El
exterior es liso. No hay nubes, solo un cielo azul verdoso, con manchones
negros esparcidos en todas las direcciones. Las manchas crecen y lo tragan
todo. Es como un estacionamiento de plástico. Un estacionamiento infinito.
Javier cree ver, a la distancia, edificios como panales de abejas hechos de
concreto, cubiertos de luces. Y en el
intertanto silencio. Cuerpos jadeantes. Todas las criaturas están exhaustas.
Incluso las más grandes y feroces. Necesitan comida, abrigo, refugio. La
desesperanza es absoluta.
Motivado
por su idiotez o la inercia o el asco que le producen las criaturas que han
sufrido junto a él, Javier continúa la marcha hacia los panales, dejándose
llevar por la suave brisa que recorre la explanada plástica. Algunos lo siguen,
empujados por su poderosa inercia. Llevan la cabeza, tentáculos, brazos,
extremos caídos. Pero ya no pueden sentir tristeza, pena, siquiera rabia. Solo
su respiración, el calor del cansancio, las heridas en las extremidades
motoras. Otros caen de cansancio, otros se arrastran, deseando morir, ahí solos
en un planeta en medio de la guerra. Nadie se preocupa del otro, el grupo está
definitivamente fragmentado. La felicidad del escape fue absolutamente
destruida por la desierta y abrumadora explanada de plástico. Azul no lo
entiende. Intenta hablar con algunos pero se da cuenta de que el vacío,
finalmente, los ha inundado. Se da cuenta que el líquido negro los ha poseído, dejando
atrás incluso los traumas del rapto y la nostalgia del hogar. Claro, ahí
morirán. Los atraparán los insectos para devorárselos o serán víctimas del implacable
líquido oscuro. O serán aniquilados en medio del fuego cruzado. Y a pesar de
que Azul está conciliado con la muerte desde el día en que tuvo que guiar los
ritos funerarios de sus padres, dos criaturas azules tan grandes y alargadas
como él que fueron desintegradas por las poderosas mentes de los integrantes de
su tribu para retornar a la gran bóveda morada de su planeta natal, Azul siente
que por fin el miedo lo ha tocado y que no volverá a ser el mismo, que
necesitará años de meditación solitaria en las montañas más altas y frías para
poder purificarse. Se arrodilla. Llora.
Javier
camina pesadamente, mirando el cielo, con la mirada perdida en las heridas
negras del cielo. Cree que puede ver insectos gigantescos que batallan en lo
alto, en el espacio, contra oscuros objetos cambiantes. Cree que puede ver la
Tierra. Cree que ya no volverá y que es mejor así. Casi no soporta su desnudez.
Se cubre torpemente mientras camina. Intenta confiar en las películas, intenta
confiar en que una nave lo rescatará, que todo saldrá bien. Las manchas en el
cielo siguen extendiéndose. Quizás habría sido mejor nunca dejar la burbuja de
contención. Debí haber tragado el líquido. Debí haberme quedado a esperar. Piensa en volver con los crustáceos,
entregarse, pedir disculpas, humillarse para que lo dejen en paz. Piensa en
volver con su ex, en la abuelita de 93 años. Le perdonaré todo. Recuerda a las
criaturas que fueron devoradas por el líquido negro. Nada tiene sentido, se
dice, nada. Porque nos trajeron a morir aquí. A morir de hambre, la peor
muerte, la muerte que se siente todo el tiempo y que no se detiene cuando
falleces, si no que cuando se desintegra la última partícula de médula de tus
huesos, como en ese comercial del desierto y la experiencia del infierno en la
Tierra y la gaseosa refrescante.
Una
criatura (pequeña como un mono, rojiza, de piel dura pero transparente; grandes
ojos amarillos atravesados por una delgada línea negra matizada con verde; una
línea de pelo rojo intenso extendiéndose como una cresta desde su frente hasta
su cola larga de lagartija), chilla sonoramente por largos minutos antes de que
alguien la tome en cuenta. En verdad nadie la considera, otra criatura (una
esfera de carne azulosa repleta de ojos y múltiples tentáculos como piernas)
tropieza con ella y pone atención a lo que la criatura rojiza intenta mostrar.
Es como una alcantarilla en el suelo. La criatura rojiza cree que en su
interior hay un refugio, comida, agua. La esfera ríe (sus tentáculos se estiran
y contraen, sus ojos se abren y cierran moviéndose en todas las direcciones, su
interior suena como una corneta de cumpleaños). Es la risa, finalmente, la que
provoca que todos pongan atención. Todos observan, nadie se acerca. Azul
–recién salido de su letargo tras oír la risa- interviene y retransmite el mensaje de la
criatura rojiza al resto. Nadie quiere discutir mucho o hacer algo. Algunos se
detienen y toman asiento, como esperando. Javier cree que es una estupidez que
será peor, que es un riesgo, que algo terrible va a pasar. No sé imagina que
otra atrocidad pueda ocurrir, pero ocurrirá. Cierra los ojos y se imagina a su ex.
