I
Tiene que escapar. Camina por un
sendero oscuro en medio de un bosque. El sendero es un callejón entre dos
inmensos edificios. Siente la textura de los ladrillos, el viaje del
contaminado aire hasta sus pulmones, invadiendo cada uno de sus glóbulos rojos.
La gente corre en todas direcciones, gritando. Un terror invisible lo invade.
Está en un departamento. No debe salir. Camina al balcón: atardecer de
incendios, humo, caos. Pequeñas partículas oscuras lo impactan. Arden. Alguien
golpea la puerta, su vecina. Abre. Está en el departamento de la mujer. La
odia. La mujer ensangrentada le habla desesperadamente de zombies que la han
mordido, que es el fin. La mujer cae, bota espuma por la boca y convulsiona. La
golpea con un palo hasta cansarse. La sangre, la sangre, la sangre. Sabe que lo
de los zombies es una mentira, que es otra cosa peor o mejor, no lo sabe. El
final de la humanidad es inminente. Nunca había visto un cerebro. Se pierde en
los sesos desparramados por el pasto de la plaza por donde corre. Está solo. La
policía -monstruosos humanos de plástico y metal- se mueve lentamente entre el denso
gas lacrimógeno. Golpean, reducen, detienen. Aplastan. Perros ladran a la
distancia. Ve una pantalla. IRONBLOOD. La palabra se graba en su mente.
IRONBLOOD. Baja por unas escaleras de madera café oscuro. La pintura se descascara,
dejando ver una pintura anterior de color azul. Hay un pasillo y al final una
puerta doble. Entra, tiene que entrar. El pasillo es largo, hay habitaciones
con largos ventanales. Se acerca a la puerta. Ve figuras humanas, de pie y
sentadas. Entra. La sala es grande. Hay una pantalla gigante. IRONBLOOD. Cada
persona sostiene una pantalla y una antena. Ellos son los responsables. Es un
error. Todo fue un error. Lo miran sin girar su cabeza. La equivocación se
transforma en espanto. En pánico. Una fuerza superior que lo paraliza.
Todo se vuelve borroso,
inalcanzable.
Despierta.
Otra vez, despierta.
Ya van 5 semanas consecutivas.
No hay descanso.
Las imágenes del computador se
suceden con rapidez. Casi no puede tocar las cosas. Vive desde una bruma
mental. Todo pasa por encima y lo aplasta. Escucha el ruido de los huesos quebrándose,
el líquido vidrioso que sale de sus glóbulos oculares.
Intenta dormir y no soñar.
Es imposible.
La pesadilla lo derrumba todas
las noches. Con pequeñas variaciones, pero es la misma desagradable sensación
de no controlar, de estar sentado frente a una consola llena de botones y
palancas y nada funciona o provoca el efecto contrario. Tiene la sensación de
que lo han golpeado o de que ha corrido por horas. Sus músculos se agarrotan.
Abrir los ojos y no saber si están abiertos.
De pronto tiene un recuerdo. Está
acostado, como ahora, mira el techo y alguien lo acompaña. Una mujer. No es su
vecina, que en verdad no es su vecina, solo es su vecina en el sueño. Al
parecer es el único ser humano en el piso 9 del edificio en donde vive. El
camino hacia al ascensor es larguísimo. Cree que sus vecinos -que la
posibilidad de sus vecinos- salen con rapidez de sus departamentos para que
nadie los vea, asustadizas ratas. El recuerdo y la mujer y el techo. Siente
calor humano. Olor a café, la calma que lo invade después del sexo. El recuerdo
es agradable, sabe que no fue un sueño. Ese sueño que se repite. Y si alguien
me sueña y quiere cansarme hasta matarme o llevarme muy cercanamente a la
muerte. No sabe si está idea proviene de él mismo mientras sueña o si en verdad
es un pensamiento nacido bajo su voluntad en vigilia. El recuerdo. La mujer. La
mujer no tiene rostro. Tampoco puede ver sus manos. Arena. Café molido. La
superficie caramelo de un café exprés recién preparado. No se puede levantar.
Entre tazas de café pasa el
tiempo.
No se puede levantar.
No se puede levantar.
No se puede levantar.
Está frente a un computador.
