martes, 29 de noviembre de 2016

Los sueños no se hacen realidad - III



Se despierta agitado. Necesita las pastillas, esas que parecen de acero inoxidable. Sin meditarlo, se dirige al departamento del tipo que vende droga. Toma un taxi. El taxista habla y reclama contra el gobierno, contra los otros automóviles, contra su familia, contra todo lo que puede. Mira por la ventana, ignorando la voz, concentrándose en las luces. Le envía mensajes al tipo de la droga: no hay respuesta.

El edificio está rodeado de carabineros y detectives. Líneas restrictivas lo atraviesan todo. No parece un buen momento para drogarse. Quiere salir corriendo pero no quiere llamar la atención. Camina, con seguridad, hacia un negocio cercano. Pide un chicle. Unas mujeres conversan. Hablan de una mujer, de un suicidio, de sangre por todas partes, de un departamento que era un antro, un tugurio de drogas y perdición que la mujer iba a drogarse ahí pero el lugar estaba desierto cuando llegó la policía. 

Está en el trabajo. Qué haces aquí. Vine como siempre. Pero si todavía te quedan cuatro semanas de licencia. Pero si he estado viniendo las últimas semanas, de qué están hablando. Déjate de leseras, trabajólico. O te vienes a burlar de nosotros. Anda a relajarte monito. Pero si yo. Pero nada, ándate, aprovecha tu licencia por parasomnia y descansa. Parece que estás más flaco, tienes que comer más.
No lo entiende. Se sienta en la banca de un paradero y mira pasar a las micros repletas de gente. Siente que está parado contra la corriente. De dónde sale tanta gente, se pregunta. Apoya su cabeza en sus manos, se pierde en sus pensamientos. No tiene ninguno. Si no vine a trabajar, entonces qué he hecho todo este tiempo. Dónde he estado. Cuándo pasó ¿Cuándo salí de la consulta de la sicóloga? Revisa su celular en vano. Solo hay propaganda que lo persigue inteligentemente: correos de relajantes naturales y bebidas energéticas. Sigue revisando su correo, viaja semanas, meses atrás. Encuentra un correo de la mujer, la que vivió con él.   


Me voy, esto dejo de tener sentido. No soy tu florecita, ni tu Jesús de bolsillo. No tengo porque decirte que está bien y que está mal. Francamente estoy cansada, y siento que esto no va para ninguna parte. Siento que no me amas, que estás contigo porque te vencí, porque todo lo demás te aburre y, en esta falsa lucha que di y gané yo fui la vencida. Te subiste a mí porque era lo más cómodo. Te aburre mi mundo y todo lo que tiene que ver conmigo, pero qué más da si no te importa nada. Sale y enfrenta al mundo, deja de ser un cobarde. Ya te dije mucho.

Ya no más.

Alguien vendrá por mis cosas.

Adiós.


La gente va y viene, sube y baja de las micros. Pasan sin mirarse siquiera. La ciudad pasa del gris al anaranjado, luego azul, blanco. De pronto tiene frío. Camina. El correo es de hace cinco meses. La verdad es que los meses, semanas o días ya le dan un poco lo mismo. Recuerda cuando vinieron por las cosas de la mujer. Tenía todo un discurso preparado que se tuvo que tragar mientras miraba como personas que nunca había visto extirpaban lo poco que le quedaba de ella. Eran unos colegas de trabajo de la mujer pero nunca les había mostrado mucho interés. Lloró por horas, días. Pensó que lo mejor para la pena sería la monotonía: Despertar, trabajar, perderse en la web, dormir. Comer de vez en cuando. Parece que todo fue ayer, la mujer, la partida, el sueño. Pero el sueño es diferente, no está conectado con la mujer, es otra cosa. Es una advertencia. No, eso ya lo discutí. 

