El presidente Boric está sobre un escenario celebrando su reciente y nada sorpresiva nominación como candidato presidencial del Frente Amplio. Podría ser su tercer mandato como presidente del país. Sobre su cara rosada se dibuja una sonrisa. Con dificultad mueve sus brazos obesos para saludar al público que lo acompaña. Luces, vitoreos, el nuevo himno nacional como música de fondo. En el público, Jackson, ministro del interior, aplaude con fingido entusiasmo mientras observa como otros, quienes también fueran compañeros de lucha, hoy beben vino con él que finalmente se impuso por la fuerza. La senadora Vallejo le sonríe y le hace un gesto a la distancia mientras baila con Boric. Y a pesar de ser casi protagonista de la ascensión, Jackson no entiende como todo dio un giro, como convencieron al poder legislativo para permitir la relección indefinida. Camina hasta la barra y pide un whisky en las rocas. Alguien intenta hablarle sobre los otros candidatos que no tuvieron chance que el tercer gobierno de Boric será mucho mejor que los anteriores que el híbrido clon de Piñera y Lagos no tiene oportunidad que la gente no caerá frente a ese estadista megalómano. El ministro está en otra parte de su manchada memoria, recordando una marcha, un lienzo, brazos en señal de protesta. Ojala pudiera perderme en este vaso, piensa. Quiere volver atrás, muy atrás en el tiempo, cuando se le ocurrió que ser presidente de curso era buena idea. Se escucha un ruido de alboroto. Mira hacia el escenario, las luces se apagan, la música se detiene. Una voz repite: ustedes también caerán. La voz termina por distorsionarse por completo. Caen panfletos con consignas rebeldes, invitando al anarquismo, el amor libre, la caída de los líderes y el retorno a la vida comunitaria. Los panfletos se deshacen en cuestión de segundos. Jackson no se mueve de la barra. Parece que quiere reírse. En el escenario Boric agita sus brazos mientras los guardias lo sacan como si fuera un perro rabioso. Un cerdo furioso.
V y D se colocan las chaquetas de pulpo y se alejan
del Palacio de Cerro Castillo con total tranquilidad. Mientras caminan escuchan
las sirenas de los autos de policía que ponen todo azul y verdoso. Quisiera
poder ver las estrellas piensa V. Me carga esta chaqueta piensa D, no sé quién
soy. Pasan el mangetopulso sobre los teléfonos, los quiebran y los lanzan a unos
arbustos. Despliegan las e-cletas perdiéndose en la noche.
Se dirigen a la azotea de un edificio a medio construir
en alguna parte de Estación Central. Tiene 24 pisos llenos de pequeñas
ratoneras que la constructora llamaba departamentos Smart. No lo terminaron. Rápidamente
el edificio fue ocupado por todo tipo de personas, desde drogadictos hasta transhippies,
que vienen a ser lo mismo. Cada piso es un mundo frágil a punto de estallar y
mezclarse con otro. Están sobre la selva. Casi amanece. Junto a otras V y D
encienden una hoguera en donde queman partituras con el nuevo himno patrio
compuesto por un decrépito Manuel García. Es un vendido, sentencia A. No es la
primera vez que lo hace, replica M. Todas bailan alrededor del fuego.

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