lunes, 24 de octubre de 2016

A veces me dan ganas de llorar



Íbamos de vuelta con nuestras compras cuando nos abordaron unas cabras que viven en un sitio eriazo en Manuel Rodriguez con Alameda. Me asusté. Pensé que nos harían algo, que le harían algo a la pequeña D. Apenas pude ver sus caras en la oscuridad de esa esquina. Estaban macheteando. Vieron mis bolsas y me pidieron un papel higiénico. Porque no nos dai’ un confort mejor. Más que una petición fue una exigencia que me hizo ver la ridiculez de mi miedo. Sentí una tristeza profunda. No solo por ellos -que hace unos meses eran como 4 cabros que se habían escapado del SENAME, y ahora son cerca de 10 que se organizan en una marea que se toma la vereda para cobrar peaje a los que pasan por ahí. Sentí una pena por el mundo al que tendrá que enfrentarse D. De repente me hace preguntas sobre cosas que ve, como un niño que canta en Plaza de armas, y responder es complejo porque cuesta dar una respuesta con ojos despejados. Una respuesta sin miedo. 

Nos alejamos de los sename, se escuchan las sirenas de los pacos que están dispersando a la gente que queda en la marcha contra la violencia de género. Y claro que los sename tienen que ser choros y agresivos. Viven en un mundo absolutamente violento que los quiere cambiar u olvidar. O, como hemos sabido, matar. Y tienen que escapar y organizarse y vivir de alguna forma su precariedad, y aferrarse a algo para comer algo, para soportar, para comprar un poco de parafina que les permita olvidar esta mierda de mundo que los detesta. Y ellos nos detestan, por supuesto. Como no van a odiar a un tipo que pasea con bolsas de supermercado feliz de la vida. Y yo temía que me hicieran algo. Algo como no sé, pegarme quizás, enterrarme un cuchillo. No lo sé. Todo es estúpido. Esperamos que estos cabros sean amables y sumisos, que nos pidan dinero con la cabeza gacha, haciendo una reverencia. Cuando no hay nada más lógico que ser agresivo en una sociedad que te califica de antemano como antisocial.

viernes, 21 de octubre de 2016

Los sueños no se hacen realidad


I

Tiene que escapar. Camina por un sendero oscuro en medio de un bosque. El sendero es un callejón entre dos inmensos edificios. Siente la textura de los ladrillos, el viaje del contaminado aire hasta sus pulmones, invadiendo cada uno de sus glóbulos rojos. La gente corre en todas direcciones, gritando. Un terror invisible lo invade. Está en un departamento. No debe salir. Camina al balcón: atardecer de incendios, humo, caos. Pequeñas partículas oscuras lo impactan. Arden. Alguien golpea la puerta, su vecina. Abre. Está en el departamento de la mujer. La odia. La mujer ensangrentada le habla desesperadamente de zombies que la han mordido, que es el fin. La mujer cae, bota espuma por la boca y convulsiona. La golpea con un palo hasta cansarse. La sangre, la sangre, la sangre. Sabe que lo de los zombies es una mentira, que es otra cosa peor o mejor, no lo sabe. El final de la humanidad es inminente. Nunca había visto un cerebro. Se pierde en los sesos desparramados por el pasto de la plaza por donde corre. Está solo. La policía -monstruosos humanos de plástico y metal- se mueve lentamente entre el denso gas lacrimógeno. Golpean, reducen, detienen. Aplastan. Perros ladran a la distancia. Ve una pantalla. IRONBLOOD. La palabra se graba en su mente. IRONBLOOD. Baja por unas escaleras de madera café oscuro. La pintura se descascara, dejando ver una pintura anterior de color azul. Hay un pasillo y al final una puerta doble. Entra, tiene que entrar. El pasillo es largo, hay habitaciones con largos ventanales. Se acerca a la puerta. Ve figuras humanas, de pie y sentadas. Entra. La sala es grande. Hay una pantalla gigante. IRONBLOOD. Cada persona sostiene una pantalla y una antena. Ellos son los responsables. Es un error. Todo fue un error. Lo miran sin girar su cabeza. La equivocación se transforma en espanto. En pánico. Una fuerza superior que lo paraliza.
Todo se vuelve borroso, inalcanzable.  

Despierta.

Otra vez, despierta. 

Ya van 5 semanas consecutivas. 

No hay descanso.

