jueves, 22 de diciembre de 2016

Los sueños no se hacen realidad - IV



En una de las paredes hay una fotografía. Un hombre mira a un bebe. Se sonríen en sepia. Quizás el infante es el tipo de las drogas, solo que ahora usa lentes circulares, tiene barba de un par de días, abundante cabellera gris y vive su delgadez ahí, entre el humo y la silla cubierta de una capa de grasa humana y ceniza. No es buena idea preguntárselo. Todavía fuma su cigarro infinito. El humo es también infinito. Parece que siempre hubiese estado allí, junto con los muebles del living. Imagina una revista de decoración con los sillones amarillos desmanchados, la mesa de centro sin quemaduras de cigarro, la lámpara desprovista de las toneladas de polvo que la cubren, la biblioteca repleta libros en vez de drogas y la silla arrinconada. Rápidamente el humo lo invade todo. El lugar vuelve a su asquerosidad donde el humo es lo único puro.

-Yo sé que los viste. Yo también los he visto. Con sus antenas, su extraña mirada. Y ese miedo terrible recorriendo tu cuerpo, dominándote, operando por medio de un mecanismo tan antiguo como el poder. Lo sé. No entiendes nada. Llevas días vagando en este lado y el otro. Tu insomnio te permitió penetrar el tejido del sueño. Suena paradójico, lo sé. Pero el insomnio te volvió muy sensible a la realidad de los sueños. Me refiero a la percepción de ellos, al tejido que forman las inconsciencias que lo sustentan. No a la interpretación, no, definitivamente no. Las pastillas que te di facilitan el tránsito. Y tú entraste a un lugar muy oscuro. Ellos lo saben. Las razones por las cuales pudiste entrar a donde no debías aún me son desconocidas. Aún soy nuevo en esto del onironautismo. Bueno, siempre se es nuevo. Por supuesto que esto no es hipnotismo. Lo siento, sé que no fue con tu consentimiento, pero, de lo contrario no habrías aceptado. Lo sé porque te conozco. Yo también estaba en ese sueño. Vi como la mataste. Si, a ella, la que está recostada sobre el sillón respirando suavemente. Más bien escuché como la mataste. Estaba en la otra pieza, esperando, mirando por la ventana el caos de la plaza por la que escapas. Después todo se vuelve nebuloso.

El tipo de las drogas, Michael Herskovitz, había trabajado en la Universidad de Chile luego de terminar su doctorado en botánica y biología molecular en la British Columbia University. Lo habían traído con el fin de potenciar el área de biología molecular. Dijeron que incluso Maturana estuvo metido en eso. Rumores. Rumores que siguieron toda su estadía. A los rumores se sumó el gran ego de Michael. Los problemas prontamente se dejaron caer. Durante su cuarto año de estadía no cumplió con el mínimo de publicaciones (había tenido que ir a Estados Unidos, su madre había fallecido). Lo presionaron. Se encerró por meses en su habitación en el barrio Brasil. A veces estudiantes lo visitaban. Les decía que estaba en asuntos importantes, que no podía dormir. Su aspecto era irreconocible: ojos hundidos, piel cubierta de una aparente capa de musgo, pelo largo y sucio, delgadez extrema. Uno de sus vecinos se molestó (el olor a artemisa, el líquido verde saliendo por debajo de la puerta, las plantas ocupando la escalera). Llegó la policía y lo echaron. Lo vieron vagar por meses, durmiendo en plazas o en las inmediaciones del campus Antumapu. Su historia fue viral en las redes sociales: un genio que terminó en la calle. Le ofrecieron ayuda que rechazó. Le ofrecieron viajes a Estados Unidos que rechazó. Estoy trabajando en algo, contestaba mientras se retiraba mirando el aire, los árboles, los perros a los que recurrentemente fotografiaba. Finalmente todos se olvidaron de su existencia. Pasó otra cosa más importante en la realidad, como la muerte de un artista famoso, o el nacimiento de un niño de dos cabezas. Michael aprovechó el silencio y comenzó la venta de hongos alucinógenos cultivados en esos callejones privados de luz solar que tanto frecuentaba. Poco a poco extendió su negocio. Cultivó plantas y otras hierbas. Arrendó una habitación y armó un pequeño laboratorio para retomar sus investigaciones: el elixir para la resurrección. Literatura vudú y papers sobre cordyceps inundaban todo el espacio. No podía dormir. Abusó del ajenjo para buscar respuestas más allá de este plano. No podía dormir. El elixir no daba resultados. Experimento consigo mismo. No podía dormir. Enfermó. La realidad le pareció diferente. Pudo distinguir, tocar casi, la ínfima tela que separa vigilia de sueño. Un efecto secundario del elixir, no lo sabía. Simplemente exploró. Accedió a lugares que parecían olvidados por el ser humano hasta que lo encontraron. Ellos. IRONBLOOD. Se sintió observado. Apenas conseguía dormir. Se dedicó a la venta de drogas. De vez en cuando experimentaba con algunos de sus clientes. Sin darse cuenta se volvió adicto a la nicotina. Entonces conoció a la mujer, la vecina del sueño. Se involucraron. Profesionalmente claro. Ella también los vio, aunque insistía en una invasión zombie. Formaron una agrupación para navegar sueños.