La vaguedad de lógica mental se ve interrumpida por un cambión de bomberos que pasa a toda velocidad camino al edificio en donde trabaja. Lo sigue. Al acercarse ve las columnas de humo, la gente tosiendo, sus compañeros ahumados, la secretaría del cuarto piso llorando porque las cosas, su cartera, que esto que lo otro. Ruido ensordecedor. Más bombas. El incendio crece con rapidez. Dicen que falta mucha gente que no pudo salir. Explosiones, otros edificios que se queman. Cree que alguien lo apunta con el dedo. Lo reconocen. Su nombre se escapa al aire y se confunde con los gritos y llantos de una multitud que se siente amenazada y huérfana, como si su trabajo fuese mucho más que su trabajo. El aire se pone cálido. Explosiones.  Pequeñas partículas calientes se le incrustan en la piel. Corre, empuja, golpea, pelea. Llega a una plaza. Tose. Se arrodilla y toca el pasto verde. No hay nada más ridículo que el pasto verde en una ciudad como está que apenas tiene agua para sostenerse. Recuerda que este invierno casi no llovió. Mucha gente corre. Escucha gritos, frases sueltas sobre explosiones, incendios sin causa aparente. Piensa en su oficina, en las cosas de su escritorio ardiendo, en el computador explotando, en los papeles transformándose en cenizas. Una neblina densa ocupa toda la plaza. Tose, llora. Son las fuerzas especiales. Por un segundo se paraliza hasta que un perro lo muerde. Corre. Pero si estoy soñando, esto es el sueño, tiene que serlo. Pero me duele la pierna. Corre. Sus piernas flaquean. Cae lentamente, muy lentamente, como si alguien lo sostuviera mediante cables y los aflojará suavemente. No puede levantarse, los cables están sueltos. Ahí, tumbado, ve el mundo pasar. Golpes, gritos, llantos, policías tomando a las personas a la fuerza en un bus oscuro. Algunos perros se detienen a olerlo. Ve a la mujer, a la que vivió con él. Recuerda que ella también trabajaba por ahí. Logra mover su cuello, gritar algo, algo como el nombre de la mujer. Las luces se apagan.

Está en un sillón. Es el departamento del sueño. Todo se mueve lentamente. Su cabeza es una bomba de tiempo a punto de estallar. Siente como se mueven las manillas inevitablemente a la explosión. Intenta levantarse, pero el dolor lo mantiene inmovilizado. Las pastillas, necesito las pastillas. No encuentra su teléfono. Todo es un desastre. Escucha una voz. Está en la otra habitación. El departamento, parece, es pequeño como el suyo. El sillón también ocupa buena parte del living. Hay una mesa de centro con unos adornos, unos recipientes con mándalas. Hay plantas y todo está muy iluminado, casi le molesta la vista. Se abre una puerta y aparece la mujer con un celular en la mano, rompiendo la posibilidad de un sueño y aliviándolo casi. Intenta decir algo. Sus ojos se cierran poco a poco, la mujer se vuelve borrosa. Se duerme.

Es el golpe en la cabeza, dice una voz distante. Se ve pésimo, creo que deberías llevarlo a una clínica o algo, dice otra voz. No sé si tenga cobertura para eso, replica la primera voz. No sé puede quedar aquí, míralo. Pero es hasta que despierte. Entiendo que sientas pena o compasión o lo que fuere, pero viste lo que pasó abajo, tenemos que sacarlo. No es nada de eso. Está bien.  Silencio. Abre los ojos y los ve. Es ella, besa a otro. Ojalá fuera un sueño. Ojalá no lo fuera. La mujer parece cansada. Se desliza en los brazos del otro. 

Está en el asiento trasero de un auto. Despierta asustado. Grita, respira con fuerza. Es como si saliera del fondo de una piscina muy estrecha pero muy profunda. La luz lo ciega. La mujer conduce y en el asiento del copiloto está el otro. Lo miran asustados. Siente la sangre en su rostro. Nadie dice nada. Se acomoda, se sienta, mira por la ventana evitando mirar al frente. Escucha que susurran cosas. A veces se tocan. Árboles secos, columnas de humo invadiendo el cielo que atardece, gris naranjo, oscuridad. 

