Gente en una fila en un banco. Todo es gris y azul
marino, un azul marino manchado por el paso del tiempo. Las personas se vuelven
grises por la espera. Cada cierto tiempo suena un bip, alguien se mueve. Todo
ocurre a la distancia. Aburrida coreografía de papeles firmados y timbrados,
manos que se mueven de un lugar a otro, ojos que van y vienen buscando errores.
En la calle hay una explosión. Un vitoreo. Una
multitud que corre desnuda en todas las direcciones, por todas partes. Invaden
el banco, sobrepasando a los guardias que no saben qué hacer. Una mujer,
desnuda, exige hablar con el dueño. Aquí no está el dueño, replica alguien
desde un lejano mostrador, escondiéndose. La mujer insiste. La turba no se
mueve un centímetro, conformando un cuerpo con la mujer. En el exterior: más
explosiones, gritos, risas, cantos.
Y silencio.
Pasos. Una puerta. Otra. Escaleras. Botones.
Puerta. Pasos. Aparece un hombre alto, vestido con un traje impecable, corbata
perfectamente combinada. La mujer le dice, le ordena, que cierre el banco. Se
acabó, sentencia. El hombre no entiende. La mujer se acerca, repite el mensaje.
Todos la siguen con la mirada. Tienes que cerrar. Personas de la fila se
desnudas. La turba los recibe con los brazos abiertos.
El hombre impecable saca una pistola oscura y
reluciente que curiosamente combina con su traje y repite, de memoria, el
discurso disuasivo del Manual de procedimientos ante eventos catastróficos y
otras emergencias, capítulo 8, Ataques terroristas, violentistas y revoluciones
ideológicas y étnicas, sección 3, Invasión de multitudes sobre-ideologizadas. El
hombre impecable habla de mantener la calma, el ambiente de respeto de ideas,
la tolerancia, que todo está bien, en que hay que discutirlo pero en otra
instancia, que no es algo personal pero esta es una institución privada y que
no quiere que nada pase a mayores pero ya llamó a la policía, que me dieron un
arma (la levanta) y me dijeron que podía usarla (hace el amague de apuntar). El
hombre mira a los guardias buscando respaldo. Uno de ellos se está
desvistiendo, el otro contempla atónito, como diciendo no podemos hacer nada.
La mujer desnuda abraza al hombre impecable que presiente algo que se cae muy
lejos, una fractura, una catástrofe.
Una parte del grupo de los desnudos toma todos los
papeles que puede y los queman. Asustados, los que no se desvistieron escapan,
encontrándose en la calle con cientos de personas desnudas. La turba sale entre
risas y cantos que el hombre impecable no descifra. El guardia atónito parece
recobrarse y se acerca al hombre impecable. Vete, le dice el hombre.
El hombre impecable se queda solo, observando la
ropa desordenada en el suelo del banco. Camina hacia los grandes ventanales
polarizados que lo separa de la calle: los desnudos bailan, saltan, alegres,
preparan comida en medio de la calle, se besan y abrazan como si hubiera
finalizado una guerra. Todos están desnudos y felices. Cree ver a una de las
cajeras, pero la verdad le parece diferente, otra. El hombre impecable sigue
sin entender. El fuego crece. Suena la alarma de incendios y se activan los
rociadores. El hombre impecable guarda el arma en el bolsillo interior de su
chaqueta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario