miércoles, 25 de mayo de 2016

Condición (III)



Es la primera vez que va a la casa de su novia. Casualmente es el cumpleaños de la abuelita Rosa, 93 años. Todos están reunidos ahí. Todos. Hasta el tío que había caído en el olvido tras caer preso por narcotráfico. Ella lo presenta, es Javier, mi novio, es publicista, nos conocimos por un amigo en común. Cientos de ojos lo escudriñan. Javier casi siente los golpes de los pensamientos desaprobatorios de la familia de su novia. Exnovia en realidad. Porque la maldita, piensa Javier, se terminó acostando con el imbécil que los presentó en esa fiesta llena de ebrios. Asqueroso. Asqueroso como el monstruo de cientos de ojos, oscuro, pegajoso e inodoro. Por qué no tiene ningún olor, se cuestiona Javier mientras corren y se sumergen en la oscuridad del túnel. El monstruo es lento, pero no se detiene ante nada, extendiéndose por todas partes de manera precisa e inteligente. Atrapa a uno (o una, Javier no lo sabe) de la caravana. La piel de la criatura se seca aceleradamente, mientras su cuerpo convulsiona hasta ser absorbido por el monstruo de obsidiana. Estupor. Los ojos del monstruo se agitan como si rugieran. Javier tiene una imagen de los ojos de la anciana de 93 años al ver la torta de cumpleaños, esa misma agitación, ese mismo descontrol, sus manos apretándose contra la silla de ruedas. No entiende porque piensa en eso, en esa mujer. Como si ahora lo fuera a resolver. Como si valiera la pena resolverlo mientras escapan de los oscuros brazos repletos de ojos. Si me salvo escupiré su puerta. Si me salvo los golpearé. Si me salvo. Es fácil prometer cosas ahora, piensa Javier. 

Corren.

Está cansado, quiere entregarse. Todos quieren entregarse. Ni siquiera el tipo azul parece tener palabras de aliento. El monstruo ya ha devorado a dos más de los suyos. Javier siente la respiración agitada de cada una de sus células, siente como se vuelven más pesadas y lentas. También se siente culpable por no ir al gimnasio, por no asistir a las clases de crossfit. Claro, seguramente su traicionero amigo aguantaría mejor una situación así. Eso te gustaría, piensa recordando a la mujer. En realidad no lo piensa, lo grita. Las otras criaturas lo miran. Hay un breve silencio, que es interrumpido por el ruido de motores a la distancia. El monstruo negro  retrocede con rapidez. Llegan tres plataformas conducidas por los chanchitos de tierra albinos. En la parte trasera de las plataformas de transporte tienen montada un arma. Las plataformas realizan maniobras evasivas. El monstruo entiende la treta, ataca, lanza sus brazos que se cruzan en todas las direcciones intentando cortar el paso de las plataformas, los ojos proyectan nuevos brazos delgados y largos, formando una errática telaraña. La caravana de criaturas observa, a pesar de que algunos animan a los otros a seguir corriendo. Los chanchitos de tierra retroceden, apuntan sus armas al monstruo de obsidiana. Contrario a lo que esperaba Javier no pasa nada. Es decir, no hay explosiones o rayos o sonidos estridentes, solo la fiereza y el odio en el rostro de los crustáceos pálidos, en sus ojos verdes fulgurantes. Los brazos del monstruo ondean, bailan. La peste negra se encoje progresivamente. Javier cree por un momento que los crustáceos han crecido, pero no, el monstruo es reducido a escoria, a carbón. Polvo y en el centro una esfera de vidrio opaco.

La caravana respira como una gran bestia al borde de la muerte.

Los chanchitos de tierra observan detenidamente la esfera, convenciéndose de que de verdad han detenido a la amenaza. Entonces Javier decide acercarse a las criaturas pálidas para hablarles, pedirles que lo devuelvan a casa, a su casa, que tiene que hacer, que tiene que vengarse de una mujer y entregar una presentación, que es su trabajo, que por supuesto lo entenderán y que él no dirá nada. Los crustáceos emiten ruidos, metales crujiendo y, una risa, una larga viga de metal que cae desde el infinito, y apuntan sus armas a la caravana. Disparan. Las diferentes criaturas caen aturdidas por el accionar de las armas. Javier siente como las venas cercanas a sus orejas van a explotar, todo se hincha, la sangre inunda su cabeza, se afiebra en cosa de segundos, sus ojos se ponen rojos, todo se vuelve borroso, su lengua se calienta, se seca su boca, se aprieta su garganta, con dificultad lleva sus manos a su cuello, a su cara como para hacer alguna cosa, no sabe, el ardor cubre su nariz, no puede respirar, no siente sus piernas, sus costillas se contrae impidiendo el movimiento de sus pulmones, se tuerce su columna, chasquea su cabeza hacia atrás, cae.