-Te llevamos a un hospital. Te caíste, te golpeaste la cabeza, y te llevé a mi departamento.
-Déjame aquí, me siento bien. Gracias.
-No seas pendejo y deja que te llevemos para que te revisen.
-No lo necesito.
-Cállate, lo haremos igual. Deberías agradecerme.

No te necesito, piensa. No tengo nada que agradecerte. La radio no es capaz de agarrar ninguna señal.
El tránsito se detiene. Los semáforos dejan de funcionar. Bocinazos. Insultos gratuitos. Uno que otro choque por alcance. Se baja. Algo lo mueve, le dice que avance. La mujer le hace señas, toca la bocina, grita. El copiloto, el otro, se baja y lo sigue. Lo mira de reojo para ignorarlo. Y este que se cree. El otro intenta ser un intermediario, lo llama, se queda parado moviendo los brazos. Sigue caminando, ignorando todo. Siente que camina firme, desde la furia. Casi no sabe hacia dónde va, intenta sepultar todo con sus pisadas. Siente que todo arde a su alrededor. Masculla odio hacia la mujer y el otro. Es una emoción primitiva y fuerte que lo domina. Debería haberme dejado ahí, tirado y con espasmos. Me levanto para qué, para mostrarme que estaba con el otro y que, de alguna forma magnánima, benevolente y misericordiosa aún puede preocuparse por mí, vendarme, curarme. Para qué. Para dejarme nuevamente, para irse otra vez, innumerables veces, para no mirarme, para ser objeto de su victoria, de su no sé, de su independencia de que por fin se atrevió a dejarme. Nunca pensó en mí. No me levanto por ayudarme, sino que para refregarme en la cara el hecho de que todavía la necesito. Y lo cierto es que no. No. Mil veces no. Pero sí. A veces la necesito. 

Mi reflejo está incompleto. 

Cree que debe calmarse. Respirar. Busca algo que lo calme. Evita mirar atrás. Sigue caminando y evade sus pensamientos. Se concentra en su respiración. Tiene un recuerdo.

Voy por una carretera oscura. Mi padre conduce una camioneta. Yo voy recostado en el asiento trasero y de copiloto va algún colega de mi padre. No lo sé. O quizás yo voy adelante, mirando las estrellas. Es una zona rural. Suena Stairway to heaven. La luna es inmensa. No sé qué dice la canción. Mi padre tampoco. Debo tener como 8 años. Siento la distancia hacia las estrellas. Siento la oscuridad que es brevemente interrumpida por algún auto que viene en dirección contraria. A veces nos encontramos con un camión. Mi padre lo rebasa con rapidez. Tuve miedo. Tengo miedo. La carretera sigue.  

Se aleja del alboroto. Está en una calle pequeña y oscura. No hay personas, ni perros, ni autos estacionados, ni ciclistas imprudentes. Camina por el medio de la calle. Todo se pone cada vez más oscuro y húmedo. Los árboles se estiran y lo cubren todo. Es un túnel oscuro. Algo late al final, lo siente. Camina lentamente. Es como si hubiese un manantial brotando desde el asfalto. También piensa que puede la sangre del otro cubriendo el cuerpo de la mujer en un acto sedicioso. Claro, la está montando y revistiendo de sí mismo, piensa. El camino desciende. No soporta la pendiente. Cae. Choca contra el techo del departamento del tipo de las drogas y su cuerpo se mueve hacia la el suelo. Está sentado en un sillón, fumando. El humo casi no se mueve. Puede distinguir como se enciende el fuego, como el tabaco se quema y se transforma poco a poco en humo. Su cuerpo se deposita sobre una alfombra mugrosa y húmeda. Se compenetra con la asquerosidad. Partículas negras lo invaden, difundiendo a través de su piel. Ve la palabra, IRONBLOOD. Está inscrita en lo profundo de la alfombra. Se levanta sin entender nada. El humo llena la habitación. Hay otras personas tiradas por todo el lugar, ensoñadas. Recuerda la primera vez que entro a ese departamento, recuerda a la mujer, la vecina, la que murió. Ella estaba esa vez. Ahora está ahí, no ha muerto. Ante su cara estupefacta, el tipo de las drogas habla:

