viernes, 1 de julio de 2016

Condición (IV)



El exterior es liso. No hay nubes, solo un cielo azul verdoso, con manchones negros esparcidos en todas las direcciones. Las manchas crecen y lo tragan todo. Es como un estacionamiento de plástico. Un estacionamiento infinito. Javier cree ver, a la distancia, edificios como panales de abejas hechos de concreto, cubiertos de luces.  Y en el intertanto silencio. Cuerpos jadeantes. Todas las criaturas están exhaustas. Incluso las más grandes y feroces. Necesitan comida, abrigo, refugio. La desesperanza es absoluta.

Motivado por su idiotez o la inercia o el asco que le producen las criaturas que han sufrido junto a él, Javier continúa la marcha hacia los panales, dejándose llevar por la suave brisa que recorre la explanada plástica. Algunos lo siguen, empujados por su poderosa inercia. Llevan la cabeza, tentáculos, brazos, extremos caídos. Pero ya no pueden sentir tristeza, pena, siquiera rabia. Solo su respiración, el calor del cansancio, las heridas en las extremidades motoras. Otros caen de cansancio, otros se arrastran, deseando morir, ahí solos en un planeta en medio de la guerra. Nadie se preocupa del otro, el grupo está definitivamente fragmentado. La felicidad del escape fue absolutamente destruida por la desierta y abrumadora explanada de plástico. Azul no lo entiende. Intenta hablar con algunos pero se da cuenta de que el vacío, finalmente, los ha inundado. Se da cuenta que el líquido negro los ha poseído, dejando atrás incluso los traumas del rapto y la nostalgia del hogar. Claro, ahí morirán. Los atraparán los insectos para devorárselos o serán víctimas del implacable líquido oscuro. O serán aniquilados en medio del fuego cruzado. Y a pesar de que Azul está conciliado con la muerte desde el día en que tuvo que guiar los ritos funerarios de sus padres, dos criaturas azules tan grandes y alargadas como él que fueron desintegradas por las poderosas mentes de los integrantes de su tribu para retornar a la gran bóveda morada de su planeta natal, Azul siente que por fin el miedo lo ha tocado y que no volverá a ser el mismo, que necesitará años de meditación solitaria en las montañas más altas y frías para poder purificarse. Se arrodilla. Llora.

Javier camina pesadamente, mirando el cielo, con la mirada perdida en las heridas negras del cielo. Cree que puede ver insectos gigantescos que batallan en lo alto, en el espacio, contra oscuros objetos cambiantes. Cree que puede ver la Tierra. Cree que ya no volverá y que es mejor así. Casi no soporta su desnudez. Se cubre torpemente mientras camina. Intenta confiar en las películas, intenta confiar en que una nave lo rescatará, que todo saldrá bien. Las manchas en el cielo siguen extendiéndose. Quizás habría sido mejor nunca dejar la burbuja de contención. Debí haber tragado el líquido. Debí haberme quedado a esperar.  Piensa en volver con los crustáceos, entregarse, pedir disculpas, humillarse para que lo dejen en paz. Piensa en volver con su ex, en la abuelita de 93 años. Le perdonaré todo. Recuerda a las criaturas que fueron devoradas por el líquido negro. Nada tiene sentido, se dice, nada. Porque nos trajeron a morir aquí. A morir de hambre, la peor muerte, la muerte que se siente todo el tiempo y que no se detiene cuando falleces, si no que cuando se desintegra la última partícula de médula de tus huesos, como en ese comercial del desierto y la experiencia del infierno en la Tierra y la gaseosa refrescante.

Una criatura (pequeña como un mono, rojiza, de piel dura pero transparente; grandes ojos amarillos atravesados por una delgada línea negra matizada con verde; una línea de pelo rojo intenso extendiéndose como una cresta desde su frente hasta su cola larga de lagartija), chilla sonoramente por largos minutos antes de que alguien la tome en cuenta. En verdad nadie la considera, otra criatura (una esfera de carne azulosa repleta de ojos y múltiples tentáculos como piernas) tropieza con ella y pone atención a lo que la criatura rojiza intenta mostrar. Es como una alcantarilla en el suelo. La criatura rojiza cree que en su interior hay un refugio, comida, agua. La esfera ríe (sus tentáculos se estiran y contraen, sus ojos se abren y cierran moviéndose en todas las direcciones, su interior suena como una corneta de cumpleaños). Es la risa, finalmente, la que provoca que todos pongan atención. Todos observan, nadie se acerca. Azul –recién salido de su letargo tras oír la risa-  interviene y retransmite el mensaje de la criatura rojiza al resto. Nadie quiere discutir mucho o hacer algo. Algunos se detienen y toman asiento, como esperando. Javier cree que es una estupidez que será peor, que es un riesgo, que algo terrible va a pasar. No sé imagina que otra atrocidad pueda ocurrir, pero ocurrirá. Cierra los ojos y se imagina a su ex.

