viernes, 28 de abril de 2017

a veces

a veces me pasa algo (como un libro, una columna, una niña llorando en la calle, un atardecer, una reflexión de D, una caricia de V) y una fuerza me mueve a escribir. Una fuerza enorme. Una fuerza que me da terror y me inmoviliza.

jueves, 27 de abril de 2017

Encender una hoguera II


El senador por Valdivia Henry Boys mira la televisión a altas horas de la noche, acompañado de dos hombres enormes como pilares de catedral, que lo sodomizan con diferentes instrumentos de cuero y metal. Está a punto de alcanzar el éxtasis cuando pasan la noticia de disturbios sin precedentes en el Cerro Castillo. Abstinencia, grita explotando de placer.

Los hombres sueltan las cadenas y el senador de la república acomoda su calzoncillo de látex y sus suspensores negros que contrastan sobre su piel blanca tendiendo al rosado por los golpes infringidos con precisión, mesura y placer. El senador está cansado, jadea. Las imágenes aun borrosas en su mente se transforman poco a poco en luces, árboles, patrullas, senadores del oficialismo cubriéndose el rostro, avergonzados ministros evitando a los periodistas. Boys piensa que el castillo es maravilloso. Imagina los cientos de miles de torturas que ya se han cometido en ese lugar. Pide que le traigan su ropa. Con delicadeza los hombres lo visten. Hace un par de llamadas y comienza los preparativos.

En la televisión un carabinero, uno de alto rango al parecer, narra –intento torpe y exagerado de objetividad- que un grupo desconocido de individuos traspasó los límites privados del inmueble para efectuar actividades ilícitas dentro de las inmediaciones del inmueble interrumpiendo las celebración del nombramiento de su excelencia de la república el presidente Gabriel Boric como candidato presidencial para el próximo periodo; carabineros se encuentra actualmente revisando el perímetro del inmueble en cuestión en busca de indicios que nos permitan identificar a los responsables de la acción ilícita.

La tranquilidad de la mansión Boys se ve interrumpida por las luces de autos que se aproximan. Los autos se aproximan a la entrada. Una encorvada Jacqueline Van Rysselberghe, actual presidenta de la Unión Republicana recibe a regañadientes la ayuda de la alcaldesa de Santiago Kathy Barriga. Augusto Schuster, diputado por Ñuñoa y Providencia, saluda enérgicamente a Henry Boys mientras este le da una mirada maliciosa. Las demás entran al gran salón de la mansión. Una gran pantalla se ilumina y una anciana voz les dice: las hojas han comenzado a moverse.


Saben que no pueden quedarse en la falsa inercia de la victoria. Han dado el primer paso. Poca claridad hay sobre el futuro, pero eso tampoco les ha importado mucho. Ven el amanecer sobre una ciudad que ya no es la misma, que ya no será la misma. Algunas sueñan con cenizas, otras con gente viviendo en armonía. Lo saben, lo respetan. V les dice que han divulgado el video por todos los medios, pero la lucha contra los algoritmos censuradores es dura, pero que no lograran trazar hasta ellas. No más dura que esta lucha dice A. Se dispersan. El plan tiene que seguir así. Le meta es clara: la destrucción del orden establecido. A cualquier costo. Porque sí, porque ya es suficiente. Deciden proceder al azar. A veces reciben una señal desde las profundidades invisibles de la red. Algo se conecta, una neurona se aferra a otra en la oscuridad.

D monta su e-cleta. La ciudad despierta a paso lento, porque nadie quiere despertar, nadie quiere ocurrir, nadie quiere cambiar. D sabe que la noticia no será del agrado del resto de las personas. Siente miedo y pena. Se detiene frente a un Starbucks recién abierto y pide un café. Mira detenidamente al personal que sigue las instrucciones de un bot supervisor que los gestiona eficientemente. La esfera se pasea, reluciente entre el personal. Todos bajan la cabeza: cómo increpar a una máquina que no te da tiempo para respirar, que se te adelanta en cada paso, que sabe lo que le vas a decir. Los jefes están en un lugar lejano, comandando a distancia ejércitos de bot con inteligencia limitada. D imagina una pirámide en cuya punta y base están los humanos. Deja un poco de propina. Intenta mirar a alguien a los ojos, pero el bot es veloz. No hay tregua. La pena transita a la rabia. Se sienta en una esquina y prende su computador. Busca otro usuario de la wifi con crédito suficiente para la operación Se mete a la aplicación del café, empieza a ordenar cientos de miles de cafés. Busca otro par de usuarios y repite. La aplicación se bloquea. Aprovecha el movimiento para entrar. Busca el local, el bot, el número, las claves, desbloquea los sistemas de autoprotección del bot. Los trabajadores del café observan atónitos como el bot se cocina junto a un par de muffins de chocolate. D está feliz pero el café mantiene su amargor.