No
sabe cuánto tiempo ha pasado. Un sonido de piedras cayendo lo despierta. Se
levanta de un salto, se resiente, se curva, mira a su alrededor: las criaturas
están entrando por la alcantarilla. No, no tiene ganas de entrar, de encerrarse
nuevamente. Entonces una de las criaturas que esta por entrar lo observa. Se
miran a los ojos (ojos abiertos, azules con puntitos de muchos colores) y
entiende la advertencia. El ruido no es de la alcantarilla. Es el cielo que se
rasga definitivamente y cede ante el líquido oscuro. Cascadas del líquido
perverso cruzan el cielo hacia el planeta y, desde la gran abertura, una gran esfera entra a la órbita del planeta de los insectos. Es
un oscuro y tenebroso parto. Javier casi puede escuchar la música incidental,
las voces gregorianas alzándose sobre los instrumentos. Todo se vuelve frío.
Javier se lanza a los brazos gelatinosos de la criatura de ojos azules.
Luego
de horas de recorren un pequeño canal, seguramente hecho por los chanchitos de
tierra plateados, llegan (caen) a una plaza circular subterránea repleta de
hongos de diferentes formas y tamaños. Alrededor de la plaza hay seis puertas
que dan a los dormitorios de los habitantes del subterráneo. Un pequeño haz de
luz ilumina desde muy alto el centro de la plaza que esta ornamentada con
esculturas que cambian de forma constantemente, como si representarán una
historia circular: la construcción de una gran pirámide de base hexagonal,
huevos de un gran insecto que son custodiados eternamente por grandes insectos
que nunca deben abandonar su puesto, luces, una nave que viaja a un planeta
distante llevando a la reina madre. Las criaturas exploran las habitaciones. No
hay insectos. Las habitaciones, pequeños domos de muros de arena, tienen una
fosa en el centro. Esferas toscas con el aspecto de piedras están pegadas con
una fina capa de un líquido blanco en diferentes partes del techo en cuyo
centro hay un pequeño orificio por donde entra una débil luz que ilumina la
habitación. Una de las criaturas trepa al techo y arranca una de las esferas
con fiereza. Desesperado la mastica. Expectación. Se escucha el sonido de su
mandíbula repleta de dientes retractiles y móviles que convierten la comida en
un bolo seco que se mueve lentamente por su, digamos, esófago, que no es más
que un largo túnel compuesto por placas de hueso y carne dura por el que
escurre un ácido que cumple la doble función de lubricar y desintegrar la
esfera tosca. La criatura espera, cerrando los ojos, imaginando el recorrido de
la esfera en su sistema de digestión. Eructa. Todos se lanzan a comer.
En la satisfacción de la comida, descansan.
Sueñan. Hay
sueños de casas bajo el agua, de familias, de selvas multicolores, de abrazos y
caricias, sueños de cielos estrellados que, sin saberlo, miran a la misma
estrella en sus diversos tiempos. Hay paz, hay olvido, hay una idea de que se
podrán salvar o de que, al menos, vivirán otro día y que es suficiente, y que
ya se verá.
La luz se vuelve
anaranjada e intensa. Despiertan. Nada más pasa. La quietud los asusta incluso.
Aguardan unos minutos antes de moverse, y nada más sucede. Se levantan, van a
comer, algunos intentan conversar, exploran las seis habitaciones, otros
descansan, el resentimiento corporal es fuerte y pesado. Javier es uno de esos.
Prefiere quedarse en el rincón que encontró cerca de esa gran criatura peluda.
Mira el suelo y piensa en los chanchitos de tierra, en los del jardín de su
abuela, esos que estaban debajo de los maceteros. Que terrible macetero es
este, piensa, mientras con dificultad se sienta y estira un poco sus brazos.
Javier piensa en ropa, en algo que ponerse encima, pero solo quedan los restos
de esa tela que mantenía a las esferas en los techos y, a pesar de que el calor
de las criaturas y la estructura cerrada mantienen la calidez del lugar, siente
frío y pena y le gustaría llorar, llorar y no detenerse y despertar en su cama
y que su madre lo abrace, pero nada será así, las criaturas seguirán ahí al
igual que las náuseas constantes a las que ya se está acostumbrando. Necesita
salir. Pasa sus manos sobre su rostro, como refregándose, como si pudiera
sacarse toda esta mierda de encima. Se levanta, con dificultad, se levanta y
busca la salida.
Azul, que en
verdad no durmió y apenas comió, observa a Javier desde que se despertó. Siento
su insatisfacción e inquietud desde el comienzo. A diferencia del resto, Javier
no participó de la fiesta y la larga conversación que la siguió. Las criaturas,
la mayoría, acordaron mantenerse en el lugar hasta recuperar fuerzas y buscar
alguna forma de escapar. Al menos, pensaba Azul, eso nos mantendrá con la mente
ocupada, con alguna forma vaga de esperanza. No sabemos nada. Escapar. Volver.
No sabemos nada. No entendemos a estas criaturas y desconocemos los intereses
de las formas oscuras. Azul no puede sacarse la imagen de la criatura siendo
devorada por el ente oscuro de los tentáculos y líquidos. Cree que de alguna
forma cada una de las células de la criatura ingresaron, una por una, a la
estructura del ente oscuro y lo completaron. No sabe, todo se vuelve borroso y
confuso, todo ha sucedido muy rápido. La conversación sigue. Las criaturas
intentan figurar como escaparán. No llegan a nada y, finalmente, se duermen.
El humano logra
salir. El cielo se ha vuelto morado. Un viento azota el lugar. A lo lejos ve
como un ejército de arañas rojas desciende de una nave y se dirige en dirección
a los túneles de donde escaparon. Las figuras desaparecen. Es su oportunidad. Mientras tanto, la gran esfera se interna en el planeta devorándolo/entiéndolo todo.
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