No puedo pensar en Bolaño y no
sentir pena. Es cierto, le debemos un hígado. Y toda la pena que pueden cargar
mis pulmones. La pena que siento cuando pienso en él es confusa. Me arrebata y
me hace pensar en cómo todo se marchita, en como el tiempo es resuelto y
absoluto. Lo imagino, a Bolaño, levantándose cada mañana y estirando sus manos
para conocer en el temblor de sus manos el avance de su enfermedad. Hoy podré
seguir escribiendo, hoy podré seguir leyendo. Lo imagino pequeño, pequeñísimo,
lanzado a sus libretas escribiendo, con controlada desesperación, pensando en
el destino de sus hijos.
Me da pena. No lo conoceré nunca.
Me da pena, especialmente cuando lo leo y releo. Cuando me topo con su poesía.
Pienso en las conferencias que no dio, en los abrazos que no recibió, en el
reconocimiento que hoy es homenaje póstumo. (Me despiertan sentimientos
contradictorios sus obras póstumas, publicadas sin su permiso. Derechos de
autor. Y también es bello verlo ahí en la vitrina, publicando como si estuviera
en este plano. Es confuso.)
Es una pena que me avergüenza,
porque alguna vez quise ser como él y hoy me miro, atrapado en una crisis
absurda. No, no soy valiente y arrojado. No soy un boxeador, ni siquiera un
poeta mediocre, ni he pensado en acabar con las grandes instituciones
literarias que representan algunos hombres (me da lástima secuestrar a Zurita).
Desierto.
Pienso en su escritura, en su
mano conectada a una morbosa pistola del futuro operando a mil kilómetros por
hora, sintiendo placer por la historia, por el entramado de la historia. Cómo
no sentirse disparado cuando terminamos de leerlo. Cómo no sentir que bailamos en las ruinas de
un cementerio del año 2666.
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