Agua que cae. Agua oscura. Una cortina. Un guillotina.

Luego todo es borroso y confuso.

Lentamente respira, un grito, como si hubiese salido del agua tras aguantar la respiración más de lo necesario. Un brazo se estira, busca ponerse de pie. Tiene que correr, salir, escapar. Cierra y abre los ojos con fuerza. Sus pies, sus rodillas, su pene flácido, sus pelos, su ombligo, el suelo duro y frío, la galería azulada, los relieves de insectos cuadrados haciendo cosas inentendibles, los tubos y cables, las otras criaturas levantándose, la criatura azul ayudando a algunos que no pueden ponerse en pie (o en algunos casos, arrastrarse, reptar) y el líquido oscuro cayendo como una cascada lenta, casi suspendida en el tiempo, que los separa del túnel y de los pocos crustáceos que lograron salvarse, y lejos, olvidada, la esfera opaca. Javier escucha sus voces metálicas. Traman. Tienen que moverse. Javier ayuda a la criatura azul, la mueve, le dice que tienen que irse, que van a hacer algo. Javier tiene miedo. Caen escombros del techo. El ruido moviliza a la caravana. Una criatura de una nariz alargada y peluda les dice que la salida está cerca, que siente cambios en la humedad y la presión, que falta poco.

Javier corre y pensando en que significa salir, en adonde escapamos cuando escapamos. Prefiere no pensar y se concentra en mover su cuerpo, en impulsar sus músculos cansados.

La galería se vuelve verdosa. Los relieves cambian y presentan motivos relacionados con naturaleza. Por todas partes hay puertas y entradas a túneles más pequeños. Hay mapas inentendibles y señales con signos que mutan, sobre distintos poliedros irregulares que flotan en el aire, rotando. Javier cree distinguir un aviso comercial. Imágenes rápidas de criaturas parecidas a sus captores, rojas y de múltiples patas, usando armas y piloteando naves. Avisos de reclutamiento, cree Javier. No le ha tocado trabajar en esos, pero pagan bien, la patria paga bien. Si tienes suerte te puedes subir a sus aviones y helicópteros. UN amigo se subió a un submarino con la excusa de vivir la experiencia y transmitirla en el paquete publicitario. Es que hacer publicidad es cada vez más fácil, decía un profesor, la gente, inevitablemente, lo compra todo. Yo no compro todo, se dijo Javier, no compro, por ejemplo, cualquier café o cualquier vino. Que compraran estos tipos, armas, de seguro armas. Naves espaciales. Cómo vendes una nave especial, que les interesa. Gente, especies, seguro compran criaturas. No sé explicarían los contenedores con huevos de otra forma. Somos sus mascotas. Qué precio me habrán puesto.  

El túnel principal termina en algo que parece Javier entiende como una plazoleta un árbol de tronco grueso y azul está en medio de rocas ornamentadas con símbolos como los de las señales. Las rocas forman un círculo. Hay recipientes hexagonales con plantas que flotan sobre un líquido verdoso y denso. Sobre el árbol flota un huevo de piedra. Sobre ellos hay una cúpula transparente. Pueden ver el cielo brillante teñido de negro, naves y luces que se prenden y desaparecen. A veces hay estruendos que se apagan velozmente. Javier piensa en una pista de baile manchada con ese trago nuevo, anaranjado, espumoso, regado sobre el suelo oscuro de la pista, gente pasando, luces y gritos que se pagan unos a otros. Luces como en un comercial de bebidas azucaradas, luces como un comercial de cerveza juvenil, luces como un comercial de una compañía telefónica. Todo es genial, maravilloso. Es una guerra entre los insectos comerciantes de especies y el líquido oscuro que lo devora todo. Una criatura -como un mono verde sin nariz, sin párpados, de manos rosadas y uñas negras y un par de antenas- inspecciona la gran puerta en la que termina el túnel. El resto la imita con desesperación. Las criaturas más grandes intenta forzar el portón, otras trepan hasta arriba buscando alguna hendidura o cerrojo o lo que sea. Otras simplemente golpean. Y otras intentan comer las hojas de las plantas.

El tipo azul está sentado en una compleja posición cerca del árbol. Algunos lo imitan, otros se sientan a mirar. Cierran los ojos. Javier cree que se ha quedado dormido en una clase de yoga. La pesadilla tendría mucho sentido. El portón cruje. Vibra y se vuelve más transparente con cada vibración hasta desaparecer por completo. La caravana cruza el pórtico en silencio. Por un momento Javier no cree lo que ve, sin embargo piensa en todo lo que ha ocurrido hasta ahora. Cruza en silencio como el resto.

