martes, 14 de marzo de 2017

Sócrates

Llevábamos unos meses saliendo cuando lo vimos cerca de Brasil, caminando tranquilamente con su polera sin mangas negra, sus zapatillas de lona, su cabeza calva y su blanca y perfecta barba que nos obligó a bautizarlo como Sócrates. Ahora, a la distancia, pienso que no he leído a Sócrates (el filósofo ateniense), solo que teníamos esa idea preconcebida del griego que nos salto a la vista cuando nos encontramos con Sócrates (el caminante santiaguino). Al poco tiempo algo pasó entre nosotros y terminé contigo. En realidad nada pasó. Siempre es lo mismo. Al invierno siguiente volvimos y también volvimos a ver a Sócrates cerca de tu departamento por allá en Bulnes, cuando vivías con M. Nos separamos otra vez (es mi manera de decir de que volví a terminar contigo pero no me atrevo a asumir toda la responsabilidad). Seguramente lo viste. Seguramente lo viste acompañada. Yo lo vi algunas veces (solo). Sócrates siempre iba solo. Volvimos, nos separamos otra vez. Era necesario. Fue necesario. Caminamos juntos y separados y lo vimos haciendo un puzzle en el bandejón de la Alameda cerca de Cumming. Hace poco lo volvimos a ver en Huérfanos. Estaba más viejo y se había recortado la barba. Nuestra hija nos preguntó quién era ese hombre al que mirábamos con tanta atención.

No hay comentarios:

Publicar un comentario