Los dos grupos se observan con
detenimiento. Entre ellos: el agua quieta e ignorante. A veces un grito
provocador. Expectación, silencio. Uno se adelanta. Bebe agua con indiferencia.
Otro del grupo opuesto reacciona y se lanza al ataque. Golpea con un palo. El
indiferente cae al suelo. Se suceden golpes en la cabeza. Sangre y leves
convulsiones. Graznidos de pájaros. Esperan. No se levanta. Gritos de victoria.
Los perdedores se alejan en silencio.
El golpeador, inseguro y al mismo
tiempo curioso, se acerca al recién fallecido. Huele, toca, descubre pelo y sangre;
carne y hueso. El cadáver se pone rígido. Moscas, hinchazón, pájaros que caen
en tentación. El golpeador se queda explorando el cuerpo. Lo reclama suyo,
espantando a cuantos se acercan. El olor se vuelve insoportable. Se aleja y
cada cierto tiempo vuelve para contemplar desde los arbustos cercanos. Vegetación
muerta. Pelos. Huesos. Se acerca a tocarlos, purificados por la suave brisa. No
sabe si mantener la vigilancia o continuar como el resto. Toma uno de los
huesos y, torpemente, lo deja caer en la arena cercana al agua. El hueso queda
a medio hundir. Atardece. El agua va y vuelve al compás de la brisa. Entonces el
hombre se levanta hasta erguirse.
No hay comentarios:
Publicar un comentario