La luz exterior los enceguece.   

Ordenadamente, los chanchos de tierra albinos sobrevivientes montan una de las plataformas de transporte que no fue tragada por el líquido oscuro y orientan el arma hacia la cascada oscura. Disparan y logran crear una abertura. Ríen. Dos crustáceos saltan el precipicio provocado por el líquido y, rodando, se lanzan tras la heterogénea caravana. También rodando, la esfera opaca se mueve hacia la cascada como imantada por el líquido oscuro que la cubre poco a poco.

Los chanchos de tierra descubren que el portón ha desaparecido. Ven marcas de dientes sobre las placas de sus plantas de poder, parte del sistema de energía central del complejo de reacondicionamiento de especies exóticas. Ven que hay huellas de plasma en el suelo. Ven que las huellas se dirigen a la ciudad vecina. Piensan en la última vez que un grupo de especies exóticas escapó del complejo. La guerra, todo es culpa de la guerra. Siempre es culpa de la guerra. Qué pensarán los otros. Seguramente se convertirán en comida de los insectos mayores. Será mejor anular estos pensamientos, digo uno. El solo hecho de concebir las posibles torturas a las que serán sometidos les produce espanto. El espanto que sienten (que es un espanto diferente, de sangre que se cristaliza, de un exoesqueleto que se contrae, de articulaciones rígidas, de pensamientos largos que no desaparecen, de un sabor en las mandíbulas dulce y grasoso) no se compara con el terror que los domina cuando la criatura oscura los ataca sigilosamente.

viernes, 20 de mayo de 2016

Papeleo diario

La sangre le hervía en el cuerpo. Así que, como muchas otras veces, la tomó, le destrozó la ropa con su cuchillo y comenzó a meterselo con fuerza, con dolor. El hambre no se saciaba nunca. Su cuerpo duro e indolente no se detenía, a pesar de los gritos, patadas y rasguños de la mujer que poco a poco se apagaba en su angustia. El tipo se sintió como el mar, que se deja caer sobre la arena para descansar. Incluso, en su perversidad, tuvo esa visión de tranquilidad pasajera. Después todo fue cuerpo, olvido y un grito, su grito, grito de satisfacción. La mujer que estaba en el suelo, mirando el techo, perdida, temblando, sintiendo como se formaban los moretones sobre su piel blanca; vio una sombra que miraba en la ventana mientras el hombre, o lo que fuera, se acomodaba los pantalones. Todo fue muy rápido. La figura - una mujer fornida con un saco sobre su cabeza pretensiosamente maquillado, blusa rosada pálida, falda azul marino, pantis negras, zapatos bajos y una cartera corta reposando en su hombro derecho- atravesó la ventana de un salto, tomando al hombre por el cuello, cayendo, revolcándose con el hombre por el suelo de la habitación, todo en un acto. El forcejeo es torpe, el hombre no entiende nada, se defiende mientras se sube los pantalones. La mujer del saco logra colocarse sobre el hombre y con su mano izquierda, toma la cartera, la agita por los aires sin soltarla y la deja caer sobre el rostro del hombre. La otra mujer ve, en cámara lenta debido al efecto de las drogas, como se deforma el rostro del hombre, como si la cartera pesara una tonelada. Sangre, restos de sesos sobre el suelo. La mujer del saco se levanta, satisfecha, descansa un momento y comprueba el estado de la otra mujer. Va a mejorar piensa, esto es como terapia de shock.

Ruidos de sirena. Algún vecino molesto que llamó a los pacos por el ruido, piensa la mujer del saco, desapareciendo por la ventana.

Luego de media cuadra de carrera, se da cuenta que ha olvidado su cartera cargada de ladrillos. Vuelve. Entonces ve a la otra mujer. Ve como se levanta. Ve como toma la cartera y ve como la mujer descarga su odio, odio de cientos de miles de mujeres, de miles de años, ladrillazo tras ladrillazo. La otra mujer termina desmayándose, y ve, borrosamente, como una secretaria enmascarada la toma en brazos y la lleva.

