Es la primera vez que va a la casa de su novia.
Casualmente es el cumpleaños de la abuelita Rosa, 93 años. Todos están reunidos
ahí. Todos. Hasta el tío que había caído en el olvido tras caer preso por
narcotráfico. Ella lo presenta, es Javier, mi novio, es publicista, nos
conocimos por un amigo en común. Cientos de ojos lo escudriñan. Javier casi
siente los golpes de los pensamientos desaprobatorios de la familia de su
novia. Exnovia en realidad. Porque la maldita, piensa Javier, se terminó
acostando con el imbécil que los presentó en esa fiesta llena de ebrios.
Asqueroso. Asqueroso como el monstruo de cientos de ojos, oscuro, pegajoso e
inodoro. Por qué no tiene ningún olor, se cuestiona Javier mientras corren y se
sumergen en la oscuridad del túnel. El monstruo es lento, pero no se detiene
ante nada, extendiéndose por todas partes de manera precisa e inteligente.
Atrapa a uno (o una, Javier no lo sabe) de la caravana. La piel de la criatura
se seca aceleradamente, mientras su cuerpo convulsiona hasta ser absorbido por
el monstruo de obsidiana. Estupor. Los ojos del monstruo se agitan como si
rugieran. Javier tiene una imagen de los ojos de la anciana de 93 años al ver
la torta de cumpleaños, esa misma agitación, ese mismo descontrol, sus manos
apretándose contra la silla de ruedas. No entiende porque piensa en eso, en esa
mujer. Como si ahora lo fuera a resolver. Como si valiera la pena resolverlo
mientras escapan de los oscuros brazos repletos de ojos. Si me salvo escupiré
su puerta. Si me salvo los golpearé. Si me salvo. Es fácil prometer cosas
ahora, piensa Javier.
Corren.
Está cansado, quiere entregarse. Todos quieren
entregarse. Ni siquiera el tipo azul parece tener palabras de aliento. El
monstruo ya ha devorado a dos más de los suyos. Javier siente la respiración
agitada de cada una de sus células, siente como se vuelven más pesadas y
lentas. También se siente culpable por no ir al gimnasio, por no asistir a las
clases de crossfit. Claro, seguramente su traicionero amigo aguantaría mejor
una situación así. Eso te gustaría, piensa recordando a la mujer. En realidad
no lo piensa, lo grita. Las otras criaturas lo miran. Hay un breve silencio,
que es interrumpido por el ruido de motores a la distancia. El monstruo
negro retrocede con rapidez. Llegan tres
plataformas conducidas por los chanchitos de tierra albinos. En la parte
trasera de las plataformas de transporte tienen montada un arma. Las
plataformas realizan maniobras evasivas. El monstruo entiende la treta, ataca,
lanza sus brazos que se cruzan en todas las direcciones intentando cortar el
paso de las plataformas, los ojos proyectan nuevos brazos delgados y largos,
formando una errática telaraña. La caravana de criaturas observa, a pesar de
que algunos animan a los otros a seguir corriendo. Los chanchitos de tierra
retroceden, apuntan sus armas al monstruo de obsidiana. Contrario a lo que
esperaba Javier no pasa nada. Es decir, no hay explosiones o rayos o sonidos
estridentes, solo la fiereza y el odio en el rostro de los crustáceos pálidos,
en sus ojos verdes fulgurantes. Los brazos del monstruo ondean, bailan. La peste
negra se encoje progresivamente. Javier cree por un momento que los crustáceos
han crecido, pero no, el monstruo es reducido a escoria, a carbón. Polvo y en
el centro una esfera de vidrio opaco.
La caravana respira como una gran bestia al borde
de la muerte.
Los chanchitos de tierra observan detenidamente la
esfera, convenciéndose de que de verdad han detenido a la amenaza. Entonces
Javier decide acercarse a las criaturas pálidas para hablarles, pedirles que lo
devuelvan a casa, a su casa, que tiene que hacer, que tiene que vengarse de una
mujer y entregar una presentación, que es su trabajo, que por supuesto lo
entenderán y que él no dirá nada. Los crustáceos emiten ruidos, metales
crujiendo y, una risa, una larga viga de metal que cae desde el infinito, y
apuntan sus armas a la caravana. Disparan. Las diferentes criaturas caen
aturdidas por el accionar de las armas. Javier siente como las venas cercanas a
sus orejas van a explotar, todo se hincha, la sangre inunda su cabeza, se
afiebra en cosa de segundos, sus ojos se ponen rojos, todo se vuelve borroso,
su lengua se calienta, se seca su boca, se aprieta su garganta, con dificultad
lleva sus manos a su cuello, a su cara como para hacer alguna cosa, no sabe, el
ardor cubre su nariz, no puede respirar, no siente sus piernas, sus costillas
se contrae impidiendo el movimiento de sus pulmones, se tuerce su columna,
chasquea su cabeza hacia atrás, cae.
Agua que cae. Agua oscura. Una cortina. Un
guillotina.
Luego todo es borroso y confuso.
Lentamente respira, un grito, como si hubiese
salido del agua tras aguantar la respiración más de lo necesario. Un brazo se
estira, busca ponerse de pie. Tiene que correr, salir, escapar. Cierra y abre
los ojos con fuerza. Sus pies, sus rodillas, su pene flácido, sus pelos, su
ombligo, el suelo duro y frío, la galería azulada, los relieves de insectos
cuadrados haciendo cosas inentendibles, los tubos y cables, las otras criaturas
levantándose, la criatura azul ayudando a algunos que no pueden ponerse en pie
(o en algunos casos, arrastrarse, reptar) y el líquido oscuro cayendo como una
cascada lenta, casi suspendida en el tiempo, que los separa del túnel y de los
pocos crustáceos que lograron salvarse, y lejos, olvidada, la esfera opaca.
