viernes, 24 de febrero de 2017

Un cuarto oscuro llamado Tierra



Un cuarto oscuro. Un tipo delgado vestido con una camisa blanca y unos jeans negros. Está sentado en una silla de plástico. Tiene el pelo revuelto porque lleva horas rascándose la cabeza pensando en cómo pagará los 3 meses de arriendo que debe por culpa de una mujer. Para ser justos: por culpa de él mismo, pero es más fácil decir que es culpa de la mujer. A la distancia un televisor pasa toda clase de noticias, pero no dicen nada sobre cómo conseguir dinero o como salvarse de una deuda. Apoya su cabeza contra el muro. Algo bajo su piel vibra. La cavitación se incrementa. El tipo se aferra a la silla. Se tambalea. Cae de cabeza. Pequeñas arañas de frío se instalan en su mejilla. Es la mujer. Otra vez. El recuerdo de la mujer taladrándole el cerebro. Una secuencia de gritos y llantos que se repiten en su oído una y otra vez. La tragedia que se inventó para vivir la ausencia de la mujer. Su saliva se esparce por el suelo. Esto no evitará que me saquen en una semana más, piensa.

Todo había sido su error pero la culpa era de la mujer, claro. Lo cierto es que nunca supo quién era la mujer. Nunca la descifró. Nunca pudo salir de su cabeza para intentar tocarla. El tipo era un objeto inútil conducido de un lugar a otro por ese torbellino que lo llevaba constantemente al peligro, al mismo tiempo que lo protegía del aburrimiento que era su propia vida. De un día para otro, la mujer se fue llevándoselo todo (el tipo se lo había dado sin que preguntara para un negocio: contrabando de animales exóticos). Estaba cansada de caminar sobre esa alfombra humana. Y claro, el tipo cayó en la más patética de las depresiones. Solo, desnudo, vulnerable. Idiota finalmente. En posesión fetal, en cualquier parte, llorando aferrado a los pasamanos de los vagones del metro, viendo pasar las luces. Pero no quería olvidar.

El tipo se levanta. Se limpia la cara y se prepara para salir. Salir a alguna parte a ventilarse la cabeza, a buscar una solución que no estaba en ese cuarto olvidado incluso por el tiempo. Junto a su billetera encuentra los restos de su teléfono celular. Había sido la mujer, por supuesto. Lo tiró desde el balcón de su departamento. Ándate: no halló otra forma de hacer que el tipo la dejará en paz. El tipo bajó y se puso a buscar las piezas de un aparato inservible en medio de la noche mientras la mujer continuaba gritándole que se fuera de su vida de una puta buena vez. Y se fue corriendo como un animal asustado y confundido. Y siente esa misma confusión ahora que mira la pantalla trizada del celular. Esto soy yo, se dice.

Sale al patio del cité, evitando ser visto por el resto de los vecinos. Levanta la vista: el cielo nocturno no es más que un pequeño rectángulo perdido más allá de las luces de los altos edificios adyacentes. Piensa en las luces de los edificios, en las personas en vigilia buscando algo para hacer, dando vueltas en sus hogares, en mantenerse despierto para esperar la muerte. Ignorando la muerte. Ahí, cautivos en micro-celdas virtuales perfectamente diseñadas por complejos algoritmos que nos mantienen consumiendo productos etiquetados como felicidad, especial, único, feminismo, verde, revolución, libertad. Comprar café orgánico salvará el futuro de los niños de Guinea ecuatorial, los salvará de ser gobernados por un dictador que asesinó a su tío, claro. Seguro. Perfecto. Maravilloso. El tipo siente frío. Quiere llorar. Se siente solo: no sé porque pienso estas cosas inútiles.