Las imágenes del computador se suceden con rapidez. Casi no puede tocar las cosas. Vive desde una bruma mental. Todo pasa por encima y lo aplasta. Escucha el ruido de los huesos quebrándose, el líquido vidrioso que sale de sus glóbulos oculares. 

Intenta dormir y no soñar. 

Es imposible.

La pesadilla lo derrumba todas las noches. Con pequeñas variaciones, pero es la misma desagradable sensación de no controlar, de estar sentado frente a una consola llena de botones y palancas y nada funciona o provoca el efecto contrario. Tiene la sensación de que lo han golpeado o de que ha corrido por horas. Sus músculos se agarrotan. Abrir los ojos y no saber si están abiertos.

De pronto tiene un recuerdo. Está acostado, como ahora, mira el techo y alguien lo acompaña. Una mujer. No es su vecina, que en verdad no es su vecina, solo es su vecina en el sueño. Al parecer es el único ser humano en el piso 9 del edificio en donde vive. El camino hacia al ascensor es larguísimo. Cree que sus vecinos -que la posibilidad de sus vecinos- salen con rapidez de sus departamentos para que nadie los vea, asustadizas ratas. El recuerdo y la mujer y el techo. Siente calor humano. Olor a café, la calma que lo invade después del sexo. El recuerdo es agradable, sabe que no fue un sueño. Ese sueño que se repite. Y si alguien me sueña y quiere cansarme hasta matarme o llevarme muy cercanamente a la muerte. No sabe si está idea proviene de él mismo mientras sueña o si en verdad es un pensamiento nacido bajo su voluntad en vigilia. El recuerdo. La mujer. La mujer no tiene rostro. Tampoco puede ver sus manos. Arena. Café molido. La superficie caramelo de un café exprés recién preparado. No se puede levantar.

Entre tazas de café pasa el tiempo. 

No se puede levantar.
No se puede levantar.
No se puede levantar. 

Está frente a un computador. Busca en internet la palabra IRONBLOOD. Información sobre juegos, gimnasios, grupos medievales. Piensa que podría tratarse de una sociedad secreta que busca controlar el mundo. No tiene sentido. Piensa en los tipos con las antenas, piensa en el terror. Piensa en que es solo un sueño y no tiene por qué tener sentido. La sicóloga, una mujer esbelta, alta, pálida, con una piel gelatinosa y ojos vidriosos, le pide que hable de su niñez. La sicóloga no es la mujer del recuerdo ni la vecina. El hombre le cuenta su sueño. Todo se vuelve en blanco y negro. La sicóloga ha cambiado su piel. Es una breve imagen. Solo piensa en contar su sueño, en encontrar una jodida explicación (odio a su padre, un amor incestuoso, deseos libidinosos por su prima, autoflagelación latente), una piedra oscura en su alma que se manifiesta tormentosamente cada noche. La sicóloga solo se escucha a sí misma. A veces cree que la sicóloga intenta gritar, que en el fondo, en un fondo más bien superficial que le impide relacionarse con sus pacientes, que la mujer es sorda, que nunca ha escuchado su voz, que vive en desesperación constante. Ansiedad, stress, le recomiendo estos ejercicios de relajación, estas pastillitas naturales. Deme algo fuerte carajo, algo que me tumbe. Le pido que no me grite, vaya a un siquiatra, enciérrese y no me grite, relájese, no me grite, enciérrese, tome esta licencia, enciérrese, descanse.

Café. Café más otras cosas. Drogas. Un tipo vende drogas. En un departamento asqueroso. Todo está cubierto de polvo. Ve paños húmedos que llevan años sin ser movidos de su lugar. La humedad asquerosa se instala en su nariz. Tose, tose una y otra vez, pasa su mano con fuerza con su nariz. Piensa en el baño, pero es mejor no internarse. Llegará la policía monstruosa. Una inyección de fuego nace en la boca de su estómago. Pasan luces, la risa del hombre.

Está en su trabajo. Lo miran con extrañeza, pero solo puede concentrarse en las planillas. Conecta, formula, revisa a mil kilómetros por hora.  Creo, luces que se alargan se dispersan se transforman en risas en el rostro de una mujer que se sienta a su lado que pasa y es un auto veloz una ventana corrediza que se abre que deja entrar el aire hasta el noveno piso brisa desde una torre de alta tensión allá perdida en el paisaje urbano que crece a la velocidad de la internet de páginas pornográficas que lo acaban una y otra vez en un bosque en una plaza donde corre junto a perros que se cansan de ladrar en una taza de cereales en la que se sumerge la leche escurre por la mesa del comedor formando largos hilos blancos al caer que forman una cortina que cubre a la mujer del recuerdo que es otra está borracha quiere lanzarse es de noche la noche de ayer caer la leche deja de caer hay algunos cereales en el suelo parecen personitas desnudas se acerca se recuesta en el suelo. Pero no puede dormir.

