viernes, 15 de julio de 2016

Desnudos (II)



II

Espera la micro. Fue del os pocos que se quedó hasta el final. Se escaparon. De pronto apareció un grupo de personas desnudas y dijeron algo, algo que la verdad no entiendo, pensó que simplemente estaban locos, que ya llegaría seguridad y que saldría en alguna red social. Aprovechó de sacar una foto con su teléfono celular y siguió en lo suyo. Voces alegres, risas se escuchaban en el pasillo principal. Se fueron. Creyó ver a uno de sus compañeros pero no reconocía  a nadie del grupo. Locos, pensaba mientras esperaba la micro.

Dos horas después decide pararse. Nota que no vendrá. Ningún auto viene. Revisa su teléfono pero hay poco información. Es decir, mucha información que se sucede una a otra a la velocidad del teclado, desdiciéndose, corrigiéndose, contradiciéndose, modificándose, borrándose, la siguiente, dale, dale, la siguiente. Camina hacia una calle más concurrida. Nada. Las calles parecen vacías. Todo está demasiado calmo, lo que lo incómoda y amedrenta. Algo va a pasar, un tipo va a caerle encima y le va a robar todo. Apura el paso. Piensa que caminar rápido lo hace parecer sospechoso. Baja la marcha, pero se mantiene atento.

La avenida principal está tan muerta como las calles pequeñas. En algunas partes hay ropa tirada. Escucha música la distancia. Es como una celebración. Las palomas cruzan el cielo, se detiene a mirarlas un segundo antes de seguir caminando hacia su casa. Lo mejor es seguir la ruta de la micro. Camina, piensa en su madre, seguro estará asustada, esto es raro, es como un apocalipsis, una catástrofe, es raro. En verdad es raro que de un momento se hayan desnudado y que al salir todo parezca muerto, salvo por esa música que es mejor evitar, piensa en que pasa si me asaltan, si me hacen algo, si me quitan la ropa, si me obligan a caminar desnudo, a bailar desnudo, y ver y tocar. Es raro. Imagínate desnudan a mi madre.

Camina hasta encontrar una tienda abierta. Pasa a comprar algo, va a un refrigerador, toma una botella de agua y saca unas galletas de una góndola. Llevo esto, pago con débito, dice sacando su tarjeta para pagar. Se pasa al tipo del mostrador. Débito, repite. El tipo de la tienda corta la tarjeta con unas grandes tijeras de metal plateadas. Tiene una gran sonrisa en el rostro. El de la tienda le pasa las cosas y le dice algo que no entiende porque siente un odio desde el estómago, desde el sentirse pasado a llevar, sentirse violentado. Salta el mostrador y ahorca al tipo de la tienda. Nota que este está desnudo. Aprieta su cuello. El tipo del mostrador sigue repitiendo lo mismo, pero no entiende entre manotazos y pataleos. Alguien lo toma de los hombros con fuerza. Es un grupo de desnudos que lo apartan del tipo de la tienda. Lo llevan a una esquina mientras otros se hacen cargo del tipo de la tienda que poco a poco vuelve a recuperar el aliento. Yo no, dice, no quería, no. Los desnudos lo abrazan, le dan palabras de aliento, de que todo va a estar mejor. Pero no lo ve, no lo siente, no lo entiende. Los ataca, los empuja. Corre.

Todo se vuelve borroso. Choca con un hombre. Se asustan. El otro se asusta y saca un arma de su chaqueta.

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