Se arrastra hasta alguna parte. Luces de colores que van y vienen y hacen un ruido ensordecedor, luces que escapan, se gritan cosas y se detienen frente a otra luz. Electricidad en el aire. Llega a un lugar que poco a poco va tomando forma: árboles, bancas, pasto verde británico, baile oscuro de las palomas, señales del apocalipsis. Una plaza vacía. Se acomoda en una banca que ha sido pintada innumerables veces, resistiéndose a los garabatos y al maltrato gratuito de los transeúntes. El tipo calcula. Dimensiona la deuda y sus ingresos, es decir, la ausencia de los mismos. Rojos. Mira el infinito, disolviendo números que no hacen más que aumentar. El desalojo. La mujer. Los delicados y hermosos sostenes de la mujer, la sensación demoníaca de tener cierto poder sobre ese tornado, la sangre hirviendo, reventándole las orejas. Vuelve. Quizás podría trabajar en algo. Volver a su antiguo trabajo en la oficina: luces artificiales encubriendo la oscuridad de un lugar privado de ventanas para que no vean las distracciones del exterior, los pocos árboles, la luz del sol, el espectáculo de los suicidas cayendo desde la azotea del edificio del frente. No, no resistiría. La siguiente alternativa es buscar otro trabajo. O pedir plata. No tiene a quien y, a pesar de todo lo vivido con la mujer (los robos a supermercados, las apuestas callejeras, las orgías, las performances en medio de la calle, las veces que lo metieron preso por pelearse borracho), pedir dinero lo avergonzaría. No es por orgullo, en absoluto, es, simplemente, algo que no puede permitirse, una última frontera que prefiere no cruzar para poder creer que le queda dignidad. Nadie responde a sus llamados suplicantes. No puede volver con sus padres así. Quizás vender sus cosas, sus órganos, esos que cuelgan en el interior de su cuerpo rodeados de sangre oscura y putrefacta. La sensación de que lo observan lo saca de sus oscuros pero infantiles pensamientos. Son cuatro hombres vestidos completamente de negro. El tipo se levanta, camina al azar. Ve un puente. Cree que si lo cruza estará a salvo, que en el otro extremo una virgencita santísima le dará abrigo y refugio y un fajo de billetes. Los tipos corren. Todo ocurre muy rápido. O sea, le gustaría que ocurriese más lento como para defenderse, aun cuando si así fuese tampoco lo haría. Lo toman por los pantalones y lo arrojan por el muro del lecho río. Mientras cae intentando aferrarse al muro, escucha consignas nacionalistas, gritos de una guerra que le parece distante e irreal. La polera blanca que tanto le había costado encontrar queda enlodada.

Desde el norte, una luz anaranjada lo despierta. Lo ilumina todo. Al mismo tiempo todo se vuelve gris y negro. Camina por la orilla del cauce, tanteando el muro de casi 4 metros que sus antepasados construyeron para conducir algo que nunca entendieron: el río Mapocho. Busca una escalera. Tiene que haber una escalera. Ojalá mis órganos estén sanos. Aunque el precio ha bajado mucho, entre el aumento de los inmigrantes y los androcerdos. Hay un túnel. Salta al interior. Más oscuridad y humedad y cosas que se mueven o parece que se movieran. Piensa, obviamente, en la mujer. Ella lo sabía todo, ella provocó esto, piensa el tipo. Esos ruidos que se escuchan allá afuera, como si el cielo crujiera son culpa de ella (se interna en el túnel, avanza torpemente, golpeándose con todo), estos temblores son culpa de ella, los ratones que me persiguen son culpa de ella, este túnel en el que metí para escapar y que no resultó ser más que otra trampa son culpa de ella y lo sabe, yo sé que lo sabe, otra trampa como tú, mujer, tú y esta agua estancada que lleva al borde del desmayo o la sangre que me corre por la cara y los rasmillones de la espalda que me arden, o esos gritos de muerte que se meten entre las grietas de este túnel, de esta cueva, de esta alcantarilla del siglo pasado que de pronto es silencio, o es un sonido atronador de rocas gigantescas cayendo, es…, es…, es la sangre cayendo, las gotas perdidas en el agua y saboreada por los ratones, es la sangre con tu veneno expulsada por mi cuerpo, porque esto no tiene salida. Lo que haría por tener un cigarro ahora mismo.

Se duerme.