-Tenemos que hacer algo. Ya comenzaron y vienen por nosotros. Por ti en realidad, yo soy solo una suerte de vehículo. No debiste soñar.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Los sueños no se hacen realidad - II



El callejón está entre dos inmensos edificios. Siente los ladrillos rojos, oscuros, impregnados de años de smog y suciedad. Escucha gritos. No puede ver el final del callejón. Siente que alguien le va a tomar el brazo. Sudor frío. Piensa en esa terrible fuerza superior que lo paraliza al final de su sueño. Corre. Deja los gritos atrás.

Siente que va a morir, que su corazón no va a parar hasta estallar. La gente pasa a su alrededor a toda velocidad. El mundo pasa a toda velocidad y está de rodillas, tratando de recuperar el aliento. Siente dolor en su cuello, en sus rodillas, un metal electrizado que le atraviesa la espalda y le pide cualquier tipo de razonamiento. Lleva sus manos a su rostro. No ve sus manos. Alto.

Despierta. 

Sus manos cubren su rostro. Lentamente las retira de sus ojos. Está en la habitación del tipo que le vende las drogas del sueño. El suelo húmedo de la casa del tipo que le vende las drogas del sueño. Hay más gente. Ellos no estaban antes. Parece que todos sueñan, mueven sus brazos, intentando tocar algo que solo tiene sentido en ese lado. El tipo de las drogas está sentado en un sillón sucio y viejo que está en una de las esquinas de la habitación, junto a una ventana. El tipo fuma. Los ojos del hombre brillan a través de la delgada capa de humo que se pierde en la terraza y se une al resto del humo que gobierna la ciudad. Decide salir. Deja el dinero correspondiente en la mesa y sale del departamento. Lo cierto es que el cansancio se ha ido. Camina hasta al ascensor, presiona el botón para bajar. Las puertas se abren y baja una mujer. Se cruzan. Cuando las puertas se cierran la imagen del sueño aparece. Es la vecina. Con desesperación aprieta los botones de los pisos que siguen para intentar detener el ascensor. Logra bajarse un par de pisos más abajo. Corre a las escaleras de emergencia. Sube. Su corazón retumba entre las pisadas. Abre la puerta de emergencia. Respiración agitada. Recorre los pasillos pero no logra dar con nada que le indique la presencia de la mujer. Se pasea en silencio. Recapacita: qué le voy a decir. Que soñé contigo y quería decírtelo. Que te va a morder un zombie, que te voy a agarrar a palos. El pasillo es como el del piso en donde vive: parece que no viviera nadie. Piensa en preguntarle al tipo de las drogas. Rápidamente desecha la idea. Se apoya contra un muro, recupera el aliento. Camina con lentitud hasta el ascensor intentando  estirar el tiempo y darle oportunidad a la mujer de que salga de su departamento y vaya a su encuentro. 

Nada sucede.

Deja el lugar. 

Vuelve a su departamento (camina al metro, baja las escaleras casi sin respirar, moviendo la menor cantidad de músculos posibles, pasa la tarjeta para pagar, cruza los torniquetes, baja más escaleras, siente el descenso, siente la tierra encima de su cabeza, se acerca al límite de la línea amarilla para sentir el viento del túnel y la velocidad del tren, quisiera que le arrancará el rostro, se sube, el rápido movimiento de los ojos intentando capturar la luz de los focos que iluminan el interior del túnel, en un solo movimiento sube las escaleras y sale del metro para caminar hasta su departamento, presiona el botón del ascensor pero la mujer no está ahí, solo está ese hombre con sus tres perros que salen a pasear y dejan esa estela de humedad y mal olor que tanto le desagrada). Se recuesta en el sillón que ocupa la mitad del pequeño living. Enciende la televisión y pone alguno de los insufribles programas de sábado por la tarde. Se esfuerza en verlo para no pensar. Es un programa que revive a otros programas antiguos y cuenta la historia tras las cámaras, invitando a los creadores y el equipo de trabajo. Se respira conformismo y condescendencia, esa idea de que todo tiempo pasado fue mejor, que no sabemos lo que hacemos, que la televisión ya no tiene sentido pero que es culpa de la gente, de que la familia ya no se reúne como antes frente al televisor sino que están sumergidos en sus realidades virtuales e independientes tratando de conectar con otros como ellos mismos. Es que ya nada es como antes, no se respeta nada. Cree que ha envejecido rápidamente.
Un mensaje lo saca de su letargo. Lo invitan a salir. Unos amigos o algo así. Casi no lee el mensaje. Camina hasta la terraza. Quiere fumar un cigarro, pero la verdad es que nunca ha fumado. Ella lo hacía. En esos momentos tomaban distancia. La miraba desde el sillón, su espalda, su brazo apoyado en el balcón, su mano abanicando para botar las cenizas, su cabeza moviéndose de un lugar a otro, su pie en punta y su trasero levemente alzado. Pero se fue y lo dejo con ese vacío en el pecho, en la boca del estómago. Nunca hay suficientes recuerdos para llenar ese vacío. Al contrario, las imágenes, sonidos, sensaciones parecen atormentarlo y aumentar el vacío. Traga saliva. Es mejor salir a buscar algo para comer. Claro, como si eso llenase el vacío.

Abre la puerta del departamento. No, la vecina del sueño no está. Camina hasta el ascensor. Intenta olvidar. Se cierran las puertas, suena el leve timbre que indica que el ascensor está en movimiento. Tiene que escapar. Camina por un sendero oscuro en medio de un bosque. El sendero es un callejón entre dos inmensos edificios. Siente la textura de los ladrillos, el viaje del contaminado aire hasta sus pulmones, invadiendo cada uno de sus glóbulos rojos. La gente corre en todas direcciones, gritando. Un terror invisible lo invade. Está en un departamento. No debe salir. Camina al balcón: atardecer de incendios, humo, caos. Pequeñas partículas oscuras lo impactan. Arden. Alguien golpea la puerta, su vecina. Abre. Está en el departamento de la mujer. La odia. La mujer ensangrentada le habla desesperadamente de zombies que la han mordido, que es el fin. La mujer cae, bota espuma por la boca y convulsiona. Esta vez decide no golpearla. Una fuerza superior lo paraliza.

Suena su teléfono.

Despierta. 

Está en el sillón. Parece que se quedó dormido, que nunca se levantó. Contesta la llamada. Le insisten. Decide ir. Espero no verla, a ella, a la que se fue con otro. Si se fue con otro o algo así. Solo se fue. El hambre persiste. Camina hasta la puerta, mira hacia el balcón, mira el atardecer. Toma la manilla, respira y abre la puerta lentamente. El pasillo está desierto. Camina hasta el ascensor, simulando calma. Su interior parece que fuera a desmoronarse. Se abren las puertas. Tiene que escapar. Está en su departamento, que es otro departamento. Se dirige al balcón. Sabe que va a sonar la puerta, que es la vecina. Suena la puerta. Está en el departamento de la vecina. Golpea a la mujer ensangrentada apenas ésta entra en la habitación. La mujer cae por el balcón. El hombre mira hay un callejón de ladrillos rojos. Suena el teléfono.

Despierta. Está en su departamento. Simplemente sale y baja por las escaleras. Busca algo que comer. Entra en una tienda y toma un paquete de galletas y una bebida. Se sienta en la calle a comer. Pasan los autos que lo encandilan. Viento, basura, una calle pegajosa y sucia. Responde los mensajes y se dirige a la fiesta. Es en un bar. Apenas saluda al resto. Bebe un trago tras otro. Evita pensar, evita recordar la imagen de la mujer perdiéndose en el callejón, en la baba que le salía por la boca cuando entro en el departamento que era suyo pero que no era el suyo. Está afuera del bar. Alguien lo empuja. De pronto está solo, el resto ha partido. No lo sabe. Los autos se vuelven rápidos y luego lentos. Lo sabe por las luces. Se tambalea. Entra a un lugar oscuro. Los muros son altos. Todo a su alrededor le repugna. Por qúe entre acá, se pregunta. Intenta vomitar, pero no puede. Quiere ayudarse con las manos. Levanta sus manos, intenta mirarlas. Sobre unas bolsas yace un cuerpo. Es una mujer. Es la vecina. Tiene el cráneo destrozado, sangre seca por todas partes. Grita despavorido. Corre. Se ve pasar. Está en la otra calle. Una fuerza superior lo paraliza. Ve como su figura se aleja dando tumbos. Camina hasta su casa con la mente en blanco. Se acuesta. Duerme. Vuelve a tener el sueño. La mujer no aparece.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Cruzar (la calle)

Terminé un terrible día laboral con una taza de cartón rellena con café y otras cosas. Caminé hasta una plaza y me puse a leer La república del vino y los licores de Mo Yan mientras hacía la hora para entrar a la clase de conducir porque compramos un auto y siento una responsabilidad tremenda al mover una máquina de cerca de una tonelada con un tanque de combustible moviéndose a velocidades que no percibimos a través del parabrisas a la vez que contamina y mata. La verdad es que me atormentan los vehículos. El libro me tenía atrapado, especialmente tras dar describir las instrucciones para cocinar un ornitorrinco y algo que llaman "animal con forma de bebe humano", pero debía dirigirme a la famosa clase. Al llegar al cruce peatonal, una mujer con una muleta me pregunta si el quiosco que está al otro lado de la avenida estaba abierto porque necesitaba comprar cigarros, que sin fumar no puede hacer nada. La ayudo a cruzar y me cuenta que fuma desde los quince, que su madre le dió su primera cajetilla, que nunca ha podido dejar de fumar, que cómo va a dejar de fumar en mundo lleno de odio, más cuando a una la golpean en la casa, más cuando tu madre te enseño a fumar y ahora dice que lo dejes, yo creo -me dice la mujer- que ella quiere que me muera, y mi hermana también quiere que me muera, que lo de exigirme que deje de fumar es una burla. Llegamos a la mitad de la calle y el semáforo cambia de preferencia, así que esperamos en el bandejón. Mi hermano me dice que no le diga a nadie, que lo deje simplemente, pero no puedo, no, así no se puede, aquí no se puede. Por eso mi libro debió llamarse La fumadora, por mí misma. Pero yo no lo publiqué, solo se lo vendo a mis amigos, a los conocidos. Los de las editoriales son unos ladrones, te pagan una mierda, como cien mil pesos, no sé, y tienes que hacerles el libro a su pinta, cuando ellos deberían estar al servicio de los escritories. No, yo no los pesqué e hice lo que quise, y publiqué mi cuestión sola, sin ellos. 

Habíamos cruzado. La mujer me dice que la dueña del quiosco ha subido el precio de los cigarros, pero tiene una oferta de 4 cajetillas que no puede obviar. Le expliqué que me tenía que ir. Nos vemos me dije, intenando memorizar su rostro que me miraba con extrañeza ante la incerteza de un futuro reencuentro.

Me fui pensando en que quizás fue ella la que me ayudo a cruzar (la calle).