Las luces de la policía hacen que la sangre brille en aquel cuarto gris.
      

jueves, 12 de mayo de 2016

Condición (II)



II

Olor como el de carne asada y pelo chamuscado se le queda pegado en la nariz mientras la tenaza lo transporta a una velocidad inconmensurable por una galería de diferentes luces. A veces ve a los otros a través de las luces, en otras galerías, viajando tan rápido como él. Las tenazas lo colocan en un huevo transparente de su tamaño. Las paredes son flexibles y pegajosas. En su interior hay cientos de círculos de metal que parece que lo miraran. Los círculos secretan un líquido que podría ser agua, pero Javier desconfía de todo. El agua lo cubre, cree que va a morir, que por fin va a morir, que no logrará contarle a su jefe que no llegará, que el archivo de la presentación quedó en su computador, ahí, en la carpeta del proyecto de la empresa de compraventa de órganos y que a lo mejor nadie se va a dar cuenta. Algunos de los círculos metálicos dejan la pared interior del huevo y pegan al cuerpo de Javier, permaneciendo unidos a la pared por un delgado cable que brilla con los cambios de luz. Javier cierra los ojos y piensa en todas las mujeres con las cuales no estuvo, piensa en todo lo que no consiguió, en los lugares que no visitó, el auto que no compró, en su familia, en su madre que seguramente lo extrañaría. Piensa en la luz al final del túnel. El líquido llena sus pulmones pero no muere. Respira, entregándose al líquido. Siente pequeños burbujeos en su garganta, quiere toser, algo se retuerce en su interior. Mueve sus brazos, sus piernas, intenta sacarse los círculos de metal que responden con una pequeña carga eléctrica. Javier comprende que aún no morirá, que tendrá que terminar esa presentación con la campaña publicitaria enfocada en gente joven y sana; y al mismo tiempo drogadictos y alcohólicos. Una vida por otra. Plata por plata. Al final es eso. Quien da, quien pide, cuanto sacamos nosotros de la diferencia. Un porcentaje, un decimal multiplicando una cifra gigantesca y otro porcentaje ponderando el tiempo. Números de cuenta para alojar números de saldos positivos y negativos. Cuotas.

La luz azulosa del lugar cambia. El techo, muy arriba, se abre como un obturador. La luz cambia, se vuelve verde, azul, blanca, y puede ver que está rodeado de cientos de huevos con cientos de especies diferentes, que cuelgan en hileras alrededor de un ducto que está en el centro del lugar por donde llegan las tenazas y depositan a los seres que son envueltas en los huevos. Hay paneles y pantallas por todas partes, pero Javier no logra ver ninguna criatura arácnida roja. No sabe si es por el agua del huevo, pero todo le parece muy silencio. El cielo se oscurece rápidamente, el techo obturador reacciona cerrándose pero se queda a mitad de camino. Luces azules intermitentes y una voz suave llenan el lugar. Entra una suerte de vehículo, una plataforma plateada flotante de la que bajan dos criaturas pequeñas, llenas de placas blancas, que a Javier le recuerdan los chanchitos de tierra del jardín de su fallecida abuela. Las criaturas se dirigen a uno de los paneles centrales que se acomoda a su estatura. Teclean, mueven sus cortos brazos en todas direcciones.  Una de las criaturas se gira en dirección a Javier: sus ojos son verdes y brillosos, perdidos en una realidad inaccesible para el humano.  La oscuridad exterior toma la forma de una nube, desciende hacia el techo obturador. Javier se da cuenta de que no es la noche súbita ni una nube, si no que una densa capa de un líquido oscuro, una ola obsidiana, un plástico fundido hecho del más concentrado y negro petróleo.  El líquido cae pesado a través del orificio del techo que logra cerrarse para contener el líquido. Algunas gotas caen sobre los huevos. El líquido devora los huevos que se deforman al contacto, como si la sustancia negra estuviese muy caliente. Las criaturas de las placas se suben rápidamente a su plataforma y desaparecen en un lejano túnel.

Gritos que no fueron.

Noche.

El líquido oscuro continúa su viaje, consumiendo todo bajo sí. Javier puede escuchar como las gotas se deslizan por las paredes y emiten un pequeño chirrido mientras lo corroen todo. Poco a poco, el techo termina por ceder: pequeñas aberturas dejan entrar luz y, al mismo tiempo, la oscuridad del líquido que cae sobre parte de los huevos sobrevivientes sin dejar rastro de nada. La luz azul intermitente se apaga, la voz se desvanece, los círculos metálicos se desprenden de la piel de Javier, los huevos se tambalean, todo se retuerce con violencia. Los huevos restantes caen y estallan, desarmándose. Los sobrevivientes parecen recién nacidos. Se miran con espanto, pero nadie se atreve a emitir ningún tipo de sonido. Javier camina hacia el centro del lugar y ve el irregular abismo que ha dejado el líquido a su paso. En la orilla queda un poco de residuo oscuro. Javier estira su mano para tocarlo. Al acercar su mano se da cuenta que está frío. La gota se mueve, casi reacciona a la presencia de la mano de Javier y devora el suelo del lugar, hasta desaparecer de la vista de Javier.  

