miércoles, 25 de mayo de 2016

Condición (III)



Es la primera vez que va a la casa de su novia. Casualmente es el cumpleaños de la abuelita Rosa, 93 años. Todos están reunidos ahí. Todos. Hasta el tío que había caído en el olvido tras caer preso por narcotráfico. Ella lo presenta, es Javier, mi novio, es publicista, nos conocimos por un amigo en común. Cientos de ojos lo escudriñan. Javier casi siente los golpes de los pensamientos desaprobatorios de la familia de su novia. Exnovia en realidad. Porque la maldita, piensa Javier, se terminó acostando con el imbécil que los presentó en esa fiesta llena de ebrios. Asqueroso. Asqueroso como el monstruo de cientos de ojos, oscuro, pegajoso e inodoro. Por qué no tiene ningún olor, se cuestiona Javier mientras corren y se sumergen en la oscuridad del túnel. El monstruo es lento, pero no se detiene ante nada, extendiéndose por todas partes de manera precisa e inteligente. Atrapa a uno (o una, Javier no lo sabe) de la caravana. La piel de la criatura se seca aceleradamente, mientras su cuerpo convulsiona hasta ser absorbido por el monstruo de obsidiana. Estupor. Los ojos del monstruo se agitan como si rugieran. Javier tiene una imagen de los ojos de la anciana de 93 años al ver la torta de cumpleaños, esa misma agitación, ese mismo descontrol, sus manos apretándose contra la silla de ruedas. No entiende porque piensa en eso, en esa mujer. Como si ahora lo fuera a resolver. Como si valiera la pena resolverlo mientras escapan de los oscuros brazos repletos de ojos. Si me salvo escupiré su puerta. Si me salvo los golpearé. Si me salvo. Es fácil prometer cosas ahora, piensa Javier. 

Corren.

Está cansado, quiere entregarse. Todos quieren entregarse. Ni siquiera el tipo azul parece tener palabras de aliento. El monstruo ya ha devorado a dos más de los suyos. Javier siente la respiración agitada de cada una de sus células, siente como se vuelven más pesadas y lentas. También se siente culpable por no ir al gimnasio, por no asistir a las clases de crossfit. Claro, seguramente su traicionero amigo aguantaría mejor una situación así. Eso te gustaría, piensa recordando a la mujer. En realidad no lo piensa, lo grita. Las otras criaturas lo miran. Hay un breve silencio, que es interrumpido por el ruido de motores a la distancia. El monstruo negro  retrocede con rapidez. Llegan tres plataformas conducidas por los chanchitos de tierra albinos. En la parte trasera de las plataformas de transporte tienen montada un arma. Las plataformas realizan maniobras evasivas. El monstruo entiende la treta, ataca, lanza sus brazos que se cruzan en todas las direcciones intentando cortar el paso de las plataformas, los ojos proyectan nuevos brazos delgados y largos, formando una errática telaraña. La caravana de criaturas observa, a pesar de que algunos animan a los otros a seguir corriendo. Los chanchitos de tierra retroceden, apuntan sus armas al monstruo de obsidiana. Contrario a lo que esperaba Javier no pasa nada. Es decir, no hay explosiones o rayos o sonidos estridentes, solo la fiereza y el odio en el rostro de los crustáceos pálidos, en sus ojos verdes fulgurantes. Los brazos del monstruo ondean, bailan. La peste negra se encoje progresivamente. Javier cree por un momento que los crustáceos han crecido, pero no, el monstruo es reducido a escoria, a carbón. Polvo y en el centro una esfera de vidrio opaco.

La caravana respira como una gran bestia al borde de la muerte.

Los chanchitos de tierra observan detenidamente la esfera, convenciéndose de que de verdad han detenido a la amenaza. Entonces Javier decide acercarse a las criaturas pálidas para hablarles, pedirles que lo devuelvan a casa, a su casa, que tiene que hacer, que tiene que vengarse de una mujer y entregar una presentación, que es su trabajo, que por supuesto lo entenderán y que él no dirá nada. Los crustáceos emiten ruidos, metales crujiendo y, una risa, una larga viga de metal que cae desde el infinito, y apuntan sus armas a la caravana. Disparan. Las diferentes criaturas caen aturdidas por el accionar de las armas. Javier siente como las venas cercanas a sus orejas van a explotar, todo se hincha, la sangre inunda su cabeza, se afiebra en cosa de segundos, sus ojos se ponen rojos, todo se vuelve borroso, su lengua se calienta, se seca su boca, se aprieta su garganta, con dificultad lleva sus manos a su cuello, a su cara como para hacer alguna cosa, no sabe, el ardor cubre su nariz, no puede respirar, no siente sus piernas, sus costillas se contrae impidiendo el movimiento de sus pulmones, se tuerce su columna, chasquea su cabeza hacia atrás, cae.

Agua que cae. Agua oscura. Una cortina. Un guillotina.

Luego todo es borroso y confuso.

