El pasillo principal está vacío. Da unos pasos.
Gruñidos, golpes que vienen del fondo del pasillo donde se bifurca. Corre. A
medio camino se pregunta que qué hace ahí. Los golpes aumentan. Escucha una voz
sorda. Se acerca lentamente a la bifurcación y mira hacia el lugar de donde
provienen los ruidos. Un hombre sin piernas y cubierto de cenizas oscuras
golpea la puerta de un departamento. A ratos gruñe. Andrés siente la
desesperación y la rabia del hombre. Cree que ya no es un hombre, que se está
transformando en otra cosa. El hombre o lo que fuere escucha sus pensamientos,
los huele y lo observa unos segundos antes de abalanzarse sobre Andrés,
gruñendo rabiosamente. Andrés distingue algo que podría ser pena en los ojos de
la ya criatura. Tras el forcejeo la golpea con la barra de metal. La sangre
oscura se mueve lentamente.
Andrés se sienta en el suelo. Está exhausto.
Respira pesadamente. Su garganta está seca, todo su cuerpo está seco. Mira las
grietas del techo, evitando siquiera pensar en lo que acaba de hacer. La puerta
del departamento se abre lentamente. Ve un ojo que se convierte poco a poco en
una nariz, en otro ojo en un rostro en una mano que se extiende y le indica con
un gesto que se acerque. Lentito, susurra la voz de la puerta, lentito para que
no despierte. Andrés cree que la voz no sabe lo que dice.
El departamento está sorprendentemente ordenando.
La mujer, casi una anciana le dice que ella estaba en el baño cuando paso todo,
que escuchó algo parecido a una explosión enorme como a los fuegos artificiales
de año nuevo seguida de un gigantesco vacío, como si todo flotará en medio de
esa cuestión de polvo que lo lleno todo. Era por la guerra, sin dudas, decía la
mujer mientras buscaba algo de beber para darle a Andrés. Y ya nada funcionaba,
ni la luz, ni el agua, ni nada. La radio a pilas que tengo tampoco funciona. De
un momento a otro sentí esos ruidos, esos golpes. Supe que querían entrar, que
querían quitarme las cosas, dice la mujer asustada. Escuché peleas, llantos y
gritos. Parece que todos se iban a no sé qué parte, que era más seguro, que los
otros ya venían. Nunca supe quiénes eran los otros, la verdad nunca confié en
mis vecinos y después de la bomba, porque eso fue una bomba atómica o no sé
cómo le dicen, después sonó una alarma como de bomberos, unos autos se pasearon
por la ciudad. Hasta un helicóptero pasó volando alumbrando con un foco. Fue
como un terremoto, se levantó el polvo, se oían los vidrios quebrándose en
todas partes, los metales, todo cayendo y rompiéndose. Y yo aún estaba en el
baño, sin atreverme a subirme los calzones, sabe. Se hizo de noche y
rápidamente se hizo de día otra vez. Después paso lo del caballero que quería
entrar. Me levanté como pude del baño y puse unas sillas. Ahí se me ocurrió
llamar a conserjería pero no contestaban. Hasta que levantaron el teléfono. Fue
usted, ¿cierto? Yo sabía que alguien vendría, era una cosa de confianza en el
Señor.
Andrés mira por la ventana. Quién era ese
caballero, pregunta Andrés bebiendo del oscuro líquido que le sirvió la mujer. No
sé si era una persona, no sé la verdad, no sabría decir que era, que quería o
quien era. Podría haber sido un vecino pero nunca los conocí. El pensar en los
muertos les dificulta el encontrar un tema común para conversar. Ojalá algo
exterior los interrumpiera pero no sucede nada. Solo se escucha el viento que a
Andrés le hace imaginar un atardecer en el planeta Marte o un atardecer de
fiesta con los amigos de la mujer. La mujer. Quiere verla. Piensa que es su oportunidad de ser un héroe, de ser
nada menos que todo un hombre. Se levanta y le pide el baño a la mujer que
diligentemente lo conduce hasta la puerta del mismo. Andrés mira su rostro
fatigado y herido, sus manos desgastadas, su cuerpo cubierto de polvo y mugre. Siente
nauseas, cierra los ojos pero todo sigue ahí, la mugre sigue ahí, el lodo en su
polera blanca sigue ahí. Y la mujer, la del recuerdo, no está. Está en medio de
una suerte de holocausto nuclear pero solo puede pensar en la mujer mientras se
rasca un extraño salpullido en cerca de sus costillas del lado izquierdo. Andrés
piensa en contarle sus desventuras a la anciana. Quizás eso los relaje o al
menos así el tiempo pase más rápido, y todo sea más llevadero, menos terrible,
menos confuso. Quizás conversar les ayude a orientarse, a armar un plan o algo
parecido, algo que los mantenga ocupados. Quizás la anciana pueda transformarse
en su abuelita y él en su querido nieto, en su favorito, y quizás ahí puedan
vivir una fantasía que haga les permita soportar el viento. Andrés intenta
limpiarse lo básico con unas pocas toallas húmedas.
La anciana yace tendida sobre la mesa del comedor.
El vaso está en el suelo, el agua se esparce por el suelo. La toca pero no
responde. Ha dejado de respirar. Andrés arrastra el pesado cuerpo de la mujer
hasta el dormitorio. La operación es compleja, poco a poco el cuerpo se
rigidiza y Andrés casi no tiene fuerzas para levantarlo a la cama. Deja la
cabeza y los brazos de la anciana sobre la cama y levanta los pies. La mujer se
desploma. Después de intentarlo un par de veces más Andrés se resigna. Tendré
que acostumbrarme a esto de los muertos, piensa en voz alta Andrés, colocando
una sábana sobre el cuerpo de la mujer que yace en el suelo del único
dormitorio del departamento.
