Es la última siesta corta antes
de salir a escena. Sus pestañas, sus párpados, sus arrugas, las arrugas de sus
arrugas pesan. Sus huesos gruesos, su piel que ha aguantado miles de
comentarios e injurias pesan. Todo pesa antes de terminar el show. Se siente
como un elefante embutido en un sillón rojo, el sillón más pequeño que los
idiotas de producción pudieron encontrar. Sin duda soy el último elefante de la
televisión nacional, reflexiona, nadie puede lo que yo he soportado estos
largos y tremendos años, no, no se lo imaginan, claro que no, no. Lentamente,
sintiendo cada uno de sus músculos y sus gastadas articulaciones, endereza su
tronco superior, se gira, pone sus pies sobre la alfombra. Sus rodillas crujen.
Tienen que soportar. Son tan solo unos minutos, decir unas cuantas cosas, gritar
de la manera más desagradable posible y, extendiendo el brazo y apuntando a los
que se pudren, emocionar. Solo unos minutos, se repite. Y por cada minuto, una
pastilla. Se estira con dificultad para alcanzar el frasco que está sobre la
mesa blanca y redonda, donde también reposa el improvisado guion con las
entradas y salidas de los artistas, acompañado de una fotografía por si olvida
sus nombres. Toma las pastillas, busca el agua que esta sobre el largo mesón de
maquillaje. Se detiene a observar sus arrugas gruesas, sus ojos rojos, sus
dientes amarillos, sus mejillas largas y tristes que ocultan cualquier
posibilidad de cuello. Una vida llena de logros no detuvo la vejez, piensa. Se
queda con la satisfacción de que lo hizo por sus hijos, y los hijos de estos, y
los de estos y así por muchas generaciones. Nunca les faltará nada.
Apenas respira, apenas traga las
pastillas, apenas se pone los zapatos, apenas logra fingir una sonrisa, un poco
de voluntad. El peso es demasiado. La escalera que forma su descendencia
comienza a tambalear ¿Y si lo confiesa todo? Sonríe. Eso nunca pasará. Solo
tiene que hacer que pase rápido, como siempre lo ha hecho. Las luces lo
facilitan todo. Las alargadas piernas de las bailarinas lo resuelven todo. Pueden
hasta tapar el sol. O más bien los charcos de sangre y los negocios inmundos. No
hay nada que el cuerpo de una mujer hermosa no pueda ocultar.
Respira profundo. Intenta abrir
los ojos. Sonido de arpas, voces celestiales. Debe hacer lo suyo, dejar patente
su nombre en el escenario una vez más. Imagina cada una de las sonrisas, de las
miradas llenas de esperanza, de los otros que han intentado quitarle su trono o
alguna de sus frases. Patéticos. Los otros, los pequeños. Chivos expiatorios,
monigotes de mi espectáculo.
La música asciende en el
exterior. Mira en la televisión Siente como la sangre retumba en sus orejas,
una energía divina lo imbuye todo. Y un silencio. El silencio que siente en su
interior antes de subir al escenario. Todo se vuelve liviano. Es un huracán.
Arrasará con todo, se llevará a todas las mujeres, dejará al público exaltado,
será portada de revistas, mañana será un día mejor. Ha hecho de este pequeño
país un lugar mejor, sin duda alguna. Según él, claro está. Todos han bailado a
su ritmo. Se lo han perdonado todo, hasta ese caso de abuso o acoso, ya no se
acuerda entre tanto polvo levantado. Tiene otras cosas en las que enfocarse
ahora, mientras lo suben entre dos tipos –que perfectamente podrían ser
gorilas- al escenario. Le pasan un micrófono, pastillas, una inyección y un
corto de whisky por si acaso. Le gritan, aplauden. Grita de vuelta. Todos lo
miran, todos le ponen la máxima atención. Los platillos suenan a lo lejos. Todo
da vueltas a su alrededor. Lee el número. Es una cifra astronómica, como el diámetro
de la tierra, la energía del sol, la suma del peso de los planetas del sistema
solar, la distancia al borde del universo. No lo sabe. Solo piensa en su tajada,
en la parte que se va como “gastos operacionales”. Tambores, platillos,
redobles. Grita la cifra una y otra vez, las voces de los monigotes se integran
en un desordenado coro. Se mueve de un lado a otro, con su cuello tieso, su
brazo izquierdo estirado. Es un robot. Las pastillas se desintegran en su
estómago, los componentes activos atraviesan paredes, se integran al torrente sanguíneo
y se reparten por los órganos, activando procesos enzimáticos, revitalizando
células, impulsando el viejo y ambicioso corazón del elefante. Dice, o más bien
grita, muchas cosas. A todo el mundo le encanta escucharlo gritar. Es como si
te pegaran en la cabeza con un remo y luego te golpearan en el suelo y te llovieran
humillaciones varias por ser feo, narigón, cabezón, gordo, o no muy gordo, o flaco,
o cualquier cosa porque todo es razón de burla, de un trompetazo en el oído
como castigo en un juicio público al que te sometiste voluntariamente ante la
posibilidad de ganar un auto o un poco de plata para no sé, no importa. Las
burlas siguen ahí. Él tiene el dinero, puede hacer lo que se le plazca, como
pedir más dinero.
Cae el cotillón, fuegos
artificiales que explotan como el alcohol en su sangre y la inyección de
adrenalina con una dosis que pondría de cabeza a un caballo. Tranquilidad es el
elefante, es el último. Es animal a punto de quedar extinto. Es un mamut. De
pronto todo le parece lejano, como si estuviese muy al principio del tiempo,
como si fuera efectivamente ese mamut que mira al elefante con extrañeza. En
eso me convertí, se increpa. Todo ocurre en cámara lenta. Las sonrisas y llantos
de alegría se congelan en extrañas y desagradables muecas. Les quiere decir
algo, burlarse de ellos por sus caras de espanto, pero se siente sofocado. Intenta
aflojarse el cuello -cosa nunca antes vista en televisión- y no puede. Sus
brazos están tiesos. Algo lo quema, algo lo lleva al suelo. Siente el increíble
peso de su cabeza que lo lleva directo a un abismo. Ve eso que todos ven –sensación
mundana y pequeña, casi vulgar-, ve su vida pasar, los primeros eventos que
animaba en sus ratos libres, entre hilos y ropas; imágenes en blanco y negro
proyectadas en un televisor de madera; sus viajes por el país que luego serían
por el mundo; las reuniones a oscuras con soldados sin nombre; la picardía del
chileno en el escenario extranjero; los negocios, la familia, sus amigos
entrampados en casos de corrupción; el personaje televisivo solapado con el
hombre que surge cuando se apagan las luces, el hombre oscuro, calculador e
incluso tímido que se maneja a sí mismo como un títere para satisfacer los
deseos del titerero. Siente el infinito cansancio de sus logros, de su éxito. Siente
cada uno de sus años transitar por su cuerpo desdoblado. Escucha las cifras
acumuladas, la cantidad de personas salvadas, los años, las historias de todas
las personas a las que entrevistó, escucha cada uno de sus gritos que terminan,
por fin, en un largo grito de desesperación que escapa de los que ahora lo
rodean, los que lo levantaron y ahora lo dejan caer en el abismo, un abismo que
nombrará una calle o, con algo de suerte, una avenida.
Finalmente cae al suelo. Ve como
una sombra oscura toca una trompeta mientras los monigotes se pelean por su
micrófono que rueda por el escenario.
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