La oficina del ministro del interior es una especie de oasis en el caos mediático, guerra civil entre los mismos medios que han perdido la cabeza entre la maraña de órdenes y contraordenes alrededor de la verdad. O de la posibilidad de la misma. Jackson se acerca a la ventana que da al patio interior, mira un punto infinito, inclinando levemente la cabeza calva, llevando una de sus manos a su rostro, medio tapándose la boca. Da golpecitos en la ventana. Su atención no está en el desastre del castillo. No. Está en el mensaje, está en la culpa. Dónde quedó el enérgico joven que se oponía al orden de la elite política. Uno de sus asesores entra a la oficina empujando a cientos de periodistas que han invadido todos los rincones de la Moneda. El asesor intenta decir algo pero como todos, no sabe que decir. Por un momento Jackson cree que el presidente tiene que dar la cara y confesar la larga lista de maniobras y crímenes que lo han llevado al poder. No es el día. Seguirá el plan. Como siempre.  Les dirá lo que quieren oír. Les dirá que han atentado contra la vida del presidente, que se sospecha de grupos extremistas pero nada es claro, que el país sufrirá grandes cambios, que se mejorará la seguridad de todos, que ejercerá todo su poder para encontrar a los implicados, que esto no quedará así, que nadie atenta contra la democracia en este país, no señores, no. Mientras Jackson habla, miles de detenciones por sospecha son cursadas.

Las luz brillante pone ansiosa a V. Lo sabe. El mensaje se desvanece pero queda grabado en su memoria. Evita correr. Respira. Está en la banca rodeada de palomas, donde acordaron. Se sienta a su lado sin mirarlo. V cree que el corazón se le va a salir por la boca, tal como la primera vez que lo vio: él es el contacto. Esto va a pasar ahora, le dice el tipo, que es tan joven como ella. Le desliza una pequeña memoria flash del tamaño de una uña y se marcha. V se queda con las palabras en la garganta. Espera un momento, momento necesario para ella, para recomponerse, toma la memoria y se marcha en sentido opuesto al del contacto.   

martes, 11 de abril de 2017

Encender una hoguera




El presidente Boric está sobre un escenario celebrando su reciente y nada sorpresiva nominación  como candidato presidencial del Frente Amplio. Podría ser su tercer mandato como presidente del país. Sobre su cara rosada se dibuja una sonrisa. Con dificultad mueve sus brazos obesos para saludar al público que lo acompaña. Luces, vitoreos, el nuevo himno nacional como música de fondo. En el público, Jackson, ministro del interior, aplaude con fingido entusiasmo mientras observa como otros, quienes también fueran compañeros de lucha, hoy beben vino con él que finalmente se impuso por la fuerza. La senadora Vallejo le sonríe y le hace un gesto a la distancia mientras baila con Boric. Y a pesar de ser casi protagonista de la ascensión, Jackson no entiende como todo dio un giro, como convencieron al poder legislativo para permitir la relección indefinida. Camina hasta la barra y pide un whisky en las rocas. Alguien intenta hablarle sobre los otros candidatos que no tuvieron chance que el tercer gobierno de Boric será mucho mejor que los anteriores que el híbrido clon de Piñera y Lagos no tiene oportunidad que la gente no caerá frente a ese estadista megalómano. El ministro está en otra parte de su manchada memoria, recordando una marcha, un lienzo, brazos en señal de protesta. Ojala pudiera perderme en este vaso, piensa. Quiere volver atrás, muy atrás en el tiempo, cuando se le ocurrió que ser presidente de curso era buena idea. Se escucha un ruido de alboroto. Mira hacia el escenario, las luces se apagan, la música se detiene. Una voz repite: ustedes también caerán. La voz termina por distorsionarse por completo. Caen panfletos con consignas rebeldes, invitando al anarquismo, el amor libre, la caída de los líderes y el retorno a la vida comunitaria. Los panfletos se deshacen en cuestión de segundos. Jackson no se mueve de la barra. Parece que quiere reírse. En el escenario Boric agita sus brazos mientras los guardias lo sacan como si fuera un perro rabioso. Un cerdo furioso.