En silencio recorre el departamento. Mira fotos,
abre cajones, y busca algo de ropa pero nada le viene. Vuelve a colocar las
sillas en la puerta y prepara una suerte de cama en el sillón del pequeño
living-comedor. Antes de dormir se asegura que la puerta del dormitorio de la
mujer este bien cerrada. El polvo se confunde con la noche.
Una mano lo despierta. Se levanta, asustado.
Respira agitadamente. Está solo, pero la sensación de la mano en el hombro lo
persigue. Camina hasta el baño para orinar. Lentamente el hedor del cadáver de
la anciana lo invade todo. Intenta abrir la ventana del living-comedor, pero el
viento y el polvo solo empeoran las cosas. Saquea la despensa y el
refrigerador, mete las cosas en una de las carteras de la anciana y decide
salir. No quiere simular más entierros. Corre las sillas, coge sus cosas y abre
la puerta principal: el cuerpo de la criatura no está, ni siquiera hay rastros
de sangre. Con todo el sigilo que la cartera y la barra le permiten, Andrés se
desliza hasta la puerta de escalera de emergencia. Un gruñido se deja escuchar,
cada vez más fuerte. Es por detrás. La criatura entra al departamento de la
mujer, no sin antes darle una mirada temerosa. Andrés se acerca hasta la puerta
del departamento y el sonido le recuerda documentales de vida salvaje, de
leones devorando gacelas, de simios carnívoros succionando la medula de los
huesos. Sin querer indagar más, baja las escaleras.
Pierde la cuenta de los escalones y en la espiral
piensa en sus próximos pasos. Cree que debería volver a su hogar en la calle
Martinez de Rozas y que no debe estar muy lejos si es que realmente ahora está
cerca del barrio Bellavista. Quizás debería ir donde la mujer. Qué predecible y
patético eres, se dice. Por supuesto no considera a nadie más. En el centro de
la espiral está la mujer desnuda invitándolo.
Se le ocurre comprobar el cuerpo del conserje: le
faltan los miembros y parte de la carne de su costado derecho. Vomita ahí
mismo. El líquido es anaranjado y mucoso. Lo observa unos segundos,
deteniéndose en las moscas que rápidamente lo toman como suyo. Son hermosas y grandiosas,
reinando sobre mi vómito, medita Andrés. Tose unos minutos antes de
recomponerse y mirar las puertas de vidrio rotas. Al parecer el viento ha
amainado.
En el exterior todo está calmo. Reconoce la calle,
está en alguna parte de Merced, un poco lejos del cerro. Escucha un golpe de metal.
Una suerte procesión. Un hombre vestido con un traje impecable es seguido por
una mujer con tacos y minifalda que golpea periódicamente un par de sartenes
uno contra otro. Más atrás les siguen un grupo de personas que parecen
adorarlo. El hombre vestido con un traje impecable tiene el paso firme, mueve
sus brazos y cada cierto tiempo aplaude, saluda a los balcones de los departamentos
como si hubiese alguien a quien saludar. La mujer de los tacos grita:
-Nos liberará, nos dará trabajos dignos y un lugar seguro
donde vivir, nos sacará de este hoyo y acabará con la lacra comunista hoy
transformada en una masa zombi. Dios está con el candidato Parisi. Y nosotros
lo seguimos a cualquier parte, porque el Señor así lo ha dispuesto. Ríndanse
pecadores, abran los ojos. Somos los guerreros del Señor.
La muchedumbre enloquece. Aparecen panderos y
guitarras y tocan una canción sobre la venida de Dios a la Tierra, sobre el
castigo que recibirán los pecadores, sobre el infierno que es la Tierra, sobre
lo bueno de orar y estar en Dios, sobre el candidato del Señor. Parisi entra en
un estado de éxtasis, alguien lo sostiene antes de caer al suelo. Le susurra
algo al oído. La muchedumbre aplaude vitorea. Dios está con nosotros grita
alguien. Siguen avanzando en dirección al centro. Entonces, al llegar a la
siguiente esquina, son emboscados por otro grupo de personas que a Andrés le
parecen salidas de una película de Mad Max. Llevan cadenas, cueros, huesos y
calaveras. Los evangélicos entran en pánico. Se lanzan a rezar. Otros golpean
con los instrumentos musicales. Parisi logra escabullirse, no sin antes perder parte
de su ropa y uno de sus zapatos. La mujer de los tacos comienza a ser violada
ahí mismo por un grupo de hombres o bestias. El resto desaparece al fondo de la
calle. Andrés se asoma a ver. Escucha un grito, manos que lo señalan. Corre por
la calle hasta llegar al cerro Santa Lucía. Restoranes y locales comerciales muestran huellas de
haber sido saqueados. Escucha las pisadas y el vidrio tras él. Corre hasta el
cerro. La fuente está completamente seca. Hemos superado a los
dioses se lee en una muralla cercana. Sube escaleras, salta la caída reja.
Corre.
Finalmente se detiene camino a la cima. Está
agitado. Se inclina para recuperar el aire. Mira para todas partes pero
aparentemente nadie lo ha seguido. Andrés tiene un mal presentimiento.
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