Se despierta agitado. Necesita
las pastillas, esas que parecen de acero inoxidable. Sin meditarlo, se dirige
al departamento del tipo que vende droga. Toma un taxi. El taxista habla y
reclama contra el gobierno, contra los otros automóviles, contra su familia,
contra todo lo que puede. Mira por la ventana, ignorando la voz, concentrándose
en las luces. Le envía mensajes al tipo de la droga: no hay respuesta.
El edificio está rodeado de
carabineros y detectives. Líneas restrictivas lo atraviesan todo. No parece un
buen momento para drogarse. Quiere salir corriendo pero no quiere llamar la
atención. Camina, con seguridad, hacia un negocio cercano. Pide un chicle. Unas
mujeres conversan. Hablan de una mujer, de un suicidio, de sangre por todas
partes, de un departamento que era un antro, un tugurio de drogas y perdición
que la mujer iba a drogarse ahí pero el lugar estaba desierto cuando llegó la
policía.
Está en el trabajo. Qué haces
aquí. Vine como siempre. Pero si todavía te quedan cuatro semanas de licencia.
Pero si he estado viniendo las últimas semanas, de qué están hablando. Déjate
de leseras, trabajólico. O te vienes a burlar de nosotros. Anda a relajarte
monito. Pero si yo. Pero nada, ándate, aprovecha tu licencia por parasomnia y
descansa. Parece que estás más flaco, tienes que comer más.
No lo entiende. Se sienta en la
banca de un paradero y mira pasar a las micros repletas de gente. Siente que
está parado contra la corriente. De dónde sale tanta gente, se pregunta. Apoya
su cabeza en sus manos, se pierde en sus pensamientos. No tiene ninguno. Si no
vine a trabajar, entonces qué he hecho todo este tiempo. Dónde he estado.
Cuándo pasó ¿Cuándo salí de la consulta de la sicóloga? Revisa su celular en
vano. Solo hay propaganda que lo persigue inteligentemente: correos de
relajantes naturales y bebidas energéticas. Sigue revisando su correo, viaja
semanas, meses atrás. Encuentra un correo de la mujer, la que vivió con
él.
Me voy, esto dejo de tener sentido. No soy tu florecita, ni tu Jesús de
bolsillo. No tengo porque decirte que está bien y que está mal. Francamente
estoy cansada, y siento que esto no va para ninguna parte. Siento que no me
amas, que estás contigo porque te vencí, porque todo lo demás te aburre y, en
esta falsa lucha que di y gané yo fui la vencida. Te subiste a mí porque era lo
más cómodo. Te aburre mi mundo y todo lo que tiene que ver conmigo, pero qué
más da si no te importa nada. Sale y enfrenta al mundo, deja de ser un cobarde.
Ya te dije mucho.
Ya no más.
Alguien vendrá por mis cosas.
Adiós.
La gente va y viene, sube y baja
de las micros. Pasan sin mirarse siquiera. La ciudad pasa del gris al
anaranjado, luego azul, blanco. De pronto tiene frío. Camina. El correo es de
hace cinco meses. La verdad es que los meses, semanas o días ya le dan un poco
lo mismo. Recuerda cuando vinieron por las cosas de la mujer. Tenía todo un
discurso preparado que se tuvo que tragar mientras miraba como personas que
nunca había visto extirpaban lo poco que le quedaba de ella. Eran unos colegas
de trabajo de la mujer pero nunca les había mostrado mucho interés. Lloró por
horas, días. Pensó que lo mejor para la pena sería la monotonía: Despertar,
trabajar, perderse en la web, dormir. Comer de vez en cuando. Parece que todo
fue ayer, la mujer, la partida, el sueño. Pero el sueño es diferente, no está
conectado con la mujer, es otra cosa. Es una advertencia. No, eso ya lo
discutí.
