La sangre le hervía en el cuerpo. Así que, como muchas otras veces, la tomó, le destrozó la ropa con su cuchillo y comenzó a meterselo con fuerza, con dolor. El hambre no se saciaba nunca. Su cuerpo duro e indolente no se detenía, a pesar de los gritos, patadas y rasguños de la mujer que poco a poco se apagaba en su angustia. El tipo se sintió como el mar, que se deja caer sobre la arena para descansar. Incluso, en su perversidad, tuvo esa visión de tranquilidad pasajera. Después todo fue cuerpo, olvido y un grito, su grito, grito de satisfacción. La mujer que estaba en el suelo, mirando el techo, perdida, temblando, sintiendo como se formaban los moretones sobre su piel blanca; vio una sombra que miraba en la ventana mientras el hombre, o lo que fuera, se acomodaba los pantalones. Todo fue muy rápido. La figura - una mujer fornida con un saco sobre su cabeza pretensiosamente maquillado, blusa rosada pálida, falda azul marino, pantis negras, zapatos bajos y una cartera corta reposando en su hombro derecho- atravesó la ventana de un salto, tomando al hombre por el cuello, cayendo, revolcándose con el hombre por el suelo de la habitación, todo en un acto. El forcejeo es torpe, el hombre no entiende nada, se defiende mientras se sube los pantalones. La mujer del saco logra colocarse sobre el hombre y con su mano izquierda, toma la cartera, la agita por los aires sin soltarla y la deja caer sobre el rostro del hombre. La otra mujer ve, en cámara lenta debido al efecto de las drogas, como se deforma el rostro del hombre, como si la cartera pesara una tonelada. Sangre, restos de sesos sobre el suelo. La mujer del saco se levanta, satisfecha, descansa un momento y comprueba el estado de la otra mujer. Va a mejorar piensa, esto es como terapia de shock.
Ruidos de sirena. Algún vecino molesto que llamó a los pacos por el ruido, piensa la mujer del saco, desapareciendo por la ventana.
Luego de media cuadra de carrera, se da cuenta que ha olvidado su cartera cargada de ladrillos. Vuelve. Entonces ve a la otra mujer. Ve como se levanta. Ve como toma la cartera y ve como la mujer descarga su odio, odio de cientos de miles de mujeres, de miles de años, ladrillazo tras ladrillazo. La otra mujer termina desmayándose, y ve, borrosamente, como una secretaria enmascarada la toma en brazos y la lleva.
Las luces de la policía hacen que la sangre brille en aquel cuarto gris.
y luego paz.
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