Sale del departamento, mueve los brazos corriendo cortinas. Entra al ascensor. Un ruido, un timbre, las puertas se cierran. Tiene que escapar. Camina por un sendero oscuro en medio de un bosque. El sendero es un callejón entre dos inmensos edificios. Siente la textura de los ladrillos, el viaje del contaminado aire hasta sus pulmones, invadiendo cada uno de sus glóbulos rojos. La humedad llega a su cerebro. Dame algo para dormir. Dame algo para dormir. Las pastillas son pesadas y frías, como si fueran de acero inoxidable. Está seco, le cuesta tragar. La poca saliva que le queda ayuda a lubricar la pastilla que se desliza dolorosamente por el esófago hasta llegar al estómago en donde lucha con los ácidos gástricos. Burbujeo. La pastilla se desintegra lentamente. El fluido trepa por las paredes del órgano, se difunde a través de las membranas, colma la sangre y todos los sistemas. Siente mucho frío y de pronto la calidez del vientre materno. Es niño con bigotes de leche. 

Duerme.

Tose, su saliva está apunto de asfixiarlo. Su cabeza cuelga de su cama. Se levanta de un golpe. Se siente como nuevo. Se lava los dientes. La tranquilidad lo mata un poco. Siente que algo va a pasar en cualquier momento. Se baña. Nada. Se viste. Nada. Ordena el departamento. Nada. Va a buscar algo para comer. Nada. Paga la comida. Nada. Pasea por una plaza. Nada. Se pone al día con sus correos y mensajes. Nada. Pasan muchos nada. Piensa en la mujer del recuerdo, esa con la que vivió un tiempo. Solo queda la pequeñez de su departamento. Escucha el ruido del tráfico, bebe una cerveza. Duerme. Se levanta a trabajar. Nada. Nada. Nada. Conversa con alguien, comienza a extenderse hacia la normalidad, la realidad, algo concreto, algo que sentir, algo que controla y no le pasa por encima. 

Despierta. Han pasado dos horas. El suelo húmedo de la casa del tipo que le vende las drogas del sueño. Siente que una fuerza lo levanta, lo pone de pie y lo incita a caminar por el lugar (húmedo, asqueroso, sucio). Todo parece dispuesto a pegársele, a mancharlo. Está solo. Toma las drogas. Baja por las escaleras. Escucha un ruido, es en el callejón contiguo. Siente, nuevamente, la textura de los ladrillos. 

Alguien grita al final del callejón.

viernes, 7 de octubre de 2016

Desnudos (IV)



Dos hombres están sentados en una gran oficina de algún edificio corporativo. En el exterior llueve.
-Duró más de lo que pensamos.
-Nadie pensó que se iba a acabar, es cierto. Pero si lo situamos en nuestra historia, es decir, en la posibilidad de una historia total de la humanidad, fue bastante breve.
-Pero se sintió largo. Después de todo casi nos lleva a la extinción absoluta.
-Siempre queda algo. No hay que exagerar tampoco. Es decir, funcionamos en la crisis. No respondemos a otro impulso.
-No es exagerar. Yo creo que, efectivamente, no habría quedado nadie vivo. Era una forma de vida absolutamente inestable. Insostenible, sin sentido. Se está poniendo helado.
-Una breve inestabilidad. Ese es mi punto. Finalmente no fue una fuerza capaz de apropiarse de todo, de cambiarlo todo, de llegar a todos los confines del mundo. En algún momento se pensó que pasaría dada la rapidez con se propagó. Pero no pasó. Se acabó de una forma u otra.
-Para mí fue mucho. En verdad no sabíamos que estábamos haciendo.
-Si lo piensas un poco, si intentas un poco mirar hacia atrás esto no es la gran cosa.
-¿Cómo no es la gran cosa?
-Mira hacia atrás e imagina a la humanidad del ayer. Las cosas siempre han sido así.
-Es cierto.
El hombre se levanta y  arroja un libro de contabilidades al fuego.     

martes, 4 de octubre de 2016

Desnudos (III)



Nació en casa. Su parto fue atendido por una partera mapuche. Una lawentuchefe. Cuando la partera entro al pequeño departamento de Santiago centro se detuvo a hacer un rezo en la puerta. Su madre la parió de pie. Su padre cortó el cordón umbilical. Enterraron la placenta en un cerro y almacenaron el cordón en un congelador. Tomó teta hasta los 4 años. Sus padres decidieron no vacunarla. Fue criada en diferentes casas. Durante los veranos se quedaba en casa de alguno de sus abuelos o de sus 5 tías.

