jueves, 12 de mayo de 2016

Condición (II)



II

Olor como el de carne asada y pelo chamuscado se le queda pegado en la nariz mientras la tenaza lo transporta a una velocidad inconmensurable por una galería de diferentes luces. A veces ve a los otros a través de las luces, en otras galerías, viajando tan rápido como él. Las tenazas lo colocan en un huevo transparente de su tamaño. Las paredes son flexibles y pegajosas. En su interior hay cientos de círculos de metal que parece que lo miraran. Los círculos secretan un líquido que podría ser agua, pero Javier desconfía de todo. El agua lo cubre, cree que va a morir, que por fin va a morir, que no logrará contarle a su jefe que no llegará, que el archivo de la presentación quedó en su computador, ahí, en la carpeta del proyecto de la empresa de compraventa de órganos y que a lo mejor nadie se va a dar cuenta. Algunos de los círculos metálicos dejan la pared interior del huevo y pegan al cuerpo de Javier, permaneciendo unidos a la pared por un delgado cable que brilla con los cambios de luz. Javier cierra los ojos y piensa en todas las mujeres con las cuales no estuvo, piensa en todo lo que no consiguió, en los lugares que no visitó, el auto que no compró, en su familia, en su madre que seguramente lo extrañaría. Piensa en la luz al final del túnel. El líquido llena sus pulmones pero no muere. Respira, entregándose al líquido. Siente pequeños burbujeos en su garganta, quiere toser, algo se retuerce en su interior. Mueve sus brazos, sus piernas, intenta sacarse los círculos de metal que responden con una pequeña carga eléctrica. Javier comprende que aún no morirá, que tendrá que terminar esa presentación con la campaña publicitaria enfocada en gente joven y sana; y al mismo tiempo drogadictos y alcohólicos. Una vida por otra. Plata por plata. Al final es eso. Quien da, quien pide, cuanto sacamos nosotros de la diferencia. Un porcentaje, un decimal multiplicando una cifra gigantesca y otro porcentaje ponderando el tiempo. Números de cuenta para alojar números de saldos positivos y negativos. Cuotas.

La luz azulosa del lugar cambia. El techo, muy arriba, se abre como un obturador. La luz cambia, se vuelve verde, azul, blanca, y puede ver que está rodeado de cientos de huevos con cientos de especies diferentes, que cuelgan en hileras alrededor de un ducto que está en el centro del lugar por donde llegan las tenazas y depositan a los seres que son envueltas en los huevos. Hay paneles y pantallas por todas partes, pero Javier no logra ver ninguna criatura arácnida roja. No sabe si es por el agua del huevo, pero todo le parece muy silencio. El cielo se oscurece rápidamente, el techo obturador reacciona cerrándose pero se queda a mitad de camino. Luces azules intermitentes y una voz suave llenan el lugar. Entra una suerte de vehículo, una plataforma plateada flotante de la que bajan dos criaturas pequeñas, llenas de placas blancas, que a Javier le recuerdan los chanchitos de tierra del jardín de su fallecida abuela. Las criaturas se dirigen a uno de los paneles centrales que se acomoda a su estatura. Teclean, mueven sus cortos brazos en todas direcciones.  Una de las criaturas se gira en dirección a Javier: sus ojos son verdes y brillosos, perdidos en una realidad inaccesible para el humano.  La oscuridad exterior toma la forma de una nube, desciende hacia el techo obturador. Javier se da cuenta de que no es la noche súbita ni una nube, si no que una densa capa de un líquido oscuro, una ola obsidiana, un plástico fundido hecho del más concentrado y negro petróleo.  El líquido cae pesado a través del orificio del techo que logra cerrarse para contener el líquido. Algunas gotas caen sobre los huevos. El líquido devora los huevos que se deforman al contacto, como si la sustancia negra estuviese muy caliente. Las criaturas de las placas se suben rápidamente a su plataforma y desaparecen en un lejano túnel.

Gritos que no fueron.

Noche.

El líquido oscuro continúa su viaje, consumiendo todo bajo sí. Javier puede escuchar como las gotas se deslizan por las paredes y emiten un pequeño chirrido mientras lo corroen todo. Poco a poco, el techo termina por ceder: pequeñas aberturas dejan entrar luz y, al mismo tiempo, la oscuridad del líquido que cae sobre parte de los huevos sobrevivientes sin dejar rastro de nada. La luz azul intermitente se apaga, la voz se desvanece, los círculos metálicos se desprenden de la piel de Javier, los huevos se tambalean, todo se retuerce con violencia. Los huevos restantes caen y estallan, desarmándose. Los sobrevivientes parecen recién nacidos. Se miran con espanto, pero nadie se atreve a emitir ningún tipo de sonido. Javier camina hacia el centro del lugar y ve el irregular abismo que ha dejado el líquido a su paso. En la orilla queda un poco de residuo oscuro. Javier estira su mano para tocarlo. Al acercar su mano se da cuenta que está frío. La gota se mueve, casi reacciona a la presencia de la mano de Javier y devora el suelo del lugar, hasta desaparecer de la vista de Javier.  