Lentamente respira, un grito, como si hubiese salido del agua tras aguantar la respiración más de lo necesario. Un brazo se estira, busca ponerse de pie. Tiene que correr, salir, escapar. Cierra y abre los ojos con fuerza. Sus pies, sus rodillas, su pene flácido, sus pelos, su ombligo, el suelo duro y frío, la galería azulada, los relieves de insectos cuadrados haciendo cosas inentendibles, los tubos y cables, las otras criaturas levantándose, la criatura azul ayudando a algunos que no pueden ponerse en pie (o en algunos casos, arrastrarse, reptar) y el líquido oscuro cayendo como una cascada lenta, casi suspendida en el tiempo, que los separa del túnel y de los pocos crustáceos que lograron salvarse, y lejos, olvidada, la esfera opaca. Javier escucha sus voces metálicas. Traman. Tienen que moverse. Javier ayuda a la criatura azul, la mueve, le dice que tienen que irse, que van a hacer algo. Javier tiene miedo. Caen escombros del techo. El ruido moviliza a la caravana. Una criatura de una nariz alargada y peluda les dice que la salida está cerca, que siente cambios en la humedad y la presión, que falta poco.

Javier corre y pensando en que significa salir, en adonde escapamos cuando escapamos. Prefiere no pensar y se concentra en mover su cuerpo, en impulsar sus músculos cansados.

La galería se vuelve verdosa. Los relieves cambian y presentan motivos relacionados con naturaleza. Por todas partes hay puertas y entradas a túneles más pequeños. Hay mapas inentendibles y señales con signos que mutan, sobre distintos poliedros irregulares que flotan en el aire, rotando. Javier cree distinguir un aviso comercial. Imágenes rápidas de criaturas parecidas a sus captores, rojas y de múltiples patas, usando armas y piloteando naves. Avisos de reclutamiento, cree Javier. No le ha tocado trabajar en esos, pero pagan bien, la patria paga bien. Si tienes suerte te puedes subir a sus aviones y helicópteros. UN amigo se subió a un submarino con la excusa de vivir la experiencia y transmitirla en el paquete publicitario. Es que hacer publicidad es cada vez más fácil, decía un profesor, la gente, inevitablemente, lo compra todo. Yo no compro todo, se dijo Javier, no compro, por ejemplo, cualquier café o cualquier vino. Que compraran estos tipos, armas, de seguro armas. Naves espaciales. Cómo vendes una nave especial, que les interesa. Gente, especies, seguro compran criaturas. No sé explicarían los contenedores con huevos de otra forma. Somos sus mascotas. Qué precio me habrán puesto.  

El túnel principal termina en algo que parece Javier entiende como una plazoleta un árbol de tronco grueso y azul está en medio de rocas ornamentadas con símbolos como los de las señales. Las rocas forman un círculo. Hay recipientes hexagonales con plantas que flotan sobre un líquido verdoso y denso. Sobre el árbol flota un huevo de piedra. Sobre ellos hay una cúpula transparente. Pueden ver el cielo brillante teñido de negro, naves y luces que se prenden y desaparecen. A veces hay estruendos que se apagan velozmente. Javier piensa en una pista de baile manchada con ese trago nuevo, anaranjado, espumoso, regado sobre el suelo oscuro de la pista, gente pasando, luces y gritos que se pagan unos a otros. Luces como en un comercial de bebidas azucaradas, luces como un comercial de cerveza juvenil, luces como un comercial de una compañía telefónica. Todo es genial, maravilloso. Es una guerra entre los insectos comerciantes de especies y el líquido oscuro que lo devora todo. Una criatura -como un mono verde sin nariz, sin párpados, de manos rosadas y uñas negras y un par de antenas- inspecciona la gran puerta en la que termina el túnel. El resto la imita con desesperación. Las criaturas más grandes intenta forzar el portón, otras trepan hasta arriba buscando alguna hendidura o cerrojo o lo que sea. Otras simplemente golpean. Y otras intentan comer las hojas de las plantas.

El tipo azul está sentado en una compleja posición cerca del árbol. Algunos lo imitan, otros se sientan a mirar. Cierran los ojos. Javier cree que se ha quedado dormido en una clase de yoga. La pesadilla tendría mucho sentido. El portón cruje. Vibra y se vuelve más transparente con cada vibración hasta desaparecer por completo. La caravana cruza el pórtico en silencio. Por un momento Javier no cree lo que ve, sin embargo piensa en todo lo que ha ocurrido hasta ahora. Cruza en silencio como el resto.

La luz exterior los enceguece.   

Ordenadamente, los chanchos de tierra albinos sobrevivientes montan una de las plataformas de transporte que no fue tragada por el líquido oscuro y orientan el arma hacia la cascada oscura. Disparan y logran crear una abertura. Ríen. Dos crustáceos saltan el precipicio provocado por el líquido y, rodando, se lanzan tras la heterogénea caravana. También rodando, la esfera opaca se mueve hacia la cascada como imantada por el líquido oscuro que la cubre poco a poco.

Los chanchos de tierra descubren que el portón ha desaparecido. Ven marcas de dientes sobre las placas de sus plantas de poder, parte del sistema de energía central del complejo de reacondicionamiento de especies exóticas. Ven que hay huellas de plasma en el suelo. Ven que las huellas se dirigen a la ciudad vecina. Piensan en la última vez que un grupo de especies exóticas escapó del complejo. La guerra, todo es culpa de la guerra. Siempre es culpa de la guerra. Qué pensarán los otros. Seguramente se convertirán en comida de los insectos mayores. Será mejor anular estos pensamientos, digo uno. El solo hecho de concebir las posibles torturas a las que serán sometidos les produce espanto. El espanto que sienten (que es un espanto diferente, de sangre que se cristaliza, de un exoesqueleto que se contrae, de articulaciones rígidas, de pensamientos largos que no desaparecen, de un sabor en las mandíbulas dulce y grasoso) no se compara con el terror que los domina cuando la criatura oscura los ataca sigilosamente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario