viernes, 15 de julio de 2016

Bolaño



No puedo pensar en Bolaño y no sentir pena. Es cierto, le debemos un hígado. Y toda la pena que pueden cargar mis pulmones. La pena que siento cuando pienso en él es confusa. Me arrebata y me hace pensar en cómo todo se marchita, en como el tiempo es resuelto y absoluto. Lo imagino, a Bolaño, levantándose cada mañana y estirando sus manos para conocer en el temblor de sus manos el avance de su enfermedad. Hoy podré seguir escribiendo, hoy podré seguir leyendo. Lo imagino pequeño, pequeñísimo, lanzado a sus libretas escribiendo, con controlada desesperación, pensando en el destino de sus hijos. 

Me da pena. No lo conoceré nunca. Me da pena, especialmente cuando lo leo y releo. Cuando me topo con su poesía. Pienso en las conferencias que no dio, en los abrazos que no recibió, en el reconocimiento que hoy es homenaje póstumo. (Me despiertan sentimientos contradictorios sus obras póstumas, publicadas sin su permiso. Derechos de autor. Y también es bello verlo ahí en la vitrina, publicando como si estuviera en este plano. Es confuso.) 

Es una pena que me avergüenza, porque alguna vez quise ser como él y hoy me miro, atrapado en una crisis absurda. No, no soy valiente y arrojado. No soy un boxeador, ni siquiera un poeta mediocre, ni he pensado en acabar con las grandes instituciones literarias que representan algunos hombres (me da lástima secuestrar a Zurita). Desierto.

Pienso en su escritura, en su mano conectada a una morbosa pistola del futuro operando a mil kilómetros por hora, sintiendo placer por la historia, por el entramado de la historia. Cómo no sentirse disparado cuando terminamos de leerlo.  Cómo no sentir que bailamos en las ruinas de un cementerio del año 2666.

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