La vaguedad de lógica mental se
ve interrumpida por un cambión de bomberos que pasa a toda velocidad camino al
edificio en donde trabaja. Lo sigue. Al acercarse ve las columnas de humo, la
gente tosiendo, sus compañeros ahumados, la secretaría del cuarto piso llorando
porque las cosas, su cartera, que esto que lo otro. Ruido ensordecedor. Más
bombas. El incendio crece con rapidez. Dicen que falta mucha gente que no pudo
salir. Explosiones, otros edificios que se queman. Cree que alguien lo apunta
con el dedo. Lo reconocen. Su nombre se escapa al aire y se confunde con los
gritos y llantos de una multitud que se siente amenazada y huérfana, como si su
trabajo fuese mucho más que su trabajo. El aire se pone cálido. Explosiones. Pequeñas partículas calientes se le incrustan
en la piel. Corre, empuja, golpea, pelea. Llega a una plaza. Tose. Se arrodilla
y toca el pasto verde. No hay nada más ridículo que el pasto verde en una
ciudad como está que apenas tiene agua para sostenerse. Recuerda que este
invierno casi no llovió. Mucha gente corre. Escucha gritos, frases sueltas
sobre explosiones, incendios sin causa aparente. Piensa en su oficina, en las
cosas de su escritorio ardiendo, en el computador explotando, en los papeles
transformándose en cenizas. Una neblina densa ocupa toda la plaza. Tose, llora.
Son las fuerzas especiales. Por un segundo se paraliza hasta que un perro lo
muerde. Corre. Pero si estoy soñando, esto es el sueño, tiene que serlo. Pero
me duele la pierna. Corre. Sus piernas flaquean. Cae lentamente, muy
lentamente, como si alguien lo sostuviera mediante cables y los aflojará
suavemente. No puede levantarse, los cables están sueltos. Ahí, tumbado, ve el
mundo pasar. Golpes, gritos, llantos, policías tomando a las personas a la
fuerza en un bus oscuro. Algunos perros se detienen a olerlo. Ve a la mujer, a
la que vivió con él. Recuerda que ella también trabajaba por ahí. Logra mover
su cuello, gritar algo, algo como el nombre de la mujer. Las luces se apagan.
Está en un sillón. Es el
departamento del sueño. Todo se mueve lentamente. Su cabeza es una bomba de
tiempo a punto de estallar. Siente como se mueven las manillas inevitablemente
a la explosión. Intenta levantarse, pero el dolor lo mantiene inmovilizado. Las
pastillas, necesito las pastillas. No encuentra su teléfono. Todo es un
desastre. Escucha una voz. Está en la otra habitación. El departamento, parece,
es pequeño como el suyo. El sillón también ocupa buena parte del living. Hay
una mesa de centro con unos adornos, unos recipientes con mándalas. Hay plantas
y todo está muy iluminado, casi le molesta la vista. Se abre una puerta y
aparece la mujer con un celular en la mano, rompiendo la posibilidad de un
sueño y aliviándolo casi. Intenta decir algo. Sus ojos se cierran poco a poco,
la mujer se vuelve borrosa. Se duerme.
Es el golpe en la cabeza, dice
una voz distante. Se ve pésimo, creo que deberías llevarlo a una clínica o
algo, dice otra voz. No sé si tenga cobertura para eso, replica la primera voz.
No sé puede quedar aquí, míralo. Pero es hasta que despierte. Entiendo que
sientas pena o compasión o lo que fuere, pero viste lo que pasó abajo, tenemos
que sacarlo. No es nada de eso. Está bien.
Silencio. Abre los ojos y los ve. Es ella, besa a otro. Ojalá fuera un
sueño. Ojalá no lo fuera. La mujer parece cansada. Se desliza en los brazos del
otro.
Está en el asiento trasero de un
auto. Despierta asustado. Grita, respira con fuerza. Es como si saliera del
fondo de una piscina muy estrecha pero muy profunda. La luz lo ciega. La mujer
conduce y en el asiento del copiloto está el otro. Lo miran asustados. Siente
la sangre en su rostro. Nadie dice nada. Se acomoda, se sienta, mira por la ventana
evitando mirar al frente. Escucha que susurran cosas. A veces se tocan. Árboles
secos, columnas de humo invadiendo el cielo que atardece, gris naranjo, oscuridad.
-Te llevamos a un hospital. Te
caíste, te golpeaste la cabeza, y te llevé a mi departamento.
-Déjame aquí, me siento bien.
Gracias.
-No seas pendejo y deja que te
llevemos para que te revisen.
-No lo necesito.
-Cállate, lo haremos igual.
