viernes, 14 de julio de 2017

Encender una hoguera III

Llevan 3 semanas a medio dormir. Algunas tienen insomnio. Otras ya no distinguen la noche del día. Todo es una gran pantalla y al final una delgada línea intermitente que espera el siguiente carácter. D no lo soporta, arroja cualquier objeto a su alcance. V calma a las demás. No tiene sentido grita D desde afuera. Se coloca los parches detrás de la oreja y la música comienza a fluir. Camina a ninguna parte. Caminar nos ayuda a calmarnos le dijo su padre una vez. Ahora D piensa que la ciudad no tiene suficientes calles. La frustra la presión de V y la sobreprotección del contacto. Quiere independencia, quiere destruirlo todo. Llega a la cafetería que hackeo poco después del castillo. Otro bot administra el local.

También pensó que destruir el registro de votantes era una locura, pero ya no había marcha atrás. Deberíamos volver a acciones locales, a trabajar con la gente le dijo A, pero V insiste en lo le parece grande. No puede dejarlo. Esto es más grande que ellas, esto va cambiar las cosas. Fracturaremos la democracia. L dice que no se olviden de los que han tomado presos, que deberían estar trabajando para liberarlos. Ya estamos en esto, replica A. No podemos desviarnos por algo que nos dijeron que pasaría. No nos vamos a poner sentimentales ahora. Inmediatamente L se levanta junto a otras. Hay que descansar dicen. V y A quedan solas. V aprieta sus dientes. Y llora como cuando su padre se fue. Llora con esa frustración del vacío que existe inevitablemente entre las personas, esa barrera que siempre nos separara del resto porque no sabemos lo que queremos porque somos idiotas y egoístas como su padre que se fue con la compañera de trabajo porque siempre se habían amado pero él estaba confundido y no quería dejar a su madre pero lo cierto es que no sabía y su madre tampoco porque vivía inventando castillos en el aire para salir adelante, salir a alguna parte, se fue y V se encerró y consiguió pantallas que siguieran sus órdenes al pie de la letra, programación, programación, computadoras sin barreras. A la abraza con ternura, pero V está en lo más profundo de su cabeza, programando. Sirenas. Helidrones rompen las precarias ventanas del departamento que ocupan en el piso 1 del edificio a medio construir. Caen al suelo: el sonido es insoportable.

Esto me hace pensar en Francia, dice Henry Boys, mirando la televisión junto a Axel su compañero de tantas batallas. Llenaremos las cárceles nuevamente y luego el resto. Solo debemos apoyar al gobierno, mostrar unidad, suavizar las cosas. El enemigo está ahí, en alguna parte. Luego quemaremos el bosque. Ya lo hemos hecho, cientos de veces. ¿Cuantas veces quemamos la Araucanía? He perdido la cuenta. Después nos repartiremos la tierra. Cada uno con sus dioses. Haz vuelto a hablar con Girardi. El hace lo suyo, lo nosotros lo nuestro. Cobraste. Ya no sé quién nos paga, cambian su nombre todas las semanas. Las corporaciones son así, el progreso es dinámico y óptimo. No te pongas religioso conmigo, soy hombre de fe cristiana. Por suerte todo tiene su precio. De eso se trata el cristianismo, la economía te ha dejado solo con números.

Una llamada. Tenemos un problema: una de las células ha sido desbaratada. ¿Cuál? La de los registros electorales.

Un bosque, una casa de hormigón, ventanales, panales solares, un río, una pequeña cascada. Un grupo de ancianos piensa en el mañana. Saben que habrá un mañana para ellos. Uno de ellos tiene un pulmón artificial, otro tiene un hígado criado en un cerdo de laboratorio. Es difícil ordenar las cosas, dejar a todos tranquilos dice uno. Nadie sabe lo que quiere. Nosotros apenas lo tenemos claro. Silencio, miradas en el infinito.

La tensión es clara, apenas la superan por los años de amistad, por los matrimonios de sus hijos, por los nietos comunes, por los apellidos que se repiten. Odian la dependencia que tienen hacia el otro. No confían en nadie. Por eso tienen todo lo que tienen. Suena el teléfono. Es uno antiguo. Lo cierto es que es inalámbrico y está conectado a uno de los tantos satélites fantasmas que rodean la tierra. Un senador intentando mantener la calma.