Un chillido. Una rata, que por su tamaño podría ser un niño de 5 años, intenta atacarlo. El tipo corre moviendo sus brazos descoordinadamente hasta que se topa con algo largo de metal. Es una escalera. Trepa. La rata hace lo mismo. Al final hay una pesada tapa también de metal. La luz se mete por algunas grietas del techo. El tipo empuja, golpea, grita. Nada. La rata se acerca con sus dientes amarillos. Siente el aliento putrefacto. La patea, le atina en la nariz. Un poco desorientada la rata se interna en el túnel y desaparece chillando. El tipo ve un delgado hilo de sangre. Después de unos minutos en lo alto de la escalera, el tipo decide bajar y buscar algo con que ayudarse. En los alrededores encuentra lo que parece ser una barra de metal. Se da cuenta de que no ha pensado nada desde que despertó, que todo ha sido casi instantáneo. Respira. La mujer. La detestable mujer. La maravillosa mujer con su movimiento de caderas y sus ojos oscuros como el agua del túnel o alcantarilla o lo que fuere. El tipo toma la barra y golpea la tapa metálica. No sucede nada, pero la sensación de la barra en sus manos lo vuelve más seguro y fuerte. Se le ocurre apalancar la tapa poniendo la punta de la barra en la orilla del orificio. Forcejea un rato. Las grietas comienzan a crujir. Cae polvo. El tipo salta al agua mientras la tapa y parte del techo se derrumban. Cascada de piedras y polvo. Trepa lo que queda de la escalera y los escombros. Es un amanecer silencioso.

El viento frío de la mañana lo estremece. Siente dolor en todo el cuerpo. Camina hasta un muro cercano. El viento sigue avanzando y arrastra tierra y papeles. El tipo contempla los edificios las calles: todo parece desierto. El silencio y el desierto le llenan la cabeza. Lo intenta, pero no puede pensar en nada. Siente que pecho, que su corazón está siendo comprimido, que es el vacío que no deja espacio. La sensación confusa le impide mantenerse de pie. Se sienta torpemente en el suelo, con su mano apoyada en la barra. Tampoco sabe dónde está: la ciudad vacía es completamente diferente. El viento comienza a soplar más fuerte. La tierra golpea y se incrusta. Busca refugio. Nota que estaba apoyado en un mural. La frase: los hombres del norte nos mataran a todos. El resto son tags ilegibles. Entra a un cercano edificio de departamentos. Los vidrios de las puertas de entradas están destruidos. Camina hasta el puesto del conserje. Todo es un desorden. Papeles, maceteros destruidos, maletas, bolsas, ropa y, en medio, el cadáver aparentemente fresco del conserje. El cuerpo reposa de espaldas sobre una pequeña televisión. Hay sangre sobre el pecho del hombre. Tiene la boca abierta y le falta algo de piel en el rostro. El tipo aparte algunos papeles del puesto y recoge un teléfono que hay en el suelo. Se da cuenta de que ha perdido su billetera y su celular cuando los tipos lo tiraron. Se siente miserable. El tipo marca el único número que sabe de memoria. La llamada toma su tiempo en entrar. La mujer no contesta. De todas formas intenta decir algo pero, simplemente, las palabras se quedaron en otra parte. Cuelga el teléfono. Solo entonces toma conciencia de que está al lado de un muerto. De un conserje muerto. Imagina su vida de conserje, las innumerables veces que digo buenos días, buenas tardes, buenas noches. La rutina de observar el pequeño televisor, de ordenar las cartas, de recibir paquetes, de observar las conductas de las personas en los ascensores. Suena el teléfono. Brilla una minúscula luz roja. Contesta. Es la voz de una mujer.

-Estoy acá en el piso 8. Venga, por favor venga. Haga algo.
-Soy Andrés Muñoz- contesta el tipo.

Silencio.

El viento aún arrecia las calles.

Andrés camina hasta los ascensores. No funcionan. Se dirige a las escaleras y antes de abrir la puerta de emergencia, ve el cuerpo del conserje. Se siente miserable por haberse sentido miserable. El tipo tumba el cadáver en el suelo y lo cubre de papeles. Junto al cadáver coloca un macetero, saca un poco de tierra y la deja caer sobre este. Le parece lo más humanitario que puede hacer. 

Sube las escaleras y se limpia las manchas de sangre que ya no sabe si son suyas o del cuerpo. Aún siente, a la distancia, el calor del cadáver.

No hay comentarios:

Publicar un comentario