Un cuarto oscuro. Un tipo delgado
vestido con una camisa blanca y unos jeans negros. Está sentado en una silla de
plástico. Tiene el pelo revuelto porque lleva horas rascándose la cabeza
pensando en cómo pagará los 3 meses de arriendo que debe por culpa de una mujer.
Para ser justos: por culpa de él mismo, pero es más fácil decir que es culpa de
la mujer. A la distancia un televisor pasa toda clase de noticias, pero no
dicen nada sobre cómo conseguir dinero o como salvarse de una deuda. Apoya su
cabeza contra el muro. Algo bajo su piel vibra. La cavitación se incrementa. El
tipo se aferra a la silla. Se tambalea. Cae de cabeza. Pequeñas arañas de frío
se instalan en su mejilla. Es la mujer. Otra vez. El recuerdo de la mujer
taladrándole el cerebro. Una secuencia de gritos y llantos que se repiten en su
oído una y otra vez. La tragedia que se inventó para vivir la ausencia de la
mujer. Su saliva se esparce por el suelo. Esto no evitará que me saquen en una
semana más, piensa.
Todo había sido su error pero la
culpa era de la mujer, claro. Lo cierto es que nunca supo quién era la mujer.
Nunca la descifró. Nunca pudo salir de su cabeza para intentar tocarla. El tipo
era un objeto inútil conducido de un lugar a otro por ese torbellino que lo
llevaba constantemente al peligro, al mismo tiempo que lo protegía del
aburrimiento que era su propia vida. De un día para otro, la mujer se fue
llevándoselo todo (el tipo se lo había dado sin que preguntara para un negocio:
contrabando de animales exóticos). Estaba cansada de caminar sobre esa alfombra
humana. Y claro, el tipo cayó en la más patética de las depresiones. Solo, desnudo,
vulnerable. Idiota finalmente. En posesión fetal, en cualquier parte, llorando
aferrado a los pasamanos de los vagones del metro, viendo pasar las luces. Pero
no quería olvidar.
El tipo se levanta. Se limpia la
cara y se prepara para salir. Salir a alguna parte a ventilarse la cabeza, a
buscar una solución que no estaba en ese cuarto olvidado incluso por el tiempo.
Junto a su billetera encuentra los restos de su teléfono celular. Había sido la
mujer, por supuesto. Lo tiró desde el balcón de su departamento. Ándate: no
halló otra forma de hacer que el tipo la dejará en paz. El tipo bajó y se puso
a buscar las piezas de un aparato inservible en medio de la noche mientras la
mujer continuaba gritándole que se fuera de su vida de una puta buena vez. Y se
fue corriendo como un animal asustado y confundido. Y siente esa misma
confusión ahora que mira la pantalla trizada del celular. Esto soy yo, se dice.
Sale al patio del cité, evitando
ser visto por el resto de los vecinos. Levanta la vista: el cielo nocturno no es
más que un pequeño rectángulo perdido más allá de las luces de los altos
edificios adyacentes. Piensa en las luces de los edificios, en las personas en vigilia
buscando algo para hacer, dando vueltas en sus hogares, en mantenerse despierto
para esperar la muerte. Ignorando la muerte. Ahí, cautivos en micro-celdas virtuales
perfectamente diseñadas por complejos algoritmos que nos mantienen consumiendo
productos etiquetados como felicidad, especial, único, feminismo, verde,
revolución, libertad. Comprar café orgánico salvará el futuro de los niños de
Guinea ecuatorial, los salvará de ser gobernados por un dictador que asesinó a
su tío, claro. Seguro. Perfecto. Maravilloso. El tipo siente frío. Quiere
llorar. Se siente solo: no sé porque pienso estas cosas inútiles.
Se arrastra hasta alguna parte.
Luces de colores que van y vienen y hacen un ruido ensordecedor, luces que
escapan, se gritan cosas y se detienen frente a otra luz. Electricidad en el
aire. Llega a un lugar que poco a poco va tomando forma: árboles, bancas, pasto
verde británico, baile oscuro de las palomas, señales del apocalipsis. Una
plaza vacía. Se acomoda en una banca que ha sido pintada innumerables veces,
resistiéndose a los garabatos y al maltrato gratuito de los transeúntes. El
tipo calcula. Dimensiona la deuda y sus ingresos, es decir, la ausencia de los
mismos. Rojos. Mira el infinito, disolviendo números que no hacen más que
aumentar. El desalojo. La mujer. Los delicados y hermosos sostenes de la mujer,
la sensación demoníaca de tener cierto poder sobre ese tornado, la sangre
hirviendo, reventándole las orejas. Vuelve. Quizás podría trabajar en algo.