-No sé quiénes son. Solo sé que bloquean espacios. Y que cada cierto provocan cosas. Provocan cosas acá quiero decir, de este lado. Como los incendios. Fue real. Lo otro también es real, también ocurre. Cientos de veces. Se cristalizan en la memoria y provocan dolor. Y lo de la policía también fue real. La muerte no lo fue. Manipularon el tejido. Todos estamos en ese tejido. Por lo tanto fue real. Fue colectivamente real. Tuvimos que desaparecer. Lo soñamos, tejimos nuestra desaparición. Ya aprenderás. Tenemos que hacer algo con esa herida. No tiene sentido hablar de real. Lo siento.

Se toca la cabeza y siente la hinchazón, el dolor, el dolor de la mujer que lo dejó, del otro idiota que lo persiguió, el dolor de caer del techo, el dolor de la duda, del vacío, del insomnio. No cree nada, pero la idea de descansar le parece sensata. El tipo de las drogas toma un puñado de hierbas que mastica hasta que su saliva se vuelve morada. Escupe una pasta sobre una gaza y se la pasa al hombre. Con un gesto le dice que se la ponga en la cabeza.

Su cabeza se llena de fuego, luego frío refrescante. Duerme.

-Sabemos pocas cosas. A veces las pesadillas son barreras que ellos colocan para que no penetremos más allá. El inconsciente es llave y puerta, medio y contenido. Así nos ahuyentan y nos conducen a  lugares comunes de los que no podemos salir o bien nos programan una iteración infinita que nos termina por volver locos. Tu inconsciente navego hacia allá y, de algún modo, entró al campo de ellos. Eso creemos. El conocimiento sobre los sueños ha sido borrado y el poco existente ha sido parametrizado, categorizado, cuantificado y archivado junto a otras disciplinas que la ciencia ha decidido olvidar. REM por aquí, REM por allá. Profundidad del sueño. Suficiente.  ¿Me entiendes?

Se hace el dormido.

Está en un mar de sábanas. Se ahoga. Es un niño de 5 años. Orina su cama. Es un lago en el que se sumerge. Algo brilla, allá en el fondo. Si en el fondo. Nada. Deja las sábanas atrás. Cae. Todo se vuelve negro con tonalidades violeta.

Cámara lenta. Ve el techo del departamento. Al parecer está hundido en las profundidades de uno de los sillones amarillos. Se mueve, piensa en moverse, pero su cuerpo se toma su tiempo en cumplir su voluntad. Escucha un ruido como un martillo golpeando la puerta. Afuera todo sucede muy rápido. Sombras gigantescas que toman corporalidad, metal y plástico, toman al tipo de las drogas, lo golpean y le ponen una capucha. Puede ver como un hilo de sangre cae por el rostro del tipo de las drogas. Hay alboroto. Se llevan al resto de las personas, incluyendo a la mujer. Alguien se detiene a ver el sillón. Lo mira de frente el rostro enmascarado, el rostro de un monstruo de plástico negro perfectamente brillante, pulido. Pero el monstruo no lo ve. Ojos negros, ojos obsidiana, ojos que no dicen nada. Risitas atraviesan la máscara. Se alejan. El departamento queda vacío.

Para cuando logra salir del sillón ya es de noche. Está cansado, la transfiguración, el braceo en cámara lenta, vagar entre el sueño y la vigilia. No sabe cómo sucedió. Se estira mientras recorre el desordenado departamento. Entra en la habitación del tipo de las drogas. Es bastante pequeña. Hay vidrios rotos y papeles desparramados en el suelo. Revisa los papeles al azar. Encuentra diarios de vida. Hay páginas que solo repiten la palabra IRONBLOOD. Dibujos de hongos y cavernas. En otras partes hay literatura fantástica. Se acerca a la ventana. Columnas de humo, ruido de sirenas. Un sonido que le retumba en el pecho, pero que no corresponde a un latido de su corazón. Viene desde el baño de la pieza. Se dirige al baño y abre la puerta. La luz es intensa y verde. Frascos rotos, líquidos centelleantes derramados. Más vidrios rotos. En el suelo hay una agenda con algunas páginas claramente arrancadas. Lee las páginas finales:

“Lo vemos escapar. Atraviesa uno de los bosques de transición que lleva a los edificios en donde hoy duerme Amelia. El humo se vuelve denso. Algo le incomoda. Nos quieren bloquear pero por suerte  decide correr. Amelia lo lleva a un departamento. Ve la posibilidad del caos. No lo mide, pero lo sabe. Amelia golpea la puerta, le cuenta su gráfica versión sobre los zombies. No le cree y se molesta. La historia es muy gráfica. Se defiende. Escucho cada golpe. Al número 12 pierdo la cuenta. Se filtra y cae en una plaza. La señal es muy fuerte. Finalmente nos bloquean. Vemos como intenta escapar. Lo invocamos una y otra vez hasta que despierta. El viaje no es satisfactorio. Algo queda adentro, conectado con ellos. Amelia llora ante la terrible visión de sus sesos en el suelo.”

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