En una de las paredes hay una
fotografía. Un hombre mira a un bebe. Se sonríen en sepia. Quizás el infante es
el tipo de las drogas, solo que ahora usa lentes circulares, tiene barba de un
par de días, abundante cabellera gris y vive su delgadez ahí, entre el humo y la
silla cubierta de una capa de grasa humana y ceniza. No es buena idea
preguntárselo. Todavía fuma su cigarro infinito. El humo es también infinito.
Parece que siempre hubiese estado allí, junto con los muebles del living.
Imagina una revista de decoración con los sillones amarillos desmanchados, la
mesa de centro sin quemaduras de cigarro, la lámpara desprovista de las
toneladas de polvo que la cubren, la biblioteca repleta libros en vez de drogas
y la silla arrinconada. Rápidamente el humo lo invade todo. El lugar vuelve a
su asquerosidad donde el humo es lo único puro.
-Yo sé que los viste. Yo también
los he visto. Con sus antenas, su extraña mirada. Y ese miedo terrible
recorriendo tu cuerpo, dominándote, operando por medio de un mecanismo tan
antiguo como el poder. Lo sé. No entiendes nada. Llevas días vagando en este
lado y el otro. Tu insomnio te permitió penetrar el tejido del sueño. Suena
paradójico, lo sé. Pero el insomnio te volvió muy sensible a la realidad de los
sueños. Me refiero a la percepción de ellos, al tejido que forman las inconsciencias
que lo sustentan. No a la interpretación, no, definitivamente no. Las pastillas
que te di facilitan el tránsito. Y tú entraste a un lugar muy oscuro. Ellos lo
saben. Las razones por las cuales pudiste entrar a donde no debías aún me son
desconocidas. Aún soy nuevo en esto del onironautismo. Bueno, siempre se es
nuevo. Por supuesto que esto no es hipnotismo. Lo siento, sé que no fue con tu
consentimiento, pero, de lo contrario no habrías aceptado. Lo sé porque te
conozco. Yo también estaba en ese sueño. Vi como la mataste. Si, a ella, la que
está recostada sobre el sillón respirando suavemente. Más bien escuché como la
mataste. Estaba en la otra pieza, esperando, mirando por la ventana el caos de
la plaza por la que escapas. Después todo se vuelve nebuloso.
El tipo de las drogas, Michael
Herskovitz, había trabajado en la Universidad de Chile luego de terminar su
doctorado en botánica y biología molecular en la British Columbia University.
Lo habían traído con el fin de potenciar el área de biología molecular. Dijeron
que incluso Maturana estuvo metido en eso. Rumores. Rumores que siguieron toda
su estadía. A los rumores se sumó el gran ego de Michael. Los problemas prontamente
se dejaron caer. Durante su cuarto año de estadía no cumplió con el mínimo de
publicaciones (había tenido que ir a Estados Unidos, su madre había fallecido).
Lo presionaron. Se encerró por meses en su habitación en el barrio Brasil. A
veces estudiantes lo visitaban. Les decía que estaba en asuntos importantes,
que no podía dormir. Su aspecto era irreconocible: ojos hundidos, piel cubierta
de una aparente capa de musgo, pelo largo y sucio, delgadez extrema. Uno de sus
vecinos se molestó (el olor a artemisa, el líquido verde saliendo por debajo de
la puerta, las plantas ocupando la escalera). Llegó la policía y lo echaron. Lo
vieron vagar por meses, durmiendo en plazas o en las inmediaciones del campus
Antumapu. Su historia fue viral en las redes sociales: un genio que terminó en
la calle. Le ofrecieron ayuda que rechazó. Le ofrecieron viajes a Estados
Unidos que rechazó. Estoy trabajando en algo, contestaba mientras se retiraba
mirando el aire, los árboles, los perros a los que recurrentemente fotografiaba.
Finalmente todos se olvidaron de su existencia. Pasó otra cosa más importante
en la realidad, como la muerte de un artista famoso, o el nacimiento de un niño
de dos cabezas. Michael aprovechó el silencio y comenzó la venta de hongos
alucinógenos cultivados en esos callejones privados de luz solar que tanto
frecuentaba. Poco a poco extendió su negocio. Cultivó plantas y otras hierbas.
Arrendó una habitación y armó un pequeño laboratorio para retomar sus
investigaciones: el elixir para la resurrección. Literatura vudú y papers sobre
cordyceps inundaban todo el espacio. No podía dormir. Abusó del ajenjo para
buscar respuestas más allá de este plano. No podía dormir. El elixir no daba
resultados. Experimento consigo mismo. No podía dormir. Enfermó. La realidad le
pareció diferente. Pudo distinguir, tocar casi, la ínfima tela que separa
vigilia de sueño. Un efecto secundario del elixir, no lo sabía. Simplemente
exploró. Accedió a lugares que parecían olvidados por el ser humano hasta que
lo encontraron. Ellos. IRONBLOOD. Se sintió observado. Apenas conseguía dormir.
Se dedicó a la venta de drogas. De vez en cuando experimentaba con algunos de
sus clientes. Sin darse cuenta se volvió adicto a la nicotina. Entonces conoció
a la mujer, la vecina del sueño. Se involucraron. Profesionalmente claro. Ella
también los vio, aunque insistía en una invasión zombie. Formaron una
agrupación para navegar sueños.