Volver a su antiguo trabajo en la oficina: luces artificiales encubriendo la
oscuridad de un lugar privado de ventanas para que no vean las distracciones
del exterior, los pocos árboles, la luz del sol, el espectáculo de los suicidas
cayendo desde la azotea del edificio del frente. No, no resistiría. La
siguiente alternativa es buscar otro trabajo. O pedir plata. No tiene a quien
y, a pesar de todo lo vivido con la mujer (los robos a supermercados, las
apuestas callejeras, las orgías, las performances en medio de la calle, las
veces que lo metieron preso por pelearse borracho), pedir dinero lo
avergonzaría. No es por orgullo, en absoluto, es, simplemente, algo que no
puede permitirse, una última frontera que prefiere no cruzar para poder creer
que le queda dignidad. Nadie responde a sus llamados suplicantes. No puede
volver con sus padres así. Quizás vender sus cosas, sus órganos, esos que
cuelgan en el interior de su cuerpo rodeados de sangre oscura y putrefacta. La
sensación de que lo observan lo saca de sus oscuros pero infantiles
pensamientos. Son cuatro hombres vestidos completamente de negro. El tipo se
levanta, camina al azar. Ve un puente. Cree que si lo cruza estará a salvo, que
en el otro extremo una virgencita santísima le dará abrigo y refugio y un fajo
de billetes. Los tipos corren. Todo ocurre muy rápido. O sea, le gustaría que ocurriese
más lento como para defenderse, aun cuando si así fuese tampoco lo haría. Lo
toman por los pantalones y lo arrojan por el muro del lecho río. Mientras cae
intentando aferrarse al muro, escucha consignas nacionalistas, gritos de una
guerra que le parece distante e irreal. La polera blanca que tanto le había
costado encontrar queda enlodada.
Desde el norte, una luz
anaranjada lo despierta. Lo ilumina todo. Al mismo tiempo todo se vuelve gris y
negro. Camina por la orilla del cauce, tanteando el muro de casi 4 metros que
sus antepasados construyeron para conducir algo que nunca entendieron: el río
Mapocho. Busca una escalera. Tiene que haber una escalera. Ojalá mis órganos
estén sanos. Aunque el precio ha bajado mucho, entre el aumento de los
inmigrantes y los androcerdos. Hay un túnel. Salta al interior. Más oscuridad y
humedad y cosas que se mueven o parece que se movieran. Piensa, obviamente, en
la mujer. Ella lo sabía todo, ella provocó esto, piensa el tipo. Esos ruidos
que se escuchan allá afuera, como si el cielo crujiera son culpa de ella (se
interna en el túnel, avanza torpemente, golpeándose con todo), estos temblores
son culpa de ella, los ratones que me persiguen son culpa de ella, este túnel
en el que metí para escapar y que no resultó ser más que otra trampa son culpa
de ella y lo sabe, yo sé que lo sabe, otra trampa como tú, mujer, tú y esta
agua estancada que lleva al borde del desmayo o la sangre que me corre por la
cara y los rasmillones de la espalda que me arden, o esos gritos de muerte que
se meten entre las grietas de este túnel, de esta cueva, de esta alcantarilla
del siglo pasado que de pronto es silencio, o es un sonido atronador de rocas
gigantescas cayendo, es…, es…, es la sangre cayendo, las gotas perdidas en el
agua y saboreada por los ratones, es la sangre con tu veneno expulsada por mi
cuerpo, porque esto no tiene salida. Lo que haría por tener un cigarro ahora
mismo.
Se duerme.