Mientras algunos de los seres se organizan, Javier se pone a caminar en dirección al túnel por el que escaparon los chanchitos de tierra. Parece no importarle la destrucción que deja a su paso el oscuro líquido, destrucción parecida al vacío. Simplemente camina, solo y desnudo, por el largo túnel verdoso, repleto de detalles, ornamentas, relieves conviviendo con toda clase de tubos y cables en todas las direcciones. Prefiere estar solo. Le molesta el falso espíritu colaborativo del tipo azul que se quedó organizando al resto. Quién lo puso a cargo. Se cree líder. Cada  uno se rasca con sus propias uñas no más. Esto es la ley de la selva. Nuevamente Javier siente ganas de vomitar. Parte del agua del huevo ha quedado en su cuerpo. Se retuerce largos minutos antes de poder eliminar una sustancia amarilla, bilis habitada por pequeños corpúsculos verdes. Se sienta en el suelo y comienza a tocarse desesperadamente, pero no sabe lo que busca. Se siente violado y usado. Duda sobre la naturaleza de su cuerpo. Explora sus manos minuciosamente: nunca habían estado tan blancas y gelatinosas, tan transparentes que puede ver sus glóbulos rojos cansados  de ser invadidos por intrusos de plástico y metal. Mueve sus muñecas con dificultad. Intentar ordenar el tiempo que lleva en esto lo agota y exaspera. Mira el techo y todo le es absolutamente inconmensurable. Imposible, ríe. Siente frío, lleva su mirada al suelo: un plástico duro como el cemento lo cubre todo. Piensa en calles, en ciudades, en su casa, en el edificio en donde trabaja y todo le parece tan lejano y distante. Irreal. Llega el hambre y la sed: nada. Puede posponer sus necesidades cuando está solo. ¿A qué distancia estará el humano más próximo?  Se pregunta Javier. Inútilmente figura la imagen del sistema solar, esas pelotitas girando en torno al sol, ordenadamente, respetuosamente, siguiendo las órdenes de algo que podría ser dios, algo que le da seguridad a todo lo que ocurre en cada uno de esos planetas, algo que le dice que el día de mañana no va a caer un meteorito sobre la tierra y va a acabar con todo. Y él ahora estaba en un planeta con el cielo verdoso junto a cientos de criaturas de diferentes partes de la galaxia o universo o lo que sea, viendo como sus captores escapaban de un líquido negro del olvido. Se siente como un bicho, o un mal actor dentro de una superproducción. Entonces escucha voces que golpean su cabeza. Sabe que están ahí, que no hay nadie alrededor. Se levanta, vuelve la mirada a la entrada (¿entrada?) del túnel. Sombras confusas se suceden unas a otras hasta que toman cuerpo. Es el tipo azul.

Lo observan mucho tiempo, sin embargo y a pesar del hambre, Javier pierde la urgencia. Pierde, después de todo, la noción usual que tenía de tiempo (la  descarga de un archivo, la frecuencia del semáforo, las pizzas por encargo, la eyaculación) y deja que todo ocurra, hastiado y aburrido de todo, dejándose, abandonándose. Estoy cansado de ustedes, murmura Javier al mismo tiempo que deja caer sus brazos y pierde su mirada en lo más alto del techo, buscando gotas del líquido oscuro y que se lo lleve todo. Que se lleve hasta su jefe. Un mar de voces lo ofusca como un enjambre de abejas. Intenta sacarlas, golpeándose la cabeza con sus manos abiertas, los dedos completamente extendidos, como si fueran puerto de escape para esas voces. Cierra los ojos.

Silencio.

Las sombras se alejan. Javier levanta la vista. La criatura se queda al final del grupo, parece buscar su mirada para decirle algo. La figura se detiene mientras la disímil caravana sigue su paso. Javier lo evita, mira el suelo. Se siente juzgado. No he hecho nada, grita. Ustedes, ustedes, o los otros me trajeron acá, yo no tengo nada que ver con esto, le dice. La criatura azul no dice nada. Javier decide mirarla y ve las piernas azulosas cansadas, los brazos caídos y la mirada perdida. Abunda la confusión y el cansancio. La criatura azul está devastada. Sintió cada una de las muertes, cada uno de los huevos que no dejó rastro y sintió como el universo perdió una parte de su memoria, acercándose al frío, al amenazador cero absoluto. Vio millones de amaneceres y atardeceres, trillones de flores, montañas, columnas de cristal, vientos, desiertos, bosques submarinos, infinitos mundos que se fueron con esos seres, tragados en el descontrol del líquido negro. Javier siente un poco de eso a través de la mirada del tipo azul. Apesadumbrado por su egoísmo, se levanta. La criatura azul dibuja algo en su rostro que Javier interpreta como una sonrisa, la sonrisa más triste que podría figurar y recuerda un comercial de una aseguradora. Pero esto era diferente.