Bruma.

V escucha una voz. Al principio no quiere escuchar nada, ni siquiera quiere estar en su cuerpo. Piensa en comandos. Voces, voces que son gritos. Una mano la sacude. La voz de esa mano le dice que se levante. Es D.  

a veces deberíamos destruir las cosas pero justo salió la nueva temporada de tu serie favorita


Llevo meses sin escribir en el blog. Tiré unas líneas en una de mis agendas nuevas, una que compré para mis vacaciones. Pero solo fueron unas líneas. Pensé mucho en mi novela que tengo en el olvido y también en otra historia larga que tiene potencial para novela. Esa de los desnudos. Es bello escribir. Es bello porque vamos a morir y tenemos la idea loca de que algo de nosotros quedará y perdurará. Lo cierto es que deberíamos hacer las cosas para que la vida humana perdure porque -como está la cosa- nada va a sobrevivirnos. Eso es lo maravilloso de todo esto. Nos sentamos sobre la basura de nuestros abuelos a tirar más basura. Y nos encanta el olor. Y detestamos todo. Queremos que todo se acabe, pensamos en destruirlo todo, pero apenas nos levantamos de nuestro sillón, caminamos al refrigerador, tomamos algo de buen aspecto y nos sentamos a ver alguna serie, descanso merecido. 

Lo cierto es que no he escrito por temor. Y también porque me siento sobrepasado por la compañera nueva que llego hace un mes a esta oficina desde donde escribo.  Es un ser humano terrible. Es todo lo que no quiero ser y todo lo que en algún momento pude haber sido. No es que yo hoy sea un gran ser humano -soy absolutamente desechable- pero esta mujer pasó bastantes límites. Es a, mi modo de ver, irrespetuosa. A todos nos incomoda. No soportamos su comportamiento gritón, grosero y desagradable. Al principio pensaba que era la necesidad de buscar un lugar en la oficina pero ha pasado suficiente tiempo para que entendiera cómo funcionan las cosas. Y en general su falta de empatía es una constante. Yo he tratado de comprender, dar espacio, responder a sus dudas pero también estoy alcanzando un límite. El resto prefiere evitarla e ignorarla. Pero ella se mete en todo y, por lo que estamos dilucidando, no sabe nada sobre el trabajo que se realiza en esta oficina.

Todos queremos decirle algo, nadie ha pasado de la indirecta vaga. ¿Por qué siempre preferimos callar y esperar a que las cosas cambien solas a pesar de que nos molestan a un nivel físico? Digo esto porque temo por mi salud. No lo sé. El tema me pone de mal humor, porque ella me pone de mal humor. Quizás la vida se está tornando en un  gesto vano. Tampoco creo que debamos ordeñar una vaca y lanzarle la leche por la cabeza. Pero siempre dudo sobre la posibilidad de construir algo. Miro hacia atrás y parece que en algún momento nos encerramos en el ficticio de que mañana todo será mejor y nos hemos dejado pisotear por miles de años.

La vida sedentaria es una gran mentira de un futuro que no vendrá. 

(Por si fuera poco la nueva casi no está en la oficina, y nos carga saber que alguien saca más la vuelta que nosotros mismos. Especialmente cuando ella tiene el descaro de decirnos que sacará la vuelta con la mentira básica del voy-a-buscar-un-café-pero-voy-a-una cafetería-al-otro-lado-del-mundo. No voy a escribir de las veces que canta, de su risa estridente y aguda, de su olor a perfume de quinceañera, de que come con la boca abierta, de que da consejos que nadie le pidió, de que nadie sabe para que la trajeron, y un millón de cosas que me desagradan de ella y que usualmente no me importarían pero como me ha intentado corregir muchas veces y me tiene aburridísimo, todo lo que puede molestarme un poco me molesta muchísimo, porque buscamos enojarnos con la gente, buscamos estar decepcionados del mundo pero agradecidos de que el sol salió otra vez, de que tenemos internet en el celular, de que las pastillas funcionan y el alcohol nos sigue emborrachando).