El
senador por Valdivia Henry Boys mira la televisión a altas horas de la noche,
acompañado de dos hombres enormes como pilares de catedral, que lo sodomizan
con diferentes instrumentos de cuero y metal. Está a punto de alcanzar el
éxtasis cuando pasan la noticia de disturbios sin precedentes en el Cerro
Castillo. Abstinencia, grita explotando de placer.
Los
hombres sueltan las cadenas y el senador de la república acomoda su calzoncillo
de látex y sus suspensores negros que contrastan sobre su piel blanca tendiendo
al rosado por los golpes infringidos con precisión, mesura y placer. El senador
está cansado, jadea. Las imágenes aun borrosas en su mente se transforman poco
a poco en luces, árboles, patrullas, senadores del oficialismo cubriéndose el
rostro, avergonzados ministros evitando a los periodistas. Boys piensa que el
castillo es maravilloso. Imagina los cientos de miles de torturas que ya se han
cometido en ese lugar. Pide que le traigan su ropa. Con delicadeza los hombres
lo visten. Hace un par de llamadas y comienza los preparativos.
En la
televisión un carabinero, uno de alto rango al parecer, narra –intento torpe y
exagerado de objetividad- que un grupo desconocido de individuos traspasó los
límites privados del inmueble para efectuar actividades ilícitas dentro de las
inmediaciones del inmueble interrumpiendo las celebración del nombramiento de
su excelencia de la república el presidente Gabriel Boric como candidato
presidencial para el próximo periodo; carabineros se encuentra actualmente
revisando el perímetro del inmueble en cuestión en busca de indicios que nos
permitan identificar a los responsables de la acción ilícita.
La
tranquilidad de la mansión Boys se ve interrumpida por las luces de autos que
se aproximan. Los autos se aproximan a la entrada. Una encorvada Jacqueline Van
Rysselberghe, actual presidenta de la Unión Republicana recibe a regañadientes
la ayuda de la alcaldesa de Santiago Kathy Barriga. Augusto Schuster, diputado
por Ñuñoa y Providencia, saluda enérgicamente a Henry Boys mientras este le da
una mirada maliciosa. Las demás entran al gran salón de la mansión. Una gran
pantalla se ilumina y una anciana voz les dice: las hojas han comenzado a
moverse.
Saben que
no pueden quedarse en la falsa inercia de la victoria. Han dado el primer paso.
Poca claridad hay sobre el futuro, pero eso tampoco les ha importado mucho. Ven
el amanecer sobre una ciudad que ya no es la misma, que ya no será la misma.
Algunas sueñan con cenizas, otras con gente viviendo en armonía. Lo saben, lo
respetan. V les dice que han divulgado el video por todos los medios, pero la
lucha contra los algoritmos censuradores es dura, pero que no lograran trazar
hasta ellas. No más dura que esta lucha dice A. Se dispersan. El plan tiene que
seguir así. Le meta es clara: la destrucción del orden establecido. A cualquier
costo. Porque sí, porque ya es suficiente. Deciden proceder al azar. A veces
reciben una señal desde las profundidades invisibles de la red. Algo se
conecta, una neurona se aferra a otra en la oscuridad.
D monta su
e-cleta. La ciudad despierta a paso lento, porque nadie quiere despertar, nadie
quiere ocurrir, nadie quiere cambiar. D sabe que la noticia no será del agrado
del resto de las personas. Siente miedo y pena. Se detiene frente a un Starbucks
recién abierto y pide un café. Mira detenidamente al personal que sigue las
instrucciones de un bot supervisor que los gestiona eficientemente. La esfera
se pasea, reluciente entre el personal. Todos bajan la cabeza: cómo increpar a
una máquina que no te da tiempo para respirar, que se te adelanta en cada paso,
que sabe lo que le vas a decir. Los jefes están en un lugar lejano, comandando a
distancia ejércitos de bot con inteligencia limitada. D imagina una pirámide en
cuya punta y base están los humanos. Deja un poco de propina. Intenta mirar a
alguien a los ojos, pero el bot es veloz. No hay tregua. La pena transita a la
rabia. Se sienta en una esquina y prende su computador. Busca otro usuario de
la wifi con crédito suficiente para la operación Se mete a la aplicación del
café, empieza a ordenar cientos de miles de cafés. Busca otro par de usuarios y
repite. La aplicación se bloquea. Aprovecha el movimiento para entrar. Busca el
local, el bot, el número, las claves, desbloquea los sistemas de autoprotección
del bot. Los trabajadores del café observan atónitos como el bot se cocina
junto a un par de muffins de chocolate. D está feliz pero el café mantiene su
amargor.
La
oficina del ministro del interior es una especie de oasis en el caos mediático,
guerra civil entre los mismos medios que han perdido la cabeza entre la maraña
de órdenes y contraordenes alrededor de la verdad. O de la posibilidad de la
misma. Jackson se acerca a la ventana que da al patio interior, mira un punto
infinito, inclinando levemente la cabeza calva, llevando una de sus manos a su
rostro, medio tapándose la boca. Da golpecitos en la ventana. Su atención no
está en el desastre del castillo. No. Está en el mensaje, está en la culpa.
Dónde quedó el enérgico joven que se oponía al orden de la elite política. Uno
de sus asesores entra a la oficina empujando a cientos de periodistas que han
invadido todos los rincones de la Moneda. El asesor intenta decir algo pero
como todos, no sabe que decir. Por un momento Jackson cree que el presidente
tiene que dar la cara y confesar la larga lista de maniobras y crímenes que lo
han llevado al poder. No es el día. Seguirá el plan. Como siempre. Les dirá lo que quieren oír. Les dirá que han
atentado contra la vida del presidente, que se sospecha de grupos extremistas
pero nada es claro, que el país sufrirá grandes cambios, que se mejorará la
seguridad de todos, que ejercerá todo su poder para encontrar a los implicados,
que esto no quedará así, que nadie atenta contra la democracia en este país, no
señores, no. Mientras Jackson habla, miles de detenciones por sospecha son
cursadas.
Las luz
brillante pone ansiosa a V. Lo sabe. El mensaje se desvanece pero queda grabado
en su memoria. Evita correr. Respira. Está en la banca rodeada de palomas,
donde acordaron. Se sienta a su lado sin mirarlo. V cree que el corazón se le
va a salir por la boca, tal como la primera vez que lo vio: él es el contacto.
Esto va a pasar ahora, le dice el tipo, que es tan joven como ella. Le desliza
una pequeña memoria flash del tamaño de una uña y se marcha. V se queda con las
palabras en la garganta. Espera un momento, momento necesario para ella, para
recomponerse, toma la memoria y se marcha en sentido opuesto al del contacto.
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