Al dirigirse a la criatura, Javier es abrumado por las voces nuevamente. Esta vez nota que se dirigían a él, que lo llaman, que lo invitan. Ve que están un poco más adelante, así que, apurando el paso, invita a la criatura azul a que se le una. Corren. Al reunirse con el resto de la caravana, Javier es parte de la camaradería, sonríe. Decide que es mejor entregarse y ver qué pasa. Entonces pasa. Un viento terrible los tira al suelo. Es como un grito sordo. Una criatura gigantesca y delgada aparece desde la entrada del túnel. Ruge sin boca. Sus 17 brazos que están por todo su cuerpo se extienden por todo el túnel, buscando de que aferrarse. Un brazo más grueso, que podría ser su cabeza, se agita en todas las direcciones, buscando, identificando. Javier la mira y cree que está hecha del mismo líquido oscuro que lo devoró todo.

Cientos de ojos se abren por todo el cuerpo de la criatura.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Condición



I

El tipo escucha un ruido, con pereza abre los ojos: sí, es su cama, su casa. El ruido se incrementa. Piensa en los vecinos, una pelea, un choque, cualquier cosa. Decide levantarse, toma algo como una polera, una chaqueta, no lo sabe, se arrastra hasta la cocina, porque, contrario a lo que había pensado en un comienzo, el ruido viene de ahí y no de la calle. Ve sombras, un ruido de metales y vidrios cayendo desde un piso 20. Se agacha y se apoya contra la puerta del refrigerador, se detiene a pensar, pero no puede, no despierta, no se mueve su cuerpo, tiene miedo. Solo ve sombras que van y vienen y que, de pronto, después de cientos de horas que fueron un minuto, se agrupan alrededor de la puerta de la cocina.

Saben que es peligroso y estúpido, principalmente estúpido, así que lo dominan con miedo antes de adormecerlo y meterlo adentro de la nave. Lo examinan minuciosamente con sus pequeñas máquinas (insectos de un plástico transparente con luces y jeringas y pinzas minúsculas) que recorren cada uno de los rincones del cuerpo, inspeccionando hendiduras y orificios. Algunas ingresan al interior para recuperar tejido y muestras. Sin duda hay mucha grasa. Está un poco deteriorado, como el promedio de los suyos. Las máquinas dejan el cuerpo e ingresan a otra máquina mayor –una especie de reina madre-, que recibe las muestras y comienza a calcular. Es como los otros que han recogido. En realidad son todos iguales, no les importa. Nadie sabe lo que les importa. Juegan con los datos desplegados en la pantalla. Los signos (especie de letras en tres dimensiones, poliedros que van y vienen) mutan. La cara de los captores muestra algo que podría parecer alegría. (La cara de los captores es difícil de descifrar, a pesar de su apariencia humana, en realidad no tienen ojos, tienen lo que asemeja a un gran ojo cubierto por una delgada capa de piel rojiza, o múltiples ojos diminutos como si fueran moscas. Abunda el metal, el injerto artificial, huesos negros descubiertos que albergan miles de cables de un grosor ínfimo, donde antes hubo una boca ahora hay un tubo de un material aparentemente cerámico con un filtro, no tienen pómulos, ni cejas, ni pelos, ni vestimenta, o bien su vestimenta se confunde con la piel, unos tiene 2 brazos, otros tiene 3, otros tienen 4 y usan 2 como complemento de sus 4 a 5 piernas, sus piernas son delgadas y puntiagudas, parece una silla o una araña desequilibrada).

Queman la ropa del hombre.

Lo meten a una prisión con el resto de las otras especies.

