Llevan 3
semanas a medio dormir. Algunas tienen insomnio. Otras ya no distinguen la
noche del día. Todo es una gran pantalla y al final una delgada línea
intermitente que espera el siguiente carácter. D no lo soporta, arroja
cualquier objeto a su alcance. V calma a las demás. No tiene sentido grita D
desde afuera. Se coloca los parches detrás de la oreja y la música comienza a
fluir. Camina a ninguna parte. Caminar nos ayuda a calmarnos le dijo su padre
una vez. Ahora D piensa que la ciudad no tiene suficientes calles. La frustra
la presión de V y la sobreprotección del contacto. Quiere independencia, quiere
destruirlo todo. Llega a la cafetería que hackeo poco después del castillo.
Otro bot administra el local.
También
pensó que destruir el registro de votantes era una locura, pero ya no había
marcha atrás. Deberíamos volver a acciones locales, a trabajar con la gente le
dijo A, pero V insiste en lo le parece grande. No puede dejarlo. Esto es más
grande que ellas, esto va cambiar las cosas. Fracturaremos la democracia. L dice
que no se olviden de los que han tomado presos, que deberían estar trabajando
para liberarlos. Ya estamos en esto, replica A. No podemos desviarnos por algo
que nos dijeron que pasaría. No nos vamos a poner sentimentales ahora.
Inmediatamente L se levanta junto a otras. Hay que descansar dicen. V y A
quedan solas. V aprieta sus dientes. Y llora como cuando su padre se fue. Llora
con esa frustración del vacío que existe inevitablemente entre las personas,
esa barrera que siempre nos separara del resto porque no sabemos lo que
queremos porque somos idiotas y egoístas como su padre que se fue con la
compañera de trabajo porque siempre se habían amado pero él estaba confundido y
no quería dejar a su madre pero lo cierto es que no sabía y su madre tampoco
porque vivía inventando castillos en el aire para salir adelante, salir a
alguna parte, se fue y V se encerró y consiguió pantallas que siguieran sus
órdenes al pie de la letra, programación, programación, computadoras sin
barreras. A la abraza con ternura, pero V está en lo más profundo de su cabeza,
programando. Sirenas. Helidrones rompen las precarias ventanas del departamento
que ocupan en el piso 1 del edificio a medio construir. Caen al suelo: el
sonido es insoportable.
Esto me
hace pensar en Francia, dice Henry Boys, mirando la televisión junto a Axel su
compañero de tantas batallas. Llenaremos las cárceles nuevamente y luego el
resto. Solo debemos apoyar al gobierno, mostrar unidad, suavizar las cosas. El
enemigo está ahí, en alguna parte. Luego quemaremos el bosque. Ya lo hemos
hecho, cientos de veces. ¿Cuantas veces quemamos la Araucanía? He perdido la
cuenta. Después nos repartiremos la tierra. Cada uno con sus dioses. Haz vuelto
a hablar con Girardi. El hace lo suyo, lo nosotros lo nuestro. Cobraste. Ya no
sé quién nos paga, cambian su nombre todas las semanas. Las corporaciones son
así, el progreso es dinámico y óptimo. No te pongas religioso conmigo, soy
hombre de fe cristiana. Por suerte todo tiene su precio. De eso se trata el
cristianismo, la economía te ha dejado solo con números.
Una
llamada. Tenemos un problema: una de las células ha sido desbaratada. ¿Cuál? La
de los registros electorales.
Un bosque,
una casa de hormigón, ventanales, panales solares, un río, una pequeña cascada.
Un grupo de ancianos piensa en el mañana. Saben que habrá un mañana para ellos.
Uno de ellos tiene un pulmón artificial, otro tiene un hígado criado en un
cerdo de laboratorio. Es difícil ordenar las cosas, dejar a todos tranquilos
dice uno. Nadie sabe lo que quiere. Nosotros apenas lo tenemos claro. Silencio,
miradas en el infinito.
La
tensión es clara, apenas la superan por los años de amistad, por los
matrimonios de sus hijos, por los nietos comunes, por los apellidos que se
repiten. Odian la dependencia que tienen hacia el otro. No confían en nadie.
Por eso tienen todo lo que tienen. Suena el teléfono. Es uno antiguo. Lo cierto
es que es inalámbrico y está conectado a uno de los tantos satélites fantasmas
que rodean la tierra. Un senador intentando mantener la calma.
Bruma.
V escucha
una voz. Al principio no quiere escuchar nada, ni siquiera quiere estar en su
cuerpo. Piensa en comandos. Voces, voces que son gritos. Una mano la sacude. La
voz de esa mano le dice que se levante. Es D.