahora, a la distancia, pienso que no he leído a Sócrates (el filósofo ateniense), solo que teníamos esa idea preconcebida del griego que nos salto a la vista cuando nos encontramos con Sócrates (el caminante santiaguino). Al poco tiempo algo pasó entre nosotros y terminé contigo. En realidad nada pasó. Siempre es lo mismo. Al invierno siguiente volvimos y también volvimos a ver a Sócrates cerca de tu departamento por allá en Bulnes, cuando vivías con M. Nos separamos otra vez (es mi manera de decir de que volví a terminar contigo pero no me atrevo a asumir toda la responsabilidad). Seguramente lo viste. Seguramente lo viste acompañada. Yo lo vi algunas veces (solo). Sócrates siempre iba solo. Volvimos, nos separamos otra vez. Era necesario. Fue necesario. Caminamos juntos y separados y lo vimos haciendo un puzzle en el bandejón de la Alameda cerca de Cumming. Hace poco lo volvimos a ver en Huérfanos. Estaba más viejo y se había recortado la barba. Nuestra hija nos preguntó quién era ese hombre al que mirábamos con tanta atención.
San Antonio
Y el Pistola -que en realidad se llama Pedro pero le dicen así porque perdío los dedos meñique, anular y medio de su mano derecha cuando trabajaba en una fiambrería- dijo que deberíamos ir por unas minas y me di cuenta mucho vino después que no quería llegar donde ya habíamos llegado.
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