El hombre, el humano, Javier, está inconsciente. Las otras especies se le acercan, lo mueven de un lado para otro, hacen ruidos, sonidos, vocablos, palabras, si palabras de diferentes idiomas de diferentes planetas. Uno de los seres, azul, de grandes ojos azul profundo, piel peluda, alto (alto en comparación con nosotros, los así llamados humanos) y delgado, se abre paso entre las otras especies y con uno de sus 3 gruesos dedos de una de sus 2 manos de su figura humanoide, toca la frente de Javier que, poco a poco, recupera su consciencia, abre los ojos y busca por todos los medios, volver a caer inconsciente. Retrocede, busca un rincón, se agazapa y se aferra a si mismo cuando nota que está desnudo y que los otros seres que lo rodean -a los cuales es incapaz de percibir, definir completamente- están, muy probablemente, desnudos como él. Ve, cosas como brazos como aberturas o abismos, dedos, espirales, bolas, uñas, pelos increíblemente gruesos, precipicios de carne y hueso, espinas babosas, esfínteres. Javier entra en pánico. Mira en todas las direcciones, sus ojos quieren estallar, sus manos no saben qué hacer, aplaude, golpea el suelo, su cuerpo se lanza hacia atrás con fiereza, suda cientos de litros, se orina, sus dientes castañean. Los otros lo observan fijamente, es decir, se giran hacia él y fijan un ojo, un tentáculo, una esfera oscura cubierta de pelos o lo que fuera, y se estremecen al unísono, al mismo tiempo que recuerdan lo que ellos también vivieron al llegar. Se alejan, saben que tarde o temprano se adaptará o se volverá desmayar y despertará y volverá a desmayarse hasta acostumbrarse.

La luz blanca se vuelve cada vez más insoportable. La realidad, la poca realidad de Javier se torna borrosa, siente que va a caer. La criatura azul lo vuelve a tocar y Javier logra entrar un estado de calma que le recuerda a su madre y también las múltiples veces en que se durmió borracho. La criatura le dice –en un idioma que podría ser cualquiera o bien, todos los idiomas del universo- que se calme. Javier no reconoce la voz, ni siquiera sabe si hubo una voz o las palabras simplemente aparecieron en su cabeza como los mensajes que se esconden tras los avisos publicitarios en los que trabaja ¿Será esta una nueva forma de llegar al público objetivo?

Se levanta. De pronto se siente mareado y con nauseas, como si viajará en un barco. Inevitablemente se inclina para vomitar y, al contemplar los trozos de masa de pizza, queso y salame que flotan sobre un líquido pegajoso rojo y cálido en el suelo de celda, recuerda súbitamente que está cautivo, que fue abducido por esas extrañas criaturas rojizas con apariencia de araña mutante. Jadea. Las otras criaturas se alejan, Javier se siente absolutamente repulsivo y ajeno, sin embargo, como si aquel rincón constituyera su nuevo y precario hogar, prefiere no alejarse de su vómito. Una de las criaturas reacciona y vomita un líquido verde, se desmaya, cae sobre sus desperdicios. Javier oye, o cree oír, una suerte de clamor seguido de agitación. Uno como una gran bestia oscura, de grandes brazos y manos; cortos pies, casi accesorios; un gran ojo-cabeza; y dientes en el abdomen, golpea los muros de la sala en la que están encerrados. Su acto es vano desde un inicio, desde que surgió la desesperación en el corazón de los cuatro corazones de esa gran bestia. Los golpes rápidamente cesan, mas la intranquilidad se mantiene en la población cautiva. Llantos, quejidos. Una especie de mono verdoso hace pataletas en el suelo. Javier llora silenciosamente, intentando limpiar los rastros de vómito con su antebrazo. Ridículamente toca su pierna buscando su teléfono pensando en ver su facebook.

La atmósfera se vuelve ácida. Suenan ventiladores o algo similar.  Aprovechando el silencio, el azul les habla. Les dice que se calmen, que entiende la presión a las que todos están siendo sometidos, y que deben mantenerse centrados, dejar el miedo atrás para afrontar la situación con claridad. El terror no nos llevará a ninguna parte, dice. Alguien, algo, canta y todos se sienten como en casa, recuerdan sus cuevas hundidas en las profundidades de mares amarillos, en casas con forma de nuez que cuelgan de árboles gigantescos perdidos en una selva prehistórica, en construcciones sobre piedra volcánica, en ciudades congestionadas por insectos que vuelan libremente entre edificios de metal y plástico de cientos de metros de altura. Todos sienten una calma en su corazón (o múltiples corazones en algunos casos). En el miedo, en la superación del miedo, se reconocen como iguales, porque, finalmente, lo único que saben es que están ahí, juntos, a la deriva del universo. Javier logra calmarse y unirse parcialmente a este sentimiento. Se siente pequeño y le gustaría decir algo para, para no lo sabe muy bien.

