miércoles, 23 de noviembre de 2016

Los sueños no se hacen realidad - II



El callejón está entre dos inmensos edificios. Siente los ladrillos rojos, oscuros, impregnados de años de smog y suciedad. Escucha gritos. No puede ver el final del callejón. Siente que alguien le va a tomar el brazo. Sudor frío. Piensa en esa terrible fuerza superior que lo paraliza al final de su sueño. Corre. Deja los gritos atrás.

Siente que va a morir, que su corazón no va a parar hasta estallar. La gente pasa a su alrededor a toda velocidad. El mundo pasa a toda velocidad y está de rodillas, tratando de recuperar el aliento. Siente dolor en su cuello, en sus rodillas, un metal electrizado que le atraviesa la espalda y le pide cualquier tipo de razonamiento. Lleva sus manos a su rostro. No ve sus manos. Alto.

Despierta. 

Sus manos cubren su rostro. Lentamente las retira de sus ojos. Está en la habitación del tipo que le vende las drogas del sueño. El suelo húmedo de la casa del tipo que le vende las drogas del sueño. Hay más gente. Ellos no estaban antes. Parece que todos sueñan, mueven sus brazos, intentando tocar algo que solo tiene sentido en ese lado. El tipo de las drogas está sentado en un sillón sucio y viejo que está en una de las esquinas de la habitación, junto a una ventana. El tipo fuma. Los ojos del hombre brillan a través de la delgada capa de humo que se pierde en la terraza y se une al resto del humo que gobierna la ciudad. Decide salir. Deja el dinero correspondiente en la mesa y sale del departamento. Lo cierto es que el cansancio se ha ido. Camina hasta al ascensor, presiona el botón para bajar. Las puertas se abren y baja una mujer. Se cruzan. Cuando las puertas se cierran la imagen del sueño aparece. Es la vecina. Con desesperación aprieta los botones de los pisos que siguen para intentar detener el ascensor. Logra bajarse un par de pisos más abajo. Corre a las escaleras de emergencia. Sube. Su corazón retumba entre las pisadas. Abre la puerta de emergencia. Respiración agitada. Recorre los pasillos pero no logra dar con nada que le indique la presencia de la mujer. Se pasea en silencio. Recapacita: qué le voy a decir. Que soñé contigo y quería decírtelo. Que te va a morder un zombie, que te voy a agarrar a palos. El pasillo es como el del piso en donde vive: parece que no viviera nadie. Piensa en preguntarle al tipo de las drogas. Rápidamente desecha la idea. Se apoya contra un muro, recupera el aliento. Camina con lentitud hasta el ascensor intentando  estirar el tiempo y darle oportunidad a la mujer de que salga de su departamento y vaya a su encuentro. 

Nada sucede.

Deja el lugar. 

Vuelve a su departamento (camina al metro, baja las escaleras casi sin respirar, moviendo la menor cantidad de músculos posibles, pasa la tarjeta para pagar, cruza los torniquetes, baja más escaleras, siente el descenso, siente la tierra encima de su cabeza, se acerca al límite de la línea amarilla para sentir el viento del túnel y la velocidad del tren, quisiera que le arrancará el rostro, se sube, el rápido movimiento de los ojos intentando capturar la luz de los focos que iluminan el interior del túnel, en un solo movimiento sube las escaleras y sale del metro para caminar hasta su departamento, presiona el botón del ascensor pero la mujer no está ahí, solo está ese hombre con sus tres perros que salen a pasear y dejan esa estela de humedad y mal olor que tanto le desagrada). Se recuesta en el sillón que ocupa la mitad del pequeño living. Enciende la televisión y pone alguno de los insufribles programas de sábado por la tarde. Se esfuerza en verlo para no pensar. Es un programa que revive a otros programas antiguos y cuenta la historia tras las cámaras, invitando a los creadores y el equipo de trabajo. Se respira conformismo y condescendencia, esa idea de que todo tiempo pasado fue mejor, que no sabemos lo que hacemos, que la televisión ya no tiene sentido pero que es culpa de la gente, de que la familia ya no se reúne como antes frente al televisor sino que están sumergidos en sus realidades virtuales e independientes tratando de conectar con otros como ellos mismos. Es que ya nada es como antes, no se respeta nada. Cree que ha envejecido rápidamente.
Un mensaje lo saca de su letargo. Lo invitan a salir. Unos amigos o algo así. Casi no lee el mensaje. Camina hasta la terraza. Quiere fumar un cigarro, pero la verdad es que nunca ha fumado. Ella lo hacía. En esos momentos tomaban distancia. La miraba desde el sillón, su espalda, su brazo apoyado en el balcón, su mano abanicando para botar las cenizas, su cabeza moviéndose de un lugar a otro, su pie en punta y su trasero levemente alzado. Pero se fue y lo dejo con ese vacío en el pecho, en la boca del estómago. Nunca hay suficientes recuerdos para llenar ese vacío. Al contrario, las imágenes, sonidos, sensaciones parecen atormentarlo y aumentar el vacío. Traga saliva. Es mejor salir a buscar algo para comer. Claro, como si eso llenase el vacío.