V y D se colocan las chaquetas de pulpo y se alejan del Palacio de Cerro Castillo con total tranquilidad. Mientras caminan escuchan las sirenas de los autos de policía que ponen todo azul y verdoso. Quisiera poder ver las estrellas piensa V. Me carga esta chaqueta piensa D, no sé quién soy. Pasan el mangetopulso sobre los teléfonos, los quiebran y los lanzan a unos arbustos. Despliegan las e-cletas perdiéndose en la noche.

Se dirigen a la azotea de un edificio a medio construir en alguna parte de Estación Central. Tiene 24 pisos llenos de pequeñas ratoneras que la constructora llamaba departamentos Smart. No lo terminaron. Rápidamente el edificio fue ocupado por todo tipo de personas, desde drogadictos hasta transhippies, que vienen a ser lo mismo. Cada piso es un mundo frágil a punto de estallar y mezclarse con otro. Están sobre la selva. Casi amanece. Junto a otras V y D encienden una hoguera en donde queman partituras con el nuevo himno patrio compuesto por un decrépito Manuel García. Es un vendido, sentencia A. No es la primera vez que lo hace, replica M. Todas bailan alrededor del fuego.     

martes, 4 de abril de 2017

Un cuarto oscuro llamado Tierra - 2



El pasillo principal está vacío. Da unos pasos. Gruñidos, golpes que vienen del fondo del pasillo donde se bifurca. Corre. A medio camino se pregunta que qué hace ahí. Los golpes aumentan. Escucha una voz sorda. Se acerca lentamente a la bifurcación y mira hacia el lugar de donde provienen los ruidos. Un hombre sin piernas y cubierto de cenizas oscuras golpea la puerta de un departamento. A ratos gruñe. Andrés siente la desesperación y la rabia del hombre. Cree que ya no es un hombre, que se está transformando en otra cosa. El hombre o lo que fuere escucha sus pensamientos, los huele y lo observa unos segundos antes de abalanzarse sobre Andrés, gruñendo rabiosamente. Andrés distingue algo que podría ser pena en los ojos de la ya criatura. Tras el forcejeo la golpea con la barra de metal. La sangre oscura se mueve lentamente.

Andrés se sienta en el suelo. Está exhausto. Respira pesadamente. Su garganta está seca, todo su cuerpo está seco. Mira las grietas del techo, evitando siquiera pensar en lo que acaba de hacer. La puerta del departamento se abre lentamente. Ve un ojo que se convierte poco a poco en una nariz, en otro ojo en un rostro en una mano que se extiende y le indica con un gesto que se acerque. Lentito, susurra la voz de la puerta, lentito para que no despierte. Andrés cree que la voz no sabe lo que dice.

El departamento está sorprendentemente ordenando. La mujer, casi una anciana le dice que ella estaba en el baño cuando paso todo, que escuchó algo parecido a una explosión enorme como a los fuegos artificiales de año nuevo seguida de un gigantesco vacío, como si todo flotará en medio de esa cuestión de polvo que lo lleno todo. Era por la guerra, sin dudas, decía la mujer mientras buscaba algo de beber para darle a Andrés. Y ya nada funcionaba, ni la luz, ni el agua, ni nada. La radio a pilas que tengo tampoco funciona. De un momento a otro sentí esos ruidos, esos golpes. Supe que querían entrar, que querían quitarme las cosas, dice la mujer asustada. Escuché peleas, llantos y gritos. Parece que todos se iban a no sé qué parte, que era más seguro, que los otros ya venían. Nunca supe quiénes eran los otros, la verdad nunca confié en mis vecinos y después de la bomba, porque eso fue una bomba atómica o no sé cómo le dicen, después sonó una alarma como de bomberos, unos autos se pasearon por la ciudad. Hasta un helicóptero pasó volando alumbrando con un foco. Fue como un terremoto, se levantó el polvo, se oían los vidrios quebrándose en todas partes, los metales, todo cayendo y rompiéndose. Y yo aún estaba en el baño, sin atreverme a subirme los calzones, sabe. Se hizo de noche y rápidamente se hizo de día otra vez. Después paso lo del caballero que quería entrar. Me levanté como pude del baño y puse unas sillas. Ahí se me ocurrió llamar a conserjería pero no contestaban. Hasta que levantaron el teléfono. Fue usted, ¿cierto? Yo sabía que alguien vendría, era una cosa de confianza en el Señor.