Su madre siempre pensaba en la liberación del cuerpo, en la danza, en que los hombres le serían un estorbo, en la recuperación de la autodeterminación de la mujer y de su cuerpa (c-u-e-r-p-a, así con “a”). Le enseñó a cantar, a bailar, a vivir sin culpa, a entender sus ciclos y su relación con la luna. Le mostró en su desenvolverse los secretos de la palabra hablada.

Su padre pensaba en la razón pura, en la verdad pura, en la responsabilidad que atraviesa a la humanidad y el tiempo. Le mostró la importancia del silencio y de la contemplación. Se enfrentaron en la rigurosidad y en la palabra. La lleno de libros y de números. 

Desde pequeña quiso devorarlo todo, absorberlo todo, desprenderse para involucrarse con todo. Probar, tocar, oler, mirar, oír. Destruir. Saborear la médula de las cosas. Era amiga de las palomas y los gatos, gatos que su padre detestaba. A los 4 años viajó con sus padres a Bélgica donde vivieron un par de años. Al volver dominaba el francés y el inglés. Leía diarios e intentaba completar los crucigramas, convirtiéndolos en marañas de letras. Entró al colegio: duró un semestre. Visitaba bibliotecas, navegaba horas en internet, perdiéndose. Iba a las plazas en donde se quedaba mirando al resto de los niños desde las alturas de los árboles. A veces jugaba con los otros niños. Se aburría con facilidad. A los 8 aprendió a fumar.

Escogió al hombre con el que compartiría su vida antes de viajar a Bélgica. Era el hijo de unos amigos de sus padres. A los 15 ya era un reconocido muralista. Se las había ingeniado para invadir los muros del Congreso Nacional en Valparaíso. Durante muchos años no se vieron. Se encontraron en Buenos Aires. Ambos habían abandonado el nido, aventurándose por todo el continente. Se entregaron al aprendizaje del sexo. Fueron meses hermosos. Brillantes. Al finalizar el invierno bonaerense se separaron. Él partía a Bolivia a pintar desiertos. Ella partía a Brasil a descubrir los misterios de la danza afro, la brujería y prácticas urbanas para la revolución. Se dieron un beso que duró para siempre. Prometieron encontrarse en Santiago. Tenían 17 años. Nunca sopesaron las consecuencias de dicha promesa. Ahora, mientras la mujer contempla el abandono y la recuperación del espacio público desde lo alto de un edificio desocupado, piensa en que fueron insensatos e inmaduros. No siente culpa. Mas desea que Él estuviera con vida, ahí, junto a Ella. También sabe que si estuviese, nada de esto habría sucedido. Seguramente habrían escapado a algún pequeño departamento en alguna ciudad olvidada por las guerras de la Europa oriental y se habrían alimentado exclusivamente de amor. Deja pasar los pensamientos, deja que el atardecer se los lleve. Pero su cuerpo vestido de penumbra le habla de Él.

Quizás la inquietud siempre estuvo ahí, transmitida por la sangre de su madre. No lo sabe. La primera vez que lo imaginó fue a los 10 años. Sus padres discutían sobre el espacio de la ropa en la casa. La conversación se profundizó a lo realmente necesario para la vida. Lo fundamental. Pensaron en desechar muchas cosas. Su padre se paseó por la casa con una bolsa negra de plástico recogiendo todo lo que consideraban inútil. Pero tampoco podían echarlo todo a la basura. Algo habrá que hacer con esto. Algunos objetos los regalaron o los pusieron a libre disposición. Simbólicamente quemaron algunos objetos-memento. Ese incendio fue el soltar, el desprenderse. Sin embargo su padre reconoce un momento de quiebre un poco anterior al que recuerda la mujer. Ella tiene 2 años. Están donde unos amigos  de sus padres y, al momento de despedirse, su padre le da la mano al dueño de casa luego de haberse despedido de beso de la esposa y de otra mujer que también estaba ahí. Entonces la niña aborda al padre: por qué no le das un beso a tu amigo. Supo que su hija provocaría todo esto. El resto no fue más que tiempo.

