Primero
fue un eclipse que devoró la luna y todos los satélites que andaban por ahí
cerca. De un momento a otro se cayeron las comunicaciones internacionales, el
GPS, la televisión por cable. Las estaciones espaciales dejaron de transmitir. Nadie
entendía. No tenían los instrumentos. Era algo que no se podía medir por lo que
solo se podía reaccionar con espanto, con terror. Cientos de científicos
paralizados, con sus tazas de café con sus lentes, ahí, mirándose los unos a
los otros sin poder decir nada, absolutamente nada, sentados en un gran salón
de conferencias, pensando en los que no pudieron llegar porque se había caído
su avión o porque fueron asesinados por turbas enardecidas que exigían alguna
explicación. Unos se tomaban el pelo, otros limpiaban sus lentes una y otra
vez. Uno se levantó como pudo y se puso a hablar sobre lo que le pasaría a la
Tierra al no contar con Luna. Habló sobre la disminución de las mareas, los
posibles cambios en la precesión, en la posibilidad de un estancamiento de las
estaciones, y un sinfín de especies animales que desaparecerían. No lo sabemos,
porque desconocemos como las características del cuerpo negro afectarán las condiciones
gravitatorias y, en consecuencia, climáticas del planeta, dijo el científico respondiendo
a una pregunta de uno de los jefes de estado. Solo sabemos que está ahí porque
no refleja la luz, lo vemos por defecto. No, no es un hoyo negro. No sabemos
que es, solo sabemos que se tragó a la Luna y los satélites y las estaciones
espaciales, y que nuestros instrumentos no nos dicen nada. Nada. No sabemos
nada. Sabe lo que es para un científico no saber, no poder medir, no poder
siquiera cualificar lo que ve, no podemos darle sentido, apenas podemos
elucubrar sobre que se trata de, de, de una suerte de materia negra, pero
tampoco podemos afirmarlo con certeza. Claro, dispárenle, bombardéenlo, hagan
lo que quieran. Esto es el fin. Nadie ha querido decirlo, pero es nuestro fin.
Se acabó. Caput. No estoy delirando, esto es así, ocurrirá. No voy a beber
agua, maldita sea, cállate Molly, tú, como climatóloga, lo sabes mejor que yo,
TODO SE FUE A LA MIERDA. Y no sabemos porqué, ni cómo. Todas nuestras hermosas
construcciones, nuestros modelos estocásticos y fenomenológicos, nuestra
filosofía y arte serán devorados por un maldito huracán o lo que sea. O
simplemente nos moriremos de hambre o nos mataremos los unos a los otros.
Seguramente eso pasará , eso. Nos mataremos antes de que esto nos mate a
nosotros. Que simple. Al final los humanos siempre tenemos una respuesta todo,
no. Y que hacemos acá, que me ven, me voy joder, mierda, me voy. Jódanse. Como
quieren que mantenga la calma.
El
siguiente en hablar es un tipo que había pasado inadvertido. Es el jefe del
departamento de migraciones de la ONU. Las fronteras están en descontrol, dice.
Muchos estados, los más pequeños, han decidido liberar a los presos. No tienen
ningún control sobre nada. La histeria se apoderó de todos. La gente va de un
lugar a otro. Se habla de refugios, de bunkers, de paraísos ocultos. La gente
paga lo que sea. Otros hablan de dios, de dioses, de venganza, del día del
juicio, citan a la biblia, a las biblias, a textos apócrifos de cristo, a comics
de superman. Hay quienes se internan en la selva. Hay quienes saquean y son
saqueados. Han aumentado los crímenes racistas contra la gente de color. En
algunas ciudades han sacrificado a todos los gatos. En otras matan a las niñas
que acaban de menstruar y las acusan de brujería. Jóvenes que se suicidan
porque no pueden seguir jugando en línea, padres que no saben que decirles a
sus hijos. Hay descontrol, caos y desesperanza. Necesitamos esperanza, poder
confiar en algo, en que tenemos la solución, que esto es pasajero y que, como
tantas veces ha sucedido antes, nos sobrepondremos como siempre lo hemos hecho.
Porque de eso se trata esto. De vivir de alguna manera. Tenemos que
conseguirlo. La gente no sabe dónde ir. Les digo. Los de un país migran, llena
otro país, y el vacío se vuelve a llenar, y así. Parecen perros tras una presa
invisible. No sabemos nada. Como quieran. Pero tenemos que llegar con un plan
por estúpido e inútil que pueda parecernos. Esa gente depende de nosotros,
somos sus líderes y ustedes sus intelectuales, las mejores mentes de esta
generación.
Me
gusta la idea del plan estúpido, dice el presidente de Estados Unidos. Todos
asienten. Los jefes de estado se retiran y nombran representantes con poder
resolutivo. Forman grupos de discusión, comisiones. Hay plenarios, se traen más
expertos y grupos técnicos. Inventores de todo el mundo llevan su posible
solución. Las jornadas son largas y pesadas. El café insuficiente. Algunos
dejan de bañarse. Otros, en la desesperación, tienen sexo en medio de los
plenarios. Hay estallidos de histeria colectivos.
Un
grupo de discusión se desnuda, rompen unos maceteros y con la tierra arman un
precario huerto. Con la madera de las mesas y sillas improvisan carpas y
encienden fuego. Algunos se les unen. Practican el amor libre y lo comparten
todo. Dejan de hablar con el resto. La tribu crece a tal punto que se toman uno
de los pisos del edificio de conferencias por completo. Crean arcos, lanzas, martillos
con zapatos.
