martes, 12 de diciembre de 2017

Silla de marfil



Es la última siesta corta antes de salir a escena. Sus pestañas, sus párpados, sus arrugas, las arrugas de sus arrugas pesan. Sus huesos gruesos, su piel que ha aguantado miles de comentarios e injurias pesan. Todo pesa antes de terminar el show. Se siente como un elefante embutido en un sillón rojo, el sillón más pequeño que los idiotas de producción pudieron encontrar. Sin duda soy el último elefante de la televisión nacional, reflexiona, nadie puede lo que yo he soportado estos largos y tremendos años, no, no se lo imaginan, claro que no, no. Lentamente, sintiendo cada uno de sus músculos y sus gastadas articulaciones, endereza su tronco superior, se gira, pone sus pies sobre la alfombra. Sus rodillas crujen. Tienen que soportar. Son tan solo unos minutos, decir unas cuantas cosas, gritar de la manera más desagradable posible y, extendiendo el brazo y apuntando a los que se pudren, emocionar. Solo unos minutos, se repite. Y por cada minuto, una pastilla. Se estira con dificultad para alcanzar el frasco que está sobre la mesa blanca y redonda, donde también reposa el improvisado guion con las entradas y salidas de los artistas, acompañado de una fotografía por si olvida sus nombres. Toma las pastillas, busca el agua que esta sobre el largo mesón de maquillaje. Se detiene a observar sus arrugas gruesas, sus ojos rojos, sus dientes amarillos, sus mejillas largas y tristes que ocultan cualquier posibilidad de cuello. Una vida llena de logros no detuvo la vejez, piensa. Se queda con la satisfacción de que lo hizo por sus hijos, y los hijos de estos, y los de estos y así por muchas generaciones. Nunca les faltará nada.

Apenas respira, apenas traga las pastillas, apenas se pone los zapatos, apenas logra fingir una sonrisa, un poco de voluntad. El peso es demasiado. La escalera que forma su descendencia comienza a tambalear ¿Y si lo confiesa todo? Sonríe. Eso nunca pasará. Solo tiene que hacer que pase rápido, como siempre lo ha hecho. Las luces lo facilitan todo. Las alargadas piernas de las bailarinas lo resuelven todo. Pueden hasta tapar el sol. O más bien los charcos de sangre y los negocios inmundos. No hay nada que el cuerpo de una mujer hermosa no pueda ocultar. 

Respira profundo. Intenta abrir los ojos. Sonido de arpas, voces celestiales. Debe hacer lo suyo, dejar patente su nombre en el escenario una vez más. Imagina cada una de las sonrisas, de las miradas llenas de esperanza, de los otros que han intentado quitarle su trono o alguna de sus frases. Patéticos. Los otros, los pequeños. Chivos expiatorios, monigotes de mi espectáculo. 

La música asciende en el exterior. Mira en la televisión Siente como la sangre retumba en sus orejas, una energía divina lo imbuye todo. Y un silencio. El silencio que siente en su interior antes de subir al escenario. Todo se vuelve liviano. Es un huracán. Arrasará con todo, se llevará a todas las mujeres, dejará al público exaltado, será portada de revistas, mañana será un día mejor. Ha hecho de este pequeño país un lugar mejor, sin duda alguna. Según él, claro está. Todos han bailado a su ritmo. Se lo han perdonado todo, hasta ese caso de abuso o acoso, ya no se acuerda entre tanto polvo levantado. Tiene otras cosas en las que enfocarse ahora, mientras lo suben entre dos tipos –que perfectamente podrían ser gorilas- al escenario. Le pasan un micrófono, pastillas, una inyección y un corto de whisky por si acaso. Le gritan, aplauden. Grita de vuelta. Todos lo miran, todos le ponen la máxima atención. Los platillos suenan a lo lejos. Todo da vueltas a su alrededor. Lee el número. Es una cifra astronómica, como el diámetro de la tierra, la energía del sol, la suma del peso de los planetas del sistema solar, la distancia al borde del universo. No lo sabe. Solo piensa en su tajada, en la parte que se va como “gastos operacionales”. Tambores, platillos, redobles. Grita la cifra una y otra vez, las voces de los monigotes se integran en un desordenado coro. Se mueve de un lado a otro, con su cuello tieso, su brazo izquierdo estirado. Es un robot. Las pastillas se desintegran en su estómago, los componentes activos atraviesan paredes, se integran al torrente sanguíneo y se reparten por los órganos, activando procesos enzimáticos, revitalizando células, impulsando el viejo y ambicioso corazón del elefante. Dice, o más bien grita, muchas cosas. A todo el mundo le encanta escucharlo gritar. Es como si te pegaran en la cabeza con un remo y luego te golpearan en el suelo y te llovieran humillaciones varias por ser feo, narigón, cabezón, gordo, o no muy gordo, o flaco, o cualquier cosa porque todo es razón de burla, de un trompetazo en el oído como castigo en un juicio público al que te sometiste voluntariamente ante la posibilidad de ganar un auto o un poco de plata para no sé, no importa. Las burlas siguen ahí. Él tiene el dinero, puede hacer lo que se le plazca, como pedir más dinero. 

Cae el cotillón, fuegos artificiales que explotan como el alcohol en su sangre y la inyección de adrenalina con una dosis que pondría de cabeza a un caballo. Tranquilidad es el elefante, es el último. Es animal a punto de quedar extinto. Es un mamut. De pronto todo le parece lejano, como si estuviese muy al principio del tiempo, como si fuera efectivamente ese mamut que mira al elefante con extrañeza. En eso me convertí, se increpa. Todo ocurre en cámara lenta. Las sonrisas y llantos de alegría se congelan en extrañas y desagradables muecas. Les quiere decir algo, burlarse de ellos por sus caras de espanto, pero se siente sofocado. Intenta aflojarse el cuello -cosa nunca antes vista en televisión- y no puede. Sus brazos están tiesos. Algo lo quema, algo lo lleva al suelo. Siente el increíble peso de su cabeza que lo lleva directo a un abismo. Ve eso que todos ven –sensación mundana y pequeña, casi vulgar-, ve su vida pasar, los primeros eventos que animaba en sus ratos libres, entre hilos y ropas; imágenes en blanco y negro proyectadas en un televisor de madera; sus viajes por el país que luego serían por el mundo; las reuniones a oscuras con soldados sin nombre; la picardía del chileno en el escenario extranjero; los negocios, la familia, sus amigos entrampados en casos de corrupción; el personaje televisivo solapado con el hombre que surge cuando se apagan las luces, el hombre oscuro, calculador e incluso tímido que se maneja a sí mismo como un títere para satisfacer los deseos del titerero. Siente el infinito cansancio de sus logros, de su éxito. Siente cada uno de sus años transitar por su cuerpo desdoblado. Escucha las cifras acumuladas, la cantidad de personas salvadas, los años, las historias de todas las personas a las que entrevistó, escucha cada uno de sus gritos que terminan, por fin, en un largo grito de desesperación que escapa de los que ahora lo rodean, los que lo levantaron y ahora lo dejan caer en el abismo, un abismo que nombrará una calle o, con algo de suerte, una avenida. 

Finalmente cae al suelo. Ve como una sombra oscura toca una trompeta mientras los monigotes se pelean por su micrófono que rueda por el escenario.