Un chillido. Una rata, que por su
tamaño podría ser un niño de 5 años, intenta atacarlo. El tipo corre moviendo
sus brazos descoordinadamente hasta que se topa con algo largo de metal. Es una
escalera. Trepa. La rata hace lo mismo. Al final hay una pesada tapa también de
metal. La luz se mete por algunas grietas del techo. El tipo empuja, golpea,
grita. Nada. La rata se acerca con sus dientes amarillos. Siente el aliento
putrefacto. La patea, le atina en la nariz. Un poco desorientada la rata se
interna en el túnel y desaparece chillando. El tipo ve un delgado hilo de
sangre. Después de unos minutos en lo alto de la escalera, el tipo decide bajar
y buscar algo con que ayudarse. En los alrededores encuentra lo que parece ser
una barra de metal. Se da cuenta de que no ha pensado nada desde que despertó,
que todo ha sido casi instantáneo. Respira. La mujer. La detestable mujer. La
maravillosa mujer con su movimiento de caderas y sus ojos oscuros como el agua
del túnel o alcantarilla o lo que fuere. El tipo toma la barra y golpea la tapa
metálica. No sucede nada, pero la sensación de la barra en sus manos lo vuelve
más seguro y fuerte. Se le ocurre apalancar la tapa poniendo la punta de la
barra en la orilla del orificio. Forcejea un rato. Las grietas comienzan a
crujir. Cae polvo. El tipo salta al agua mientras la tapa y parte del techo se
derrumban. Cascada de piedras y polvo. Trepa lo que queda de la escalera y los
escombros. Es un amanecer silencioso.
El viento frío de la mañana lo
estremece. Siente dolor en todo el cuerpo. Camina hasta un muro cercano. El
viento sigue avanzando y arrastra tierra y papeles. El tipo contempla los
edificios las calles: todo parece desierto. El silencio y el desierto le llenan
la cabeza. Lo intenta, pero no puede pensar en nada. Siente que pecho, que su
corazón está siendo comprimido, que es el vacío que no deja espacio. La
sensación confusa le impide mantenerse de pie. Se sienta torpemente en el
suelo, con su mano apoyada en la barra. Tampoco sabe dónde está: la ciudad
vacía es completamente diferente. El viento comienza a soplar más fuerte. La
tierra golpea y se incrusta. Busca refugio. Nota que estaba apoyado en un
mural. La frase: los hombres del norte nos mataran a todos. El resto son tags
ilegibles. Entra a un cercano edificio de departamentos. Los vidrios de las
puertas de entradas están destruidos. Camina hasta el puesto del conserje. Todo
es un desorden. Papeles, maceteros destruidos, maletas, bolsas, ropa y, en
medio, el cadáver aparentemente fresco del conserje. El cuerpo reposa de
espaldas sobre una pequeña televisión. Hay sangre sobre el pecho del hombre.
Tiene la boca abierta y le falta algo de piel en el rostro. El tipo aparte
algunos papeles del puesto y recoge un teléfono que hay en el suelo. Se da cuenta
de que ha perdido su billetera y su celular cuando los tipos lo tiraron. Se
siente miserable. El tipo marca el único número que sabe de memoria. La llamada
toma su tiempo en entrar. La mujer no contesta. De todas formas intenta decir
algo pero, simplemente, las palabras se quedaron en otra parte. Cuelga el
teléfono. Solo entonces toma conciencia de que está al lado de un muerto. De un
conserje muerto. Imagina su vida de conserje, las innumerables veces que digo
buenos días, buenas tardes, buenas noches. La rutina de observar el pequeño
televisor, de ordenar las cartas, de recibir paquetes, de observar las
conductas de las personas en los ascensores. Suena el teléfono. Brilla una minúscula
luz roja. Contesta. Es la voz de una mujer.
-Estoy acá en el piso 8. Venga,
por favor venga. Haga algo.
-Soy Andrés Muñoz- contesta el
tipo.
Silencio.
El viento aún arrecia las
calles.
Andrés camina hasta los
ascensores. No funcionan. Se dirige a las escaleras y antes de abrir la puerta
de emergencia, ve el cuerpo del conserje. Se siente miserable por haberse
sentido miserable. El tipo tumba el cadáver en el suelo y lo cubre de papeles.
Junto al cadáver coloca un macetero, saca un poco de tierra y la deja caer
sobre este. Le parece lo más humanitario que puede hacer.
Sube las escaleras y se limpia
las manchas de sangre que ya no sabe si son suyas o del cuerpo. Aún siente, a la
distancia, el calor del cadáver.
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