II
Olor como el de carne asada y pelo chamuscado se le
queda pegado en la nariz mientras la tenaza lo transporta a una velocidad
inconmensurable por una galería de diferentes luces. A veces ve a los otros a
través de las luces, en otras galerías, viajando tan rápido como él. Las
tenazas lo colocan en un huevo transparente de su tamaño. Las paredes son
flexibles y pegajosas. En su interior hay cientos de círculos de metal que
parece que lo miraran. Los círculos secretan un líquido que podría ser agua,
pero Javier desconfía de todo. El agua lo cubre, cree que va a morir, que por
fin va a morir, que no logrará contarle a su jefe que no llegará, que el
archivo de la presentación quedó en su computador, ahí, en la carpeta del
proyecto de la empresa de compraventa de órganos y que a lo mejor nadie se va a
dar cuenta. Algunos de los círculos metálicos dejan la pared interior del huevo
y pegan al cuerpo de Javier, permaneciendo unidos a la pared por un delgado
cable que brilla con los cambios de luz. Javier cierra los ojos y piensa en
todas las mujeres con las cuales no estuvo, piensa en todo lo que no consiguió,
en los lugares que no visitó, el auto que no compró, en su familia, en su madre
que seguramente lo extrañaría. Piensa en la luz al final del túnel. El líquido
llena sus pulmones pero no muere. Respira, entregándose al líquido. Siente
pequeños burbujeos en su garganta, quiere toser, algo se retuerce en su
interior. Mueve sus brazos, sus piernas, intenta sacarse los círculos de metal
que responden con una pequeña carga eléctrica. Javier comprende que aún no
morirá, que tendrá que terminar esa presentación con la campaña publicitaria
enfocada en gente joven y sana; y al mismo tiempo drogadictos y alcohólicos.
Una vida por otra. Plata por plata. Al final es eso. Quien da, quien pide,
cuanto sacamos nosotros de la diferencia. Un porcentaje, un decimal
multiplicando una cifra gigantesca y otro porcentaje ponderando el tiempo. Números
de cuenta para alojar números de saldos positivos y negativos. Cuotas.
La luz azulosa del lugar cambia. El techo, muy
arriba, se abre como un obturador. La luz cambia, se vuelve verde, azul,
blanca, y puede ver que está rodeado de cientos de huevos con cientos de
especies diferentes, que cuelgan en hileras alrededor de un ducto que está en el
centro del lugar por donde llegan las tenazas y depositan a los seres que son
envueltas en los huevos. Hay paneles y pantallas por todas partes, pero Javier
no logra ver ninguna criatura arácnida roja. No sabe si es por el agua del
huevo, pero todo le parece muy silencio. El cielo se oscurece rápidamente, el
techo obturador reacciona cerrándose pero se queda a mitad de camino. Luces
azules intermitentes y una voz suave llenan el lugar. Entra una suerte de
vehículo, una plataforma plateada flotante de la que bajan dos criaturas
pequeñas, llenas de placas blancas, que a Javier le recuerdan los chanchitos de
tierra del jardín de su fallecida abuela. Las criaturas se dirigen a uno de los
paneles centrales que se acomoda a su estatura. Teclean, mueven sus cortos
brazos en todas direcciones. Una de las
criaturas se gira en dirección a Javier: sus ojos son verdes y brillosos,
perdidos en una realidad inaccesible para el humano. La oscuridad exterior toma la forma de una
nube, desciende hacia el techo obturador. Javier se da cuenta de que no es la
noche súbita ni una nube, si no que una densa capa de un líquido oscuro, una
ola obsidiana, un plástico fundido hecho del más concentrado y negro petróleo. El líquido cae pesado a través del orificio
del techo que logra cerrarse para contener el líquido. Algunas gotas caen sobre
los huevos. El líquido devora los huevos que se deforman al contacto, como si
la sustancia negra estuviese muy caliente. Las criaturas de las placas se suben
rápidamente a su plataforma y desaparecen en un lejano túnel.
Gritos que no fueron.
Noche.
El líquido oscuro continúa su viaje, consumiendo
todo bajo sí. Javier puede escuchar como las gotas se deslizan por las paredes
y emiten un pequeño chirrido mientras lo corroen todo. Poco a poco, el techo
termina por ceder: pequeñas aberturas dejan entrar luz y, al mismo tiempo, la
oscuridad del líquido que cae sobre parte de los huevos sobrevivientes sin
dejar rastro de nada. La luz azul intermitente se apaga, la voz se desvanece,
los círculos metálicos se desprenden de la piel de Javier, los huevos se
tambalean, todo se retuerce con violencia. Los huevos restantes caen y
estallan, desarmándose. Los sobrevivientes parecen recién nacidos. Se miran con
espanto, pero nadie se atreve a emitir ningún tipo de sonido. Javier camina
hacia el centro del lugar y ve el irregular abismo que ha dejado el líquido a
su paso. En la orilla queda un poco de residuo oscuro. Javier estira su mano
para tocarlo. Al acercar su mano se da cuenta que está frío. La gota se mueve,
casi reacciona a la presencia de la mano de Javier y devora el suelo del lugar,
hasta desaparecer de la vista de Javier.
Mientras algunos de los seres se organizan, Javier
se pone a caminar en dirección al túnel por el que escaparon los chanchitos de
tierra. Parece no importarle la destrucción que deja a su paso el oscuro
líquido, destrucción parecida al vacío. Simplemente camina, solo y desnudo, por
el largo túnel verdoso, repleto de detalles, ornamentas, relieves conviviendo
con toda clase de tubos y cables en todas las direcciones. Prefiere estar solo.