A veces esta inquietud la llevaba a un callejón sin salida. Más de alguna vez se encerró en su pieza y destruyó todo para reordenarlo. Horas de soledad enfrentada a su frustración. La necesidad de recomponer el mundo y chocar con un sistema terrible. A los 14 pensaba en la revolución, en que tomarían el poder y matarían a los culpables. El pueblo se organizaría y todo sería hermoso. Pero al salir y ver el mundo -a la gente encerrada en su metro cuadrado, olvidando que el otro sufre lo mismo y que disfruta lo mismo y que soporta el mismo universo- la mujer se paralizaba. Sentía lo mismo al escuchar las conversaciones de sus padres: el problema no tiene solución. Agotó libros y seminarios de anarquismo, ecología, sustentabilidad y género. Incluso estudio al neoliberalismo, intentando comprender su génesis más allá del obvio discurso de la avaricia, el poder y la dimensión humana de la propiedad privada. Nada. El estudio de la política y economía no satisfacía su inquietud. No estaba en los libros. Era un acuerdo tácito del poder. Una suerte de mito que se transmitía oralmente entre las familias de apellido largo.

Miró su interior. Buscó en la cuerpa. Probó yoga, qigong, meditación trascendental, caminatas interminables, retiros en silencio que se extendían por largas semanas. Nada. Lo vio tiempo después. A los 16. Caminaba por la calle Club hípico. Vio a un grupo de mujeres, ancianas, trabajar un huerto en plena vereda. Conversó con ellas. Habían destruido el cemento buscando tierra para sus semillas. Tierra oscura y fértil. Tenían un horario estricto. Compartían lo que cosechaban. Una de ellas le cantaba a las semillas.

La costumbre de cambiar la posición de los muebles la había heredado de su madre. Ahora mismo lo hacía: había cambiado la disposición de las sillas y mesas de la oficina. Se preocupa de mantener su respiración. Pasan el ruido de las celebraciones, los estallidos repentinos, las ambulancias que se apagan a lo lejos. Traga saliva. Le cuesta creer que todo partió en la mañana. Se había levantado, ejercitado, bañado y desayunado como todos los días. Había jugado con su gato antes de salir. Pasó por el barrio bancario como todos los días para ir al café en donde trabajaba como mesera, trabajo que le daba tiempo (y material) para escribir guiones que se acumulaban por su pequeño departamento. Tropezó con una cola interminable. Era algo referido a una burbuja, no lo entendió bien. Intento seguir. La imagen de la cola interminable la persiguió un par de cuadras. Las personas una detrás de otra, los guardias de seguridad, las cajeras, los ejecutivos de cuenta, todos sumergidos en una atmósfera de desagrado profundo, de tristeza, de encierro. La mujer sentía que nadie quería estar (ahí). Pensaban en otra cosa, en lo que vendrá, lo que fue y lo que no fue, reprimiendo, olvidando la terrible libertad: una niña pequeña juega con la correa que le da forma a la cola, su madre la toma con fuerza del brazo y le pide que se quede quieta, que toda la gente la está mirando, que va a llegar el guardia a sacarla. La niña llora en silencio, en completa frustración. La mujer siente un poco de pánico. Mira el cielo, se marea. Se aferra a algo que no sabe si es una persona, un muro, un poste, un árbol seco. Respira. La niña mira el suelo llorando. La mujer piensa en acercarse, decirle algo a la madre pero, y después, como hacerse cargo. Tampoco puede quedarse ahí sin hacer o decir nada. Aprieta sus puños. Desvía su mirada y ve un mural en una muralla casi destruida. Un grupo de personas bailan entorno a un árbol. Mira su puño, sus brazos, sus piernas tambaleándose. Se siente incómoda y pesada. Es la ropa, así que se la saca. Siente asco, algo en su estómago quiere emerger algo que lleva años formándose, quizás hace mucho tiempo antes de que ella naciera, antes de que su madre y su abuela nacieran. Habla con firmeza. Suenan el tiempo en su voz. El tiempo de los olvidados y pisoteados, de los desamados, de los nadie, de los que pasaron para servir a otros, de los que dejaron a sus hijos e hijas en el sufrimiento. Algunos se rascan la cabeza, otros mueven sus labios cerrados. Hay un silencio que es interrumpido por ruido de botones, cierres y velcros abriéndose.