Otro
grupo de trabajo llega a la conclusión de que se trata de un problema religioso,
que la realidad objetiva solo provoca dolor. Crean un nuevo dios, al que
bautizan como Ego. Dicen que este nuevo dios les permitirá controlar al resto a
su imagen y semejanza, y viceversa. Ego lo ve todo y lo ignora todo. Ego nos
ayudará a superar este dolor, esta desesperanza. Solo debemos alabarlo a cada
segundo. No dejar de pensar en él. Su pensamiento anulará el dolor. Solo debemos
concentrarnos. El grupo se encierra en una sala de conferencias. Mueren de
hambre días después, entre su propia mierda. Nadie se entera.
Los
representantes de estado y el resto de los científicos optan por un último
plan. Uno de los científicos recuerda una película. Es simple, les dice al
resto, creamos una bomba muy poderosa y enviamos a un grupo de astronautas a
plantar la bomba en la cosa negra que ahora ocupa el lugar de la Luna. De
verdad es usted científico, pregunta otro. Eso es lo que necesitamos,
interrumpe uno de los representantes de estado. Se forman diálogos entre
pequeños grupos. Nuevos grupos de trabajo. Pasa el tiempo. No saben cuánto. La
desesperación lo distorsiona todo. Finalmente los representantes votan. El
proceso es confuso. Muchos votos nulos por proclamas sin sentido. La locura o
liberación los ha tocado a todos. Los pocos votos válidos aprueban la
construcción de la bomba y la nave que llevará al equipo a la esfera negra. Se
levanta la sesión. Hay una orgía. Aparecen los de la tribu del piso 10 y traen
un licor hecho a partir de tóner y con instrumentos fabricados a partir de
carpetas, teléfonos y computadores vacíos. La orgía termina en una masacre por
intoxicación. Los sobrevivientes deciden continuar con el plan.
Pasan
60 días.
Los
esfuerzos de miles de técnicos, ingenieros y científicos logran crear la gran
bomba nuclear que acabará con la perversión que se apoderó de la Luna. O eso
dicen los pocos medios vigentes. Hay una suerte de esperanza, de quietud, de
silencio. Todo el mundo mira, o escucha a través de la radio, la caminata de
los mártires que cumplen con plan absolutamente suicida, el último adiós, los
discursos de las diferentes autoridades, el despegue, la ascensión, la explicación
inentendible del jefe de los científicos a cargo del proyecto, la equivalencia
de la bomba a kilos de dinamita, las impresiones de la madre de cada uno de los
tripulantes, las biografías que muestran como estos héroes y heroínas estuvieron
destinados desde sus inicios a pertenecer al Olimpo de grandes seres humanos.
La nave se acerca la esfera. Hay un narrador que cuenta todo lo que ocurre
segundo a segundo. Entrega detalles sobre los preparativos de los tripulantes,
los procedimientos. La nave aminora su marcha. Al parecer hay un imprevisto. El
narrador inventa algo. Una mejora dice. Los científicos se miran
desconcertados. Intentan comunicarse con la nave. Han cortado físicamente el
sistema de comunicación. La compuerta principal de la nave se abre. Los
astronautas sueltan la bomba que se queda flotando en el espacio entre la
esfera oscura y el planeta Tierra. La nave incrementa su marcha y se va en
dirección a Marte. O al menos eso parece.
El
narrador no sabe que decir. En el cuartel de operaciones están devastados.
Algunos gritan histéricos dando órdenes a todo el mundo. Algunos se esconden
bajo sus escritorios, llorando, intentando comunicarse con sus seres queridos. Intentan
tomar el control de la nave por la fuerza. Y la bomba, alguien grita, que
pasará con la bomba. Intentan acceder. No hay respuesta. No saben si está operando,
si es una bomba de tiempo. Solo saben que flota en el espacio. Se flota en el
vacío, pregunta alguien sin recibir respuesta. Las comunicaciones, quién está a
cargo, recuerda de golpe un comandante de la fuerza aérea norteamericana.
La
transmisión se corta de golpe. La quietud se llena de dudas, de comentarios. La
locura vuelve a operar. Hay discusiones por lo ocurrido, peleas sin sentido que
terminan en muertes por ataques de fanatismo. Las calles son un extraño
escenario donde la gente se lanza a llorar, pelear o a follar. Todo simultáneamente
y entrecruzadamente. Gente que llora peleando y follando. Niños perdidos, niños
encontrados, gente que se lanza de los edificios, gente que se encierra en sus
hogares, gente que caza gente. Políticos que recorren las calles en grandes
camionetas repartiendo cajas con comida etiquetada con su fotografía. Personas
que recorren largas distancias para ver a sus seres queridos. Otros que ayudan
a los caídos que no conocen. Pequeñas esperanzas ante el vacío.
Una
luz. Es Dios. Es Alá. Es Ego. Es Zeus. Es la bomba. Los indicadores de
radiación se disparan. La esfera reacciona, deformándose, adaptándose a la
explosión. La cubre mientras crece mórbidamente. La explosión continúa en su
interior, expandiendo su tamaño irregularmente. Parece un racimo de uvas
oscuro. La esfera se tambalea un momento. La atmósfera terrestre reacciona, se
retuerce, se produce un vacío, y huracanes en todas las latitudes. Tormentas eléctricas.
Morados, naranjos prendidos, rojos violentos se ven en el cielo. Estruendos. Y
oscuridad.
El
racimo de uvas deja caer su negro jugo sobre la superficie terrestre.
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