martes, 12 de julio de 2016

Desnudos



Gente en una fila en un banco. Todo es gris y azul marino, un azul marino manchado por el paso del tiempo. Las personas se vuelven grises por la espera. Cada cierto tiempo suena un bip, alguien se mueve. Todo ocurre a la distancia. Aburrida coreografía de papeles firmados y timbrados, manos que se mueven de un lugar a otro, ojos que van y vienen buscando errores.

En la calle hay una explosión. Un vitoreo. Una multitud que corre desnuda en todas las direcciones, por todas partes. Invaden el banco, sobrepasando a los guardias que no saben qué hacer. Una mujer, desnuda, exige hablar con el dueño. Aquí no está el dueño, replica alguien desde un lejano mostrador, escondiéndose. La mujer insiste. La turba no se mueve un centímetro, conformando un cuerpo con la mujer. En el exterior: más explosiones, gritos, risas, cantos.

Y silencio.

Pasos. Una puerta. Otra. Escaleras. Botones. Puerta. Pasos. Aparece un hombre alto, vestido con un traje impecable, corbata perfectamente combinada. La mujer le dice, le ordena, que cierre el banco. Se acabó, sentencia. El hombre no entiende. La mujer se acerca, repite el mensaje. Todos la siguen con la mirada. Tienes que cerrar. Personas de la fila se desnudas. La turba los recibe con los brazos abiertos.

El hombre impecable saca una pistola oscura y reluciente que curiosamente combina con su traje y repite, de memoria, el discurso disuasivo del Manual de procedimientos ante eventos catastróficos y otras emergencias, capítulo 8, Ataques terroristas, violentistas y revoluciones ideológicas y étnicas, sección 3, Invasión de multitudes sobre-ideologizadas. El hombre impecable habla de mantener la calma, el ambiente de respeto de ideas, la tolerancia, que todo está bien, en que hay que discutirlo pero en otra instancia, que no es algo personal pero esta es una institución privada y que no quiere que nada pase a mayores pero ya llamó a la policía, que me dieron un arma (la levanta) y me dijeron que podía usarla (hace el amague de apuntar). El hombre mira a los guardias buscando respaldo. Uno de ellos se está desvistiendo, el otro contempla atónito, como diciendo no podemos hacer nada. La mujer desnuda abraza al hombre impecable que presiente algo que se cae muy lejos, una fractura, una catástrofe.

Una parte del grupo de los desnudos toma todos los papeles que puede y los queman. Asustados, los que no se desvistieron escapan, encontrándose en la calle con cientos de personas desnudas. La turba sale entre risas y cantos que el hombre impecable no descifra. El guardia atónito parece recobrarse y se acerca al hombre impecable. Vete, le dice el hombre.

El hombre impecable se queda solo, observando la ropa desordenada en el suelo del banco. Camina hacia los grandes ventanales polarizados que lo separa de la calle: los desnudos bailan, saltan, alegres, preparan comida en medio de la calle, se besan y abrazan como si hubiera finalizado una guerra. Todos están desnudos y felices. Cree ver a una de las cajeras, pero la verdad le parece diferente, otra. El hombre impecable sigue sin entender. El fuego crece. Suena la alarma de incendios y se activan los rociadores. El hombre impecable guarda el arma en el bolsillo interior de su chaqueta.

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