Se levantaron de
madrugada. El día anterior el padre había encontrado la llave de paso abierta.
Las cosechas estaban inundadas y las reservas de agua de regadío de la
temporada casi se habían acabado. Había sido su hija. Debían buscar más agua.
Caminaron por
horas en el frío y oscuro desierto. De pronto el sol brillante y hermoso se
extendió sobre el suelo seco y rojizo. Agotada,
la hija se sentó junto a unas rocas. Quería llorar. Miró el instrumento: nada. Pensó que nunca volverían. No puedo continuar, dijo. Debes hacerte responsable de tus errores, dijo el
padre. Un viento acérrimo lo nubló todo. Se tumbaron en el suelo, cubriendo
orejas y narices. Cuando el viento se detuvo el padre se levantó y le tendió la
mano. Alzó la vista con algo de nostalgia, buscando algo en el cielo. Errar
es humano, le dijo volviendo su mirada hacia el horizonte infinito, pero no
marciano.