viernes, 16 de diciembre de 2016

Contemplación



Los dos grupos se observan con detenimiento. Entre ellos: el agua quieta e ignorante. A veces un grito provocador. Expectación, silencio. Uno se adelanta. Bebe agua con indiferencia. Otro del grupo opuesto reacciona y se lanza al ataque. Golpea con un palo. El indiferente cae al suelo. Se suceden golpes en la cabeza. Sangre y leves convulsiones. Graznidos de pájaros. Esperan. No se levanta. Gritos de victoria. Los perdedores se alejan en silencio. 

El golpeador, inseguro y al mismo tiempo curioso, se acerca al recién fallecido. Huele, toca, descubre pelo y sangre; carne y hueso. El cadáver se pone rígido. Moscas, hinchazón, pájaros que caen en tentación. El golpeador se queda explorando el cuerpo. Lo reclama suyo, espantando a cuantos se acercan. El olor se vuelve insoportable. Se aleja y cada cierto tiempo vuelve para contemplar desde los arbustos cercanos. Vegetación muerta. Pelos. Huesos. Se acerca a tocarlos, purificados por la suave brisa. No sabe si mantener la vigilancia o continuar como el resto. Toma uno de los huesos y, torpemente, lo deja caer en la arena cercana al agua. El hueso queda a medio hundir. Atardece. El agua va y vuelve al compás de la brisa. Entonces el hombre se levanta hasta erguirse.

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