Mientras algunos de los seres se organizan, Javier se pone a caminar en dirección al túnel por el que escaparon los chanchitos de tierra. Parece no importarle la destrucción que deja a su paso el oscuro líquido, destrucción parecida al vacío. Simplemente camina, solo y desnudo, por el largo túnel verdoso, repleto de detalles, ornamentas, relieves conviviendo con toda clase de tubos y cables en todas las direcciones. Prefiere estar solo. Le molesta el falso espíritu colaborativo del tipo azul que se quedó organizando al resto. Quién lo puso a cargo. Se cree líder. Cada  uno se rasca con sus propias uñas no más. Esto es la ley de la selva. Nuevamente Javier siente ganas de vomitar. Parte del agua del huevo ha quedado en su cuerpo. Se retuerce largos minutos antes de poder eliminar una sustancia amarilla, bilis habitada por pequeños corpúsculos verdes. Se sienta en el suelo y comienza a tocarse desesperadamente, pero no sabe lo que busca. Se siente violado y usado. Duda sobre la naturaleza de su cuerpo. Explora sus manos minuciosamente: nunca habían estado tan blancas y gelatinosas, tan transparentes que puede ver sus glóbulos rojos cansados  de ser invadidos por intrusos de plástico y metal. Mueve sus muñecas con dificultad. Intentar ordenar el tiempo que lleva en esto lo agota y exaspera. Mira el techo y todo le es absolutamente inconmensurable. Imposible, ríe. Siente frío, lleva su mirada al suelo: un plástico duro como el cemento lo cubre todo. Piensa en calles, en ciudades, en su casa, en el edificio en donde trabaja y todo le parece tan lejano y distante. Irreal. Llega el hambre y la sed: nada. Puede posponer sus necesidades cuando está solo. ¿A qué distancia estará el humano más próximo?  Se pregunta Javier. Inútilmente figura la imagen del sistema solar, esas pelotitas girando en torno al sol, ordenadamente, respetuosamente, siguiendo las órdenes de algo que podría ser dios, algo que le da seguridad a todo lo que ocurre en cada uno de esos planetas, algo que le dice que el día de mañana no va a caer un meteorito sobre la tierra y va a acabar con todo. Y él ahora estaba en un planeta con el cielo verdoso junto a cientos de criaturas de diferentes partes de la galaxia o universo o lo que sea, viendo como sus captores escapaban de un líquido negro del olvido. Se siente como un bicho, o un mal actor dentro de una superproducción. Entonces escucha voces que golpean su cabeza. Sabe que están ahí, que no hay nadie alrededor. Se levanta, vuelve la mirada a la entrada (¿entrada?) del túnel. Sombras confusas se suceden unas a otras hasta que toman cuerpo. Es el tipo azul.

Lo observan mucho tiempo, sin embargo y a pesar del hambre, Javier pierde la urgencia. Pierde, después de todo, la noción usual que tenía de tiempo (la  descarga de un archivo, la frecuencia del semáforo, las pizzas por encargo, la eyaculación) y deja que todo ocurra, hastiado y aburrido de todo, dejándose, abandonándose. Estoy cansado de ustedes, murmura Javier al mismo tiempo que deja caer sus brazos y pierde su mirada en lo más alto del techo, buscando gotas del líquido oscuro y que se lo lleve todo. Que se lleve hasta su jefe. Un mar de voces lo ofusca como un enjambre de abejas. Intenta sacarlas, golpeándose la cabeza con sus manos abiertas, los dedos completamente extendidos, como si fueran puerto de escape para esas voces. Cierra los ojos.

Silencio.

Las sombras se alejan. Javier levanta la vista. La criatura se queda al final del grupo, parece buscar su mirada para decirle algo. La figura se detiene mientras la disímil caravana sigue su paso. Javier lo evita, mira el suelo. Se siente juzgado. No he hecho nada, grita. Ustedes, ustedes, o los otros me trajeron acá, yo no tengo nada que ver con esto, le dice. La criatura azul no dice nada. Javier decide mirarla y ve las piernas azulosas cansadas, los brazos caídos y la mirada perdida. Abunda la confusión y el cansancio. La criatura azul está devastada. Sintió cada una de las muertes, cada uno de los huevos que no dejó rastro y sintió como el universo perdió una parte de su memoria, acercándose al frío, al amenazador cero absoluto. Vio millones de amaneceres y atardeceres, trillones de flores, montañas, columnas de cristal, vientos, desiertos, bosques submarinos, infinitos mundos que se fueron con esos seres, tragados en el descontrol del líquido negro. Javier siente un poco de eso a través de la mirada del tipo azul. Apesadumbrado por su egoísmo, se levanta. La criatura azul dibuja algo en su rostro que Javier interpreta como una sonrisa, la sonrisa más triste que podría figurar y recuerda un comercial de una aseguradora. Pero esto era diferente.

Al dirigirse a la criatura, Javier es abrumado por las voces nuevamente. Esta vez nota que se dirigían a él, que lo llaman, que lo invitan. Ve que están un poco más adelante, así que, apurando el paso, invita a la criatura azul a que se le una. Corren. Al reunirse con el resto de la caravana, Javier es parte de la camaradería, sonríe. Decide que es mejor entregarse y ver qué pasa. Entonces pasa. Un viento terrible los tira al suelo. Es como un grito sordo. Una criatura gigantesca y delgada aparece desde la entrada del túnel. Ruge sin boca. Sus 17 brazos que están por todo su cuerpo se extienden por todo el túnel, buscando de que aferrarse. Un brazo más grueso, que podría ser su cabeza, se agita en todas las direcciones, buscando, identificando. Javier la mira y cree que está hecha del mismo líquido oscuro que lo devoró todo.

Cientos de ojos se abren por todo el cuerpo de la criatura.

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