Andrés mira por la ventana. Quién era ese caballero, pregunta Andrés bebiendo del oscuro líquido que le sirvió la mujer. No sé si era una persona, no sé la verdad, no sabría decir que era, que quería o quien era. Podría haber sido un vecino pero nunca los conocí. El pensar en los muertos les dificulta el encontrar un tema común para conversar. Ojalá algo exterior los interrumpiera pero no sucede nada. Solo se escucha el viento que a Andrés le hace imaginar un atardecer en el planeta Marte o un atardecer de fiesta con los amigos de la mujer. La mujer. Quiere verla. Piensa  que es su oportunidad de ser un héroe, de ser nada menos que todo un hombre. Se levanta y le pide el baño a la mujer que diligentemente lo conduce hasta la puerta del mismo. Andrés mira su rostro fatigado y herido, sus manos desgastadas, su cuerpo cubierto de polvo y mugre. Siente nauseas, cierra los ojos pero todo sigue ahí, la mugre sigue ahí, el lodo en su polera blanca sigue ahí. Y la mujer, la del recuerdo, no está. Está en medio de una suerte de holocausto nuclear pero solo puede pensar en la mujer mientras se rasca un extraño salpullido en cerca de sus costillas del lado izquierdo. Andrés piensa en contarle sus desventuras a la anciana. Quizás eso los relaje o al menos así el tiempo pase más rápido, y todo sea más llevadero, menos terrible, menos confuso. Quizás conversar les ayude a orientarse, a armar un plan o algo parecido, algo que los mantenga ocupados. Quizás la anciana pueda transformarse en su abuelita y él en su querido nieto, en su favorito, y quizás ahí puedan vivir una fantasía que haga les permita soportar el viento. Andrés intenta limpiarse lo básico con unas pocas toallas húmedas.

La anciana yace tendida sobre la mesa del comedor. El vaso está en el suelo, el agua se esparce por el suelo. La toca pero no responde. Ha dejado de respirar. Andrés arrastra el pesado cuerpo de la mujer hasta el dormitorio. La operación es compleja, poco a poco el cuerpo se rigidiza y Andrés casi no tiene fuerzas para levantarlo a la cama. Deja la cabeza y los brazos de la anciana sobre la cama y levanta los pies. La mujer se desploma. Después de intentarlo un par de veces más Andrés se resigna. Tendré que acostumbrarme a esto de los muertos, piensa en voz alta Andrés, colocando una sábana sobre el cuerpo de la mujer que yace en el suelo del único dormitorio del departamento.

En silencio recorre el departamento. Mira fotos, abre cajones, y busca algo de ropa pero nada le viene. Vuelve a colocar las sillas en la puerta y prepara una suerte de cama en el sillón del pequeño living-comedor. Antes de dormir se asegura que la puerta del dormitorio de la mujer este bien cerrada. El polvo se confunde con la noche.     