Javier escucha sus voces metálicas. Traman. Tienen que moverse. Javier ayuda a
la criatura azul, la mueve, le dice que tienen que irse, que van a hacer algo.
Javier tiene miedo. Caen escombros del techo. El ruido moviliza a la caravana.
Una criatura de una nariz alargada y peluda les dice que la salida está cerca,
que siente cambios en la humedad y la presión, que falta poco.
Javier corre y pensando en que significa salir, en
adonde escapamos cuando escapamos. Prefiere no pensar y se concentra en mover
su cuerpo, en impulsar sus músculos cansados.
La galería se vuelve verdosa. Los relieves cambian
y presentan motivos relacionados con naturaleza. Por todas partes hay puertas y
entradas a túneles más pequeños. Hay mapas inentendibles y señales con signos que
mutan, sobre distintos poliedros irregulares que flotan en el aire, rotando. Javier
cree distinguir un aviso comercial. Imágenes rápidas de criaturas parecidas a
sus captores, rojas y de múltiples patas, usando armas y piloteando naves.
Avisos de reclutamiento, cree Javier. No le ha tocado trabajar en esos, pero
pagan bien, la patria paga bien. Si tienes suerte te puedes subir a sus aviones
y helicópteros. UN amigo se subió a un submarino con la excusa de vivir la experiencia
y transmitirla en el paquete publicitario. Es que hacer publicidad es cada vez
más fácil, decía un profesor, la gente, inevitablemente, lo compra todo. Yo no
compro todo, se dijo Javier, no compro, por ejemplo, cualquier café o cualquier
vino. Que compraran estos tipos, armas, de seguro armas. Naves espaciales. Cómo
vendes una nave especial, que les interesa. Gente, especies, seguro compran
criaturas. No sé explicarían los contenedores con huevos de otra forma. Somos
sus mascotas. Qué precio me habrán puesto.
El túnel principal termina en algo que parece
Javier entiende como una plazoleta un árbol de tronco grueso y azul está en
medio de rocas ornamentadas con símbolos como los de las señales. Las rocas forman
un círculo. Hay recipientes hexagonales con plantas que flotan sobre un líquido
verdoso y denso. Sobre el árbol flota un huevo de piedra. Sobre ellos hay una
cúpula transparente. Pueden ver el cielo brillante teñido de negro, naves y luces
que se prenden y desaparecen. A veces hay estruendos que se apagan velozmente.
Javier piensa en una pista de baile manchada con ese trago nuevo, anaranjado,
espumoso, regado sobre el suelo oscuro de la pista, gente pasando, luces y
gritos que se pagan unos a otros. Luces como en un comercial de bebidas
azucaradas, luces como un comercial de cerveza juvenil, luces como un comercial
de una compañía telefónica. Todo es genial, maravilloso. Es una guerra entre
los insectos comerciantes de especies y el líquido oscuro que lo devora todo. Una
criatura -como un mono verde sin nariz, sin párpados, de manos rosadas y uñas
negras y un par de antenas- inspecciona la gran puerta en la que termina el túnel.
El resto la imita con desesperación. Las criaturas más grandes intenta forzar el
portón, otras trepan hasta arriba buscando alguna hendidura o cerrojo o lo que
sea. Otras simplemente golpean. Y otras intentan comer las hojas de las
plantas.
El tipo azul está sentado en una compleja posición cerca
del árbol. Algunos lo imitan, otros se sientan a mirar. Cierran los ojos.
Javier cree que se ha quedado dormido en una clase de yoga. La pesadilla
tendría mucho sentido. El portón cruje. Vibra y se vuelve más transparente con
cada vibración hasta desaparecer por completo. La caravana cruza el pórtico en
silencio. Por un momento Javier no cree lo que ve, sin embargo piensa en todo
lo que ha ocurrido hasta ahora. Cruza en silencio como el resto.
La luz exterior los enceguece.
Ordenadamente, los chanchos de tierra albinos
sobrevivientes montan una de las plataformas de transporte que no fue tragada
por el líquido oscuro y orientan el arma hacia la cascada oscura. Disparan y
logran crear una abertura. Ríen. Dos crustáceos saltan el precipicio provocado
por el líquido y, rodando, se lanzan tras la heterogénea caravana. También rodando,
la esfera opaca se mueve hacia la cascada como imantada por el líquido oscuro
que la cubre poco a poco.
Los chanchos de tierra descubren que el portón ha
desaparecido. Ven marcas de dientes sobre las placas de sus plantas de poder, parte
del sistema de energía central del complejo de reacondicionamiento de especies
exóticas. Ven que hay huellas de plasma en el suelo. Ven que las huellas se
dirigen a la ciudad vecina. Piensan en la última vez que un grupo de especies
exóticas escapó del complejo. La guerra, todo es culpa de la guerra. Siempre es
culpa de la guerra. Qué pensarán los otros. Seguramente se convertirán en
comida de los insectos mayores. Será mejor anular estos pensamientos, digo uno.
El solo hecho de concebir las posibles torturas a las que serán sometidos les
produce espanto. El espanto que sienten (que es un espanto diferente, de sangre
que se cristaliza, de un exoesqueleto que se contrae, de articulaciones
rígidas, de pensamientos largos que no desaparecen, de un sabor en las
mandíbulas dulce y grasoso) no se compara con el terror que los domina cuando
la criatura oscura los ataca sigilosamente.