Deberías agradecerme.
No te necesito, piensa. No tengo
nada que agradecerte. La radio no es capaz de agarrar ninguna señal.
El tránsito se detiene. Los
semáforos dejan de funcionar. Bocinazos. Insultos gratuitos. Uno que otro
choque por alcance. Se baja. Algo lo mueve, le dice que avance. La mujer le
hace señas, toca la bocina, grita. El copiloto, el otro, se baja y lo sigue. Lo
mira de reojo para ignorarlo. Y este que se cree. El otro intenta ser un
intermediario, lo llama, se queda parado moviendo los brazos. Sigue caminando,
ignorando todo. Siente que camina firme, desde la furia. Casi no sabe hacia dónde
va, intenta sepultar todo con sus pisadas. Siente que todo arde a su alrededor.
Masculla odio hacia la mujer y el otro. Es una emoción primitiva y fuerte que
lo domina. Debería haberme dejado ahí, tirado y con espasmos. Me levanto para
qué, para mostrarme que estaba con el otro y que, de alguna forma magnánima, benevolente
y misericordiosa aún puede preocuparse por mí, vendarme, curarme. Para qué.
Para dejarme nuevamente, para irse otra vez, innumerables veces, para no
mirarme, para ser objeto de su victoria, de su no sé, de su independencia de
que por fin se atrevió a dejarme. Nunca pensó en mí. No me levanto por
ayudarme, sino que para refregarme en la cara el hecho de que todavía la necesito.
Y lo cierto es que no. No. Mil veces no. Pero sí. A veces la necesito.
Mi reflejo está incompleto.
Cree que debe calmarse. Respirar.
Busca algo que lo calme. Evita mirar atrás. Sigue caminando y evade sus
pensamientos. Se concentra en su respiración. Tiene un recuerdo.
Voy por una carretera oscura. Mi
padre conduce una camioneta. Yo voy recostado en el asiento trasero y de copiloto
va algún colega de mi padre. No lo sé. O quizás yo voy adelante, mirando las
estrellas. Es una zona rural. Suena Stairway
to heaven. La luna es inmensa. No sé qué dice la canción. Mi padre tampoco.
Debo tener como 8 años. Siento la distancia hacia las estrellas. Siento la
oscuridad que es brevemente interrumpida por algún auto que viene en dirección
contraria. A veces nos encontramos con un camión. Mi padre lo rebasa con
rapidez. Tuve miedo. Tengo miedo. La carretera sigue.
Se aleja del alboroto. Está en
una calle pequeña y oscura. No hay personas, ni perros, ni autos estacionados,
ni ciclistas imprudentes. Camina por el medio de la calle. Todo se pone cada vez
más oscuro y húmedo. Los árboles se estiran y lo cubren todo. Es un túnel
oscuro. Algo late al final, lo siente. Camina lentamente. Es como si hubiese un
manantial brotando desde el asfalto. También piensa que puede la sangre del otro
cubriendo el cuerpo de la mujer en un acto sedicioso. Claro, la está montando y
revistiendo de sí mismo, piensa. El camino desciende. No soporta la pendiente.
Cae. Choca contra el techo del departamento del tipo de las drogas y su cuerpo
se mueve hacia la el suelo. Está sentado en un sillón, fumando. El humo casi no
se mueve. Puede distinguir como se enciende el fuego, como el tabaco se quema y
se transforma poco a poco en humo. Su cuerpo se deposita sobre una alfombra
mugrosa y húmeda. Se compenetra con la asquerosidad. Partículas negras lo
invaden, difundiendo a través de su piel. Ve la palabra, IRONBLOOD. Está
inscrita en lo profundo de la alfombra. Se levanta sin entender nada. El humo
llena la habitación. Hay otras personas tiradas por todo el lugar, ensoñadas.
Recuerda la primera vez que entro a ese departamento, recuerda a la mujer, la
vecina, la que murió. Ella estaba esa vez. Ahora está ahí, no ha muerto. Ante
su cara estupefacta, el tipo de las drogas habla:
-Tenemos que hacer algo. Ya
comenzaron y vienen por nosotros. Por ti en realidad, yo soy solo una suerte de
vehículo. No debiste soñar.