Una mano lo despierta. Se levanta, asustado. Respira agitadamente. Está solo, pero la sensación de la mano en el hombro lo persigue. Camina hasta el baño para orinar. Lentamente el hedor del cadáver de la anciana lo invade todo. Intenta abrir la ventana del living-comedor, pero el viento y el polvo solo empeoran las cosas. Saquea la despensa y el refrigerador, mete las cosas en una de las carteras de la anciana y decide salir. No quiere simular más entierros. Corre las sillas, coge sus cosas y abre la puerta principal: el cuerpo de la criatura no está, ni siquiera hay rastros de sangre. Con todo el sigilo que la cartera y la barra le permiten, Andrés se desliza hasta la puerta de escalera de emergencia. Un gruñido se deja escuchar, cada vez más fuerte. Es por detrás. La criatura entra al departamento de la mujer, no sin antes darle una mirada temerosa. Andrés se acerca hasta la puerta del departamento y el sonido le recuerda documentales de vida salvaje, de leones devorando gacelas, de simios carnívoros succionando la medula de los huesos. Sin querer indagar más, baja las escaleras.

Pierde la cuenta de los escalones y en la espiral piensa en sus próximos pasos. Cree que debería volver a su hogar en la calle Martinez de Rozas y que no debe estar muy lejos si es que realmente ahora está cerca del barrio Bellavista. Quizás debería ir donde la mujer. Qué predecible y patético eres, se dice. Por supuesto no considera a nadie más. En el centro de la espiral está la mujer desnuda invitándolo.

Se le ocurre comprobar el cuerpo del conserje: le faltan los miembros y parte de la carne de su costado derecho. Vomita ahí mismo. El líquido es anaranjado y mucoso. Lo observa unos segundos, deteniéndose en las moscas que rápidamente lo toman como suyo. Son hermosas y grandiosas, reinando sobre mi vómito, medita Andrés. Tose unos minutos antes de recomponerse y mirar las puertas de vidrio rotas. Al parecer el viento ha amainado.

En el exterior todo está calmo. Reconoce la calle, está en alguna parte de Merced, un poco lejos del cerro. Escucha un golpe de metal. Una suerte procesión. Un hombre vestido con un traje impecable es seguido por una mujer con tacos y minifalda que golpea periódicamente un par de sartenes uno contra otro. Más atrás les siguen un grupo de personas que parecen adorarlo. El hombre vestido con un traje impecable tiene el paso firme, mueve sus brazos y cada cierto tiempo aplaude, saluda a los balcones de los departamentos como si hubiese alguien a quien saludar. La mujer de los tacos grita:

-Nos liberará, nos dará trabajos dignos y un lugar seguro donde vivir, nos sacará de este hoyo y acabará con la lacra comunista hoy transformada en una masa zombi. Dios está con el candidato Parisi. Y nosotros lo seguimos a cualquier parte, porque el Señor así lo ha dispuesto. Ríndanse pecadores, abran los ojos. Somos los guerreros del Señor.

La muchedumbre enloquece. Aparecen panderos y guitarras y tocan una canción sobre la venida de Dios a la Tierra, sobre el castigo que recibirán los pecadores, sobre el infierno que es la Tierra, sobre lo bueno de orar y estar en Dios, sobre el candidato del Señor. Parisi entra en un estado de éxtasis, alguien lo sostiene antes de caer al suelo. Le susurra algo al oído. La muchedumbre aplaude vitorea. Dios está con nosotros grita alguien. Siguen avanzando en dirección al centro. Entonces, al llegar a la siguiente esquina, son emboscados por otro grupo de personas que a Andrés le parecen salidas de una película de Mad Max. Llevan cadenas, cueros, huesos y calaveras. Los evangélicos entran en pánico. Se lanzan a rezar. Otros golpean con los instrumentos musicales. Parisi logra escabullirse, no sin antes perder parte de su ropa y uno de sus zapatos. La mujer de los tacos comienza a ser violada ahí mismo por un grupo de hombres o bestias. El resto desaparece al fondo de la calle. Andrés se asoma a ver. Escucha un grito, manos que lo señalan. Corre por la calle hasta llegar al cerro Santa Lucía. Restoranes  y locales comerciales muestran huellas de haber sido saqueados. Escucha las pisadas y el vidrio tras él. Corre hasta el cerro. La fuente está completamente seca. Hemos superado a los dioses se lee en una muralla cercana. Sube escaleras, salta la caída reja. Corre.

Finalmente se detiene camino a la cima. Está agitado. Se inclina para recuperar el aire. Mira para todas partes pero aparentemente nadie lo ha seguido. Andrés tiene un mal presentimiento.