Busca en internet la palabra IRONBLOOD. Información sobre juegos, gimnasios,
grupos medievales. Piensa que podría tratarse de una sociedad secreta que busca
controlar el mundo. No tiene sentido. Piensa en los tipos con las antenas,
piensa en el terror. Piensa en que es solo un sueño y no tiene por qué tener
sentido. La sicóloga, una mujer esbelta, alta, pálida, con una piel gelatinosa
y ojos vidriosos, le pide que hable de su niñez. La sicóloga no es la mujer del
recuerdo ni la vecina. El hombre le cuenta su sueño. Todo se vuelve en blanco y
negro. La sicóloga ha cambiado su piel. Es una breve imagen. Solo piensa en
contar su sueño, en encontrar una jodida explicación (odio a su padre, un amor
incestuoso, deseos libidinosos por su prima, autoflagelación latente), una
piedra oscura en su alma que se manifiesta tormentosamente cada noche. La
sicóloga solo se escucha a sí misma. A veces cree que la sicóloga intenta
gritar, que en el fondo, en un fondo más bien superficial que le impide
relacionarse con sus pacientes, que la mujer es sorda, que nunca ha escuchado
su voz, que vive en desesperación constante. Ansiedad, stress, le recomiendo
estos ejercicios de relajación, estas pastillitas naturales. Deme algo fuerte
carajo, algo que me tumbe. Le pido que no me grite, vaya a un siquiatra, enciérrese
y no me grite, relájese, no me grite, enciérrese, tome esta licencia,
enciérrese, descanse.
Café. Café más otras cosas.
Drogas. Un tipo vende drogas. En un departamento asqueroso. Todo está cubierto
de polvo. Ve paños húmedos que llevan años sin ser movidos de su lugar. La
humedad asquerosa se instala en su nariz. Tose, tose una y otra vez, pasa su
mano con fuerza con su nariz. Piensa en el baño, pero es mejor no internarse.
Llegará la policía monstruosa. Una inyección de fuego nace en la boca de su
estómago. Pasan luces, la risa del hombre.
Está en su trabajo. Lo miran con
extrañeza, pero solo puede concentrarse en las planillas. Conecta, formula,
revisa a mil kilómetros por hora. Creo,
luces que se alargan se dispersan se transforman en risas en el rostro de una
mujer que se sienta a su lado que pasa y es un auto veloz una ventana corrediza
que se abre que deja entrar el aire hasta el noveno piso brisa desde una torre
de alta tensión allá perdida en el paisaje urbano que crece a la velocidad de
la internet de páginas pornográficas que lo acaban una y otra vez en un bosque
en una plaza donde corre junto a perros que se cansan de ladrar en una taza de
cereales en la que se sumerge la leche escurre por la mesa del comedor formando
largos hilos blancos al caer que forman una cortina que cubre a la mujer del
recuerdo que es otra está borracha quiere lanzarse es de noche la noche de ayer
caer la leche deja de caer hay algunos cereales en el suelo parecen personitas
desnudas se acerca se recuesta en el suelo. Pero no puede dormir.
Sale del departamento, mueve los
brazos corriendo cortinas. Entra al ascensor. Un ruido, un timbre, las puertas
se cierran. Tiene que escapar. Camina por un sendero oscuro en medio de un
bosque. El sendero es un callejón entre dos inmensos edificios. Siente la
textura de los ladrillos, el viaje del contaminado aire hasta sus pulmones,
invadiendo cada uno de sus glóbulos rojos. La humedad llega a su cerebro. Dame
algo para dormir. Dame algo para dormir. Las pastillas son pesadas y frías, como
si fueran de acero inoxidable. Está seco, le cuesta tragar. La poca saliva que
le queda ayuda a lubricar la pastilla que se desliza dolorosamente por el esófago
hasta llegar al estómago en donde lucha con los ácidos gástricos. Burbujeo. La
pastilla se desintegra lentamente. El fluido trepa por las paredes del órgano, se
difunde a través de las membranas, colma la sangre y todos los sistemas. Siente
mucho frío y de pronto la calidez del vientre materno. Es niño con bigotes de
leche.
Duerme.
Tose, su saliva está apunto de
asfixiarlo. Su cabeza cuelga de su cama. Se levanta de un golpe. Se siente como
nuevo. Se lava los dientes. La tranquilidad lo mata un poco. Siente que algo va
a pasar en cualquier momento. Se baña. Nada. Se viste. Nada. Ordena el
departamento. Nada. Va a buscar algo para comer. Nada. Paga la comida. Nada.
Pasea por una plaza. Nada. Se pone al día con sus correos y mensajes. Nada. Pasan
muchos nada. Piensa en la mujer del recuerdo, esa con la que vivió un tiempo. Solo
queda la pequeñez de su departamento. Escucha el ruido del tráfico, bebe una
cerveza. Duerme. Se levanta a trabajar. Nada. Nada. Nada. Conversa con alguien,
comienza a extenderse hacia la normalidad, la realidad, algo concreto, algo que
sentir, algo que controla y no le pasa por encima.
Despierta. Han pasado dos horas.
El suelo húmedo de la casa del tipo que le vende las drogas del sueño. Siente que
una fuerza lo levanta, lo pone de pie y lo incita a caminar por el lugar (húmedo,
asqueroso, sucio). Todo parece dispuesto a pegársele, a mancharlo. Está solo.
Toma las drogas. Baja por las escaleras. Escucha un ruido, es en el callejón
contiguo. Siente, nuevamente, la textura de los ladrillos.
Alguien grita al final del
callejón.
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