-No sé quiénes son. Solo sé que
bloquean espacios. Y que cada cierto provocan cosas. Provocan cosas acá quiero
decir, de este lado. Como los incendios. Fue real. Lo otro también es real,
también ocurre. Cientos de veces. Se cristalizan en la memoria y provocan
dolor. Y lo de la policía también fue real. La muerte no lo fue. Manipularon el
tejido. Todos estamos en ese tejido. Por lo tanto fue real. Fue colectivamente
real. Tuvimos que desaparecer. Lo soñamos, tejimos nuestra desaparición. Ya
aprenderás. Tenemos que hacer algo con esa herida. No tiene sentido hablar de
real. Lo siento.
Se toca la cabeza y siente la
hinchazón, el dolor, el dolor de la mujer que lo dejó, del otro idiota que lo
persiguió, el dolor de caer del techo, el dolor de la duda, del vacío, del
insomnio. No cree nada, pero la idea de descansar le parece sensata. El tipo de
las drogas toma un puñado de hierbas que mastica hasta que su saliva se vuelve
morada. Escupe una pasta sobre una gaza y se la pasa al hombre. Con un gesto le
dice que se la ponga en la cabeza.
Su cabeza se llena de fuego,
luego frío refrescante. Duerme.
-Sabemos pocas cosas. A veces las
pesadillas son barreras que ellos colocan para que no penetremos más allá. El
inconsciente es llave y puerta, medio y contenido. Así nos ahuyentan y nos
conducen a lugares comunes de los que no
podemos salir o bien nos programan una iteración infinita que nos termina por
volver locos. Tu inconsciente navego hacia allá y, de algún modo, entró al
campo de ellos. Eso creemos. El conocimiento sobre los sueños ha sido borrado y
el poco existente ha sido parametrizado, categorizado, cuantificado y archivado
junto a otras disciplinas que la ciencia ha decidido olvidar. REM por aquí, REM
por allá. Profundidad del sueño. Suficiente.
¿Me entiendes?
Se hace el dormido.
Está en un mar de sábanas. Se
ahoga. Es un niño de 5 años. Orina su cama. Es un lago en el que se sumerge.
Algo brilla, allá en el fondo. Si en el fondo. Nada. Deja las sábanas atrás.
Cae. Todo se vuelve negro con tonalidades violeta.
Cámara lenta. Ve el techo del
departamento. Al parecer está hundido en las profundidades de uno de los
sillones amarillos. Se mueve, piensa en moverse, pero su cuerpo se toma su
tiempo en cumplir su voluntad. Escucha un ruido como un martillo golpeando la
puerta. Afuera todo sucede muy rápido. Sombras gigantescas que toman
corporalidad, metal y plástico, toman al tipo de las drogas, lo golpean y le
ponen una capucha. Puede ver como un hilo de sangre cae por el rostro del tipo
de las drogas. Hay alboroto. Se llevan al resto de las personas, incluyendo a
la mujer. Alguien se detiene a ver el sillón. Lo mira de frente el rostro enmascarado,
el rostro de un monstruo de plástico negro perfectamente brillante, pulido.
Pero el monstruo no lo ve. Ojos negros, ojos obsidiana, ojos que no dicen nada.
Risitas atraviesan la máscara. Se alejan. El departamento queda vacío.
Para cuando logra salir del
sillón ya es de noche. Está cansado, la transfiguración, el braceo en cámara
lenta, vagar entre el sueño y la vigilia. No sabe cómo sucedió. Se estira
mientras recorre el desordenado departamento. Entra en la habitación del tipo
de las drogas. Es bastante pequeña. Hay vidrios rotos y papeles desparramados
en el suelo. Revisa los papeles al azar. Encuentra diarios de vida. Hay páginas
que solo repiten la palabra IRONBLOOD. Dibujos de hongos y cavernas. En otras
partes hay literatura fantástica. Se acerca a la ventana. Columnas de humo,
ruido de sirenas. Un sonido que le retumba en el pecho, pero que no corresponde
a un latido de su corazón. Viene desde el baño de la pieza. Se dirige al baño y
abre la puerta. La luz es intensa y verde. Frascos rotos, líquidos centelleantes
derramados. Más vidrios rotos. En el suelo hay una agenda con algunas páginas
claramente arrancadas. Lee las páginas finales:
“Lo vemos escapar. Atraviesa uno
de los bosques de transición que lleva a los edificios en donde hoy duerme
Amelia. El humo se vuelve denso. Algo le incomoda. Nos quieren bloquear pero por
suerte decide correr. Amelia lo lleva a
un departamento. Ve la posibilidad del caos. No lo mide, pero lo sabe. Amelia
golpea la puerta, le cuenta su gráfica versión sobre los zombies. No le cree y
se molesta. La historia es muy gráfica. Se defiende. Escucho cada golpe. Al
número 12 pierdo la cuenta. Se filtra y cae en una plaza. La señal es muy
fuerte. Finalmente nos bloquean. Vemos como intenta escapar. Lo invocamos una y otra vez
hasta que despierta. El viaje no es satisfactorio. Algo queda adentro,
conectado con ellos. Amelia llora ante la terrible visión de sus sesos en el
suelo.”