No sabe cuánto tiempo ha pasado. Un sonido de piedras cayendo lo despierta. Se levanta de un salto, se resiente, se curva, mira a su alrededor: las criaturas están entrando por la alcantarilla. No, no tiene ganas de entrar, de encerrarse nuevamente. Entonces una de las criaturas que esta por entrar lo observa. Se miran a los ojos (ojos abiertos, azules con puntitos de muchos colores) y entiende la advertencia. El ruido no es de la alcantarilla. Es el cielo que se rasga definitivamente y cede ante el líquido oscuro. Cascadas del líquido perverso cruzan el cielo hacia el planeta y, desde la gran abertura, una gran esfera entra a la órbita del planeta de los insectos. Es un oscuro y tenebroso parto. Javier casi puede escuchar la música incidental, las voces gregorianas alzándose sobre los instrumentos. Todo se vuelve frío. Javier se lanza a los brazos gelatinosos de la criatura de ojos azules.

Luego de horas de recorren un pequeño canal, seguramente hecho por los chanchitos de tierra plateados, llegan (caen) a una plaza circular subterránea repleta de hongos de diferentes formas y tamaños. Alrededor de la plaza hay seis puertas que dan a los dormitorios de los habitantes del subterráneo. Un pequeño haz de luz ilumina desde muy alto el centro de la plaza que esta ornamentada con esculturas que cambian de forma constantemente, como si representarán una historia circular: la construcción de una gran pirámide de base hexagonal, huevos de un gran insecto que son custodiados eternamente por grandes insectos que nunca deben abandonar su puesto, luces, una nave que viaja a un planeta distante llevando a la reina madre. Las criaturas exploran las habitaciones. No hay insectos. Las habitaciones, pequeños domos de muros de arena, tienen una fosa en el centro. Esferas toscas con el aspecto de piedras están pegadas con una fina capa de un líquido blanco en diferentes partes del techo en cuyo centro hay un pequeño orificio por donde entra una débil luz que ilumina la habitación. Una de las criaturas trepa al techo y arranca una de las esferas con fiereza. Desesperado la mastica. Expectación. Se escucha el sonido de su mandíbula repleta de dientes retractiles y móviles que convierten la comida en un bolo seco que se mueve lentamente por su, digamos, esófago, que no es más que un largo túnel compuesto por placas de hueso y carne dura por el que escurre un ácido que cumple la doble función de lubricar y desintegrar la esfera tosca. La criatura espera, cerrando los ojos, imaginando el recorrido de la esfera en su sistema de digestión. Eructa. Todos se lanzan a comer.

En la satisfacción de la comida, descansan. 

Sueñan. Hay sueños de casas bajo el agua, de familias, de selvas multicolores, de abrazos y caricias, sueños de cielos estrellados que, sin saberlo, miran a la misma estrella en sus diversos tiempos. Hay paz, hay olvido, hay una idea de que se podrán salvar o de que, al menos, vivirán otro día y que es suficiente, y que ya se verá. 

La luz se vuelve anaranjada e intensa. Despiertan. Nada más pasa. La quietud los asusta incluso. Aguardan unos minutos antes de moverse, y nada más sucede. Se levantan, van a comer, algunos intentan conversar, exploran las seis habitaciones, otros descansan, el resentimiento corporal es fuerte y pesado. Javier es uno de esos. Prefiere quedarse en el rincón que encontró cerca de esa gran criatura peluda. Mira el suelo y piensa en los chanchitos de tierra, en los del jardín de su abuela, esos que estaban debajo de los maceteros. Que terrible macetero es este, piensa, mientras con dificultad se sienta y estira un poco sus brazos. Javier piensa en ropa, en algo que ponerse encima, pero solo quedan los restos de esa tela que mantenía a las esferas en los techos y, a pesar de que el calor de las criaturas y la estructura cerrada mantienen la calidez del lugar, siente frío y pena y le gustaría llorar, llorar y no detenerse y despertar en su cama y que su madre lo abrace, pero nada será así, las criaturas seguirán ahí al igual que las náuseas constantes a las que ya se está acostumbrando. Necesita salir. Pasa sus manos sobre su rostro, como refregándose, como si pudiera sacarse toda esta mierda de encima. Se levanta, con dificultad, se levanta y busca la salida.

Azul, que en verdad no durmió y apenas comió, observa a Javier desde que se despertó. Siento su insatisfacción e inquietud desde el comienzo. A diferencia del resto, Javier no participó de la fiesta y la larga conversación que la siguió. Las criaturas, la mayoría, acordaron mantenerse en el lugar hasta recuperar fuerzas y buscar alguna forma de escapar. Al menos, pensaba Azul, eso nos mantendrá con la mente ocupada, con alguna forma vaga de esperanza. No sabemos nada. Escapar. Volver. No sabemos nada. No entendemos a estas criaturas y desconocemos los intereses de las formas oscuras. Azul no puede sacarse la imagen de la criatura siendo devorada por el ente oscuro de los tentáculos y líquidos. Cree que de alguna forma cada una de las células de la criatura ingresaron, una por una, a la estructura del ente oscuro y lo completaron. No sabe, todo se vuelve borroso y confuso, todo ha sucedido muy rápido. La conversación sigue. Las criaturas intentan figurar como escaparán. No llegan a nada y, finalmente, se duermen.

El humano logra salir. El cielo se ha vuelto morado. Un viento azota el lugar. A lo lejos ve como un ejército de arañas rojas desciende de una nave y se dirige en dirección a los túneles de donde escaparon. Las figuras desaparecen. Es su oportunidad. Mientras tanto, la gran esfera se interna en el planeta devorándolo/entiéndolo todo.

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