Le molesta el falso espíritu colaborativo del tipo azul que se quedó
organizando al resto. Quién lo puso a cargo. Se cree líder. Cada uno se rasca con sus propias uñas no más.
Esto es la ley de la selva. Nuevamente Javier siente ganas de vomitar. Parte
del agua del huevo ha quedado en su cuerpo. Se retuerce largos minutos antes de
poder eliminar una sustancia amarilla, bilis habitada por pequeños corpúsculos verdes.
Se sienta en el suelo y comienza a tocarse desesperadamente, pero no sabe lo
que busca. Se siente violado y usado. Duda sobre la naturaleza de su cuerpo. Explora
sus manos minuciosamente: nunca habían estado tan blancas y gelatinosas, tan
transparentes que puede ver sus glóbulos rojos cansados de ser invadidos por intrusos de plástico y
metal. Mueve sus muñecas con dificultad. Intentar ordenar el tiempo que lleva
en esto lo agota y exaspera. Mira el techo y todo le es absolutamente
inconmensurable. Imposible, ríe. Siente frío, lleva su mirada al suelo: un
plástico duro como el cemento lo cubre todo. Piensa en calles, en ciudades, en
su casa, en el edificio en donde trabaja y todo le parece tan lejano y
distante. Irreal. Llega el hambre y la sed: nada. Puede posponer sus necesidades
cuando está solo. ¿A qué distancia estará el humano más próximo? Se pregunta Javier. Inútilmente figura la
imagen del sistema solar, esas pelotitas girando en torno al sol,
ordenadamente, respetuosamente, siguiendo las órdenes de algo que podría ser
dios, algo que le da seguridad a todo lo que ocurre en cada uno de esos
planetas, algo que le dice que el día de mañana no va a caer un meteorito sobre
la tierra y va a acabar con todo. Y él ahora estaba en un planeta con el cielo
verdoso junto a cientos de criaturas de diferentes partes de la galaxia o
universo o lo que sea, viendo como sus captores escapaban de un líquido negro
del olvido. Se siente como un bicho, o un mal actor dentro de una
superproducción. Entonces escucha voces que golpean su cabeza. Sabe que están
ahí, que no hay nadie alrededor. Se levanta, vuelve la mirada a la entrada (¿entrada?)
del túnel. Sombras confusas se suceden unas a otras hasta que toman cuerpo. Es
el tipo azul.
Lo observan mucho tiempo, sin embargo y a pesar del
hambre, Javier pierde la urgencia. Pierde, después de todo, la noción usual que
tenía de tiempo (la descarga de un archivo,
la frecuencia del semáforo, las pizzas por encargo, la eyaculación) y deja que
todo ocurra, hastiado y aburrido de todo, dejándose, abandonándose. Estoy
cansado de ustedes, murmura Javier al mismo tiempo que deja caer sus brazos y
pierde su mirada en lo más alto del techo, buscando gotas del líquido oscuro y
que se lo lleve todo. Que se lleve hasta su jefe. Un mar de voces lo ofusca
como un enjambre de abejas. Intenta sacarlas, golpeándose la cabeza con sus manos
abiertas, los dedos completamente extendidos, como si fueran puerto de escape
para esas voces. Cierra los ojos.
Silencio.
Las sombras se alejan. Javier levanta la vista. La
criatura se queda al final del grupo, parece buscar su mirada para decirle
algo. La figura se detiene mientras la disímil caravana sigue su paso. Javier
lo evita, mira el suelo. Se siente juzgado. No he hecho nada, grita. Ustedes,
ustedes, o los otros me trajeron acá, yo no tengo nada que ver con esto, le
dice. La criatura azul no dice nada. Javier decide mirarla y ve las piernas
azulosas cansadas, los brazos caídos y la mirada perdida. Abunda la confusión y
el cansancio. La criatura azul está devastada. Sintió cada una de las muertes,
cada uno de los huevos que no dejó rastro y sintió como el universo perdió una
parte de su memoria, acercándose al frío, al amenazador cero absoluto. Vio
millones de amaneceres y atardeceres, trillones de flores, montañas, columnas
de cristal, vientos, desiertos, bosques submarinos, infinitos mundos que se
fueron con esos seres, tragados en el descontrol del líquido negro. Javier siente
un poco de eso a través de la mirada del tipo azul. Apesadumbrado por su
egoísmo, se levanta. La criatura azul dibuja algo en su rostro que Javier
interpreta como una sonrisa, la sonrisa más triste que podría figurar y recuerda
un comercial de una aseguradora. Pero esto era diferente.
Al dirigirse a la criatura, Javier es abrumado por
las voces nuevamente. Esta vez nota que se dirigían a él, que lo llaman, que lo
invitan. Ve que están un poco más adelante, así que, apurando el paso, invita a
la criatura azul a que se le una. Corren. Al reunirse con el resto de la
caravana, Javier es parte de la camaradería, sonríe. Decide que es mejor
entregarse y ver qué pasa. Entonces pasa. Un viento terrible los tira al suelo.
Es como un grito sordo. Una criatura gigantesca y delgada aparece desde la
entrada del túnel. Ruge sin boca. Sus 17 brazos que están por todo su cuerpo se
extienden por todo el túnel, buscando de que aferrarse. Un brazo más grueso,
que podría ser su cabeza, se agita en todas las direcciones, buscando,
identificando. Javier la mira y cree que está hecha del mismo líquido oscuro
que lo devoró todo.
Cientos de ojos se abren por todo el cuerpo de la
criatura.
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