Abre la puerta del departamento. No, la vecina del sueño no está. Camina hasta el ascensor. Intenta olvidar. Se cierran las puertas, suena el leve timbre que indica que el ascensor está en movimiento. Tiene que escapar. Camina por un sendero oscuro en medio de un bosque. El sendero es un callejón entre dos inmensos edificios. Siente la textura de los ladrillos, el viaje del contaminado aire hasta sus pulmones, invadiendo cada uno de sus glóbulos rojos. La gente corre en todas direcciones, gritando. Un terror invisible lo invade. Está en un departamento. No debe salir. Camina al balcón: atardecer de incendios, humo, caos. Pequeñas partículas oscuras lo impactan. Arden. Alguien golpea la puerta, su vecina. Abre. Está en el departamento de la mujer. La odia. La mujer ensangrentada le habla desesperadamente de zombies que la han mordido, que es el fin. La mujer cae, bota espuma por la boca y convulsiona. Esta vez decide no golpearla. Una fuerza superior lo paraliza.

Suena su teléfono.

Despierta. 

Está en el sillón. Parece que se quedó dormido, que nunca se levantó. Contesta la llamada. Le insisten. Decide ir. Espero no verla, a ella, a la que se fue con otro. Si se fue con otro o algo así. Solo se fue. El hambre persiste. Camina hasta la puerta, mira hacia el balcón, mira el atardecer. Toma la manilla, respira y abre la puerta lentamente. El pasillo está desierto. Camina hasta el ascensor, simulando calma. Su interior parece que fuera a desmoronarse. Se abren las puertas. Tiene que escapar. Está en su departamento, que es otro departamento. Se dirige al balcón. Sabe que va a sonar la puerta, que es la vecina. Suena la puerta. Está en el departamento de la vecina. Golpea a la mujer ensangrentada apenas ésta entra en la habitación. La mujer cae por el balcón. El hombre mira hay un callejón de ladrillos rojos. Suena el teléfono.

Despierta. Está en su departamento. Simplemente sale y baja por las escaleras. Busca algo que comer. Entra en una tienda y toma un paquete de galletas y una bebida. Se sienta en la calle a comer. Pasan los autos que lo encandilan. Viento, basura, una calle pegajosa y sucia. Responde los mensajes y se dirige a la fiesta. Es en un bar. Apenas saluda al resto. Bebe un trago tras otro. Evita pensar, evita recordar la imagen de la mujer perdiéndose en el callejón, en la baba que le salía por la boca cuando entro en el departamento que era suyo pero que no era el suyo. Está afuera del bar. Alguien lo empuja. De pronto está solo, el resto ha partido. No lo sabe. Los autos se vuelven rápidos y luego lentos. Lo sabe por las luces. Se tambalea. Entra a un lugar oscuro. Los muros son altos. Todo a su alrededor le repugna. Por qúe entre acá, se pregunta. Intenta vomitar, pero no puede. Quiere ayudarse con las manos. Levanta sus manos, intenta mirarlas. Sobre unas bolsas yace un cuerpo. Es una mujer. Es la vecina. Tiene el cráneo destrozado, sangre seca por todas partes. Grita despavorido. Corre. Se ve pasar. Está en la otra calle. Una fuerza superior lo paraliza. Ve como su figura se aleja dando tumbos. Camina hasta su casa con la mente en blanco. Se acuesta. Duerme. Vuelve a tener el sueño. La mujer no aparece.

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