Javier se sienta en el suelo, cruza sus piernas y apoya su cabeza contra el muro, mirando el techo. Medita en la irrealidad de todo esto que lo rodea, en lo asqueroso de todo lo que lo rodea. Por qué no compré ese sistema de seguridad para la casa, piensa, nada de esto habría pasado, bastaba con tomar el teléfono y ver por las cámaras de seguridad. Nada más. No sé si le cuente a alguien esto, (las otras criaturas se organizan) no quiero me miren como un loco, o que después quede mi entrevista en internet dando vueltas o peor aún, no quiero convertirme en un meme y arruinar mi vida social, no podré salir por un tiempo, pero (forman un círculo y conversan), algo tendré que decir, me van a pedir explicaciones, que me va a decir mi jefe, mi jefe, tengo que ir, hay una reunión con un cliente de una empresa de compraventa de órganos, ni siquiera planché mis camisas, que voy a hacer, cuando se acaba esto (otras criaturas recorren los muros lisos buscando alguna abertura o rendija. Otras saltan intentando alcanzar los ventiladores, pero se dan cuenta que no hay ningún orificio en el techo), a quien le voy a avisar, pero seguro que voy a volver porque o sea no creo que no no no si esto no no no va a durar mucho si estas cosas son rápidas o sea no lo sé pero creo que a mi jefe no le va a gustar (las criaturas organizadas meditan, motivadas por el tipo azul)solo me tengo que quedar acá callado como siempre y esto terminará bien o sea o sea que si no no esto no no puede ser no (las otras criaturas se cansan y observan en silencio la meditación de las criaturas organizadas, algunas se integran, miran el suelo, juegan con alguna pelusa en el aire) yo llego plancho me acuesto y al otro día todo bien aquí no ha pasado nada mejor no decirle nada a nadie mejor les doy la espalda mejor les digo que se queden callados si esto va a pasar pero mira como no tengo que avisarle a mi jefe (una criatura apoya su mano en el suelo como queriendo enraizarse)  esto es como ese comercial del insecticida pero peor mil veces peor como esas películas pero no como me va a pasar lo mismo si no si estos tipos cosas no sé son amables no sé creo que no nos han hecho nada nada grave o sea nos revisaron nada más nos tomaron y nada más para que exagerar las cosas y mira no si estamos bien desnudos o sea yo estoy desnudos estarán desnudos estos pero bien todos estamos bien algo de cansancio pero nos darán de comer o algo no esperaran de que nos comamos unos a otros más encima estos parecen cualquier cosa de un momento a otro se comen mi vómito o algo o se comen entre ellos no creo que quieran comerme si yo no tengo nada de rico más encima vomité que asquerosidad lo que vomité ese olor los espanta a todos más el calor que hace acá me sorprende que no tengan aire acondicionado en esta nave (una criatura rosada y obesa se levanta y mira hacia arriba con su único y gran ojo y grita, abriendo su cuello-boca mostrando sus interior rojizo. El techo se abre por la mitad, miles de pantallas blancas y luminosas de distintos tamaños emergen y se posan sobre los seres, moviéndose de un lado para otro) si nave creo que la vi cuando me llevaron y me subieron a esta cosa que parecía hecha de cuero pero que era dura como el metal y como el plástico al tacto y sonaba ese ruido de metal que se mete en la cabeza hasta el fondo y lo remueve todo provocando todo el dolor que puede después caí inconsciente me desperté en la mesa esa y los vi creo que reían o sufrían y los bichos que aún siento que me tocan y me viven y ahora estas criaturas y el atraso y el calor y el sudor (sorpresa, inquietud y silencio) yo que no tengo nada que ver con estas cosas no pertenezco acá déjenme salir, por favor es que yo no debería estar acá, en serio, yo, yo no hice nada, o sea no sé, pero tengo plata, no sé qué quieren, pero les puedo ayudar, en serio que les puedo ayudar, pero no me, (la criatura que intentaba enraizarse al suelo intenta desesperadamente levantarse. El suelo se abre) ese ruido el ruido del metal que lo destruye todo el chirrido la explosión de metales los vidrios cayendo (caen. En la maniobra la criatura enraizada pierde su mano. Sangre verde se esparce en el aire mientras caen en la oscuridad, alejándose de las pantallas luminosas, que poco a poco se apagan) estoy cayendo si cierro los ojos e ignoro todo puedo disfrutar la caída (la velocidad aumenta. Algunas criaturas se desmayan, incluso sufren ataques cardíacos múltiples. Ruido de ventanas que se abren y cierran). Por fin.

Luces, fuertes luces de colores, unas tenazas cubiertas de una sustancia pegajosa y oscura toman a los que aún están vivos. Javier escucha como un ruido de cuerpos que caen al agua. Lo que no sabe es que los cadáveres caen a un sistema de recuperación del contenido de materia: ácido.