Íbamos de vuelta con nuestras
compras cuando nos abordaron unas cabras que viven en un sitio eriazo en Manuel
Rodriguez con Alameda. Me asusté. Pensé que nos harían algo, que le harían algo
a la pequeña D. Apenas pude ver sus caras en la oscuridad de esa esquina. Estaban
macheteando. Vieron mis bolsas y me pidieron un papel higiénico. Porque no nos
dai’ un confort mejor. Más que una petición fue una exigencia que me hizo ver
la ridiculez de mi miedo. Sentí una tristeza profunda. No solo por ellos -que hace
unos meses eran como 4 cabros que se habían escapado del SENAME, y ahora son
cerca de 10 que se organizan en una marea que se toma la vereda para cobrar
peaje a los que pasan por ahí. Sentí una pena por el mundo al que tendrá que
enfrentarse D. De repente me hace preguntas sobre cosas que ve, como un niño
que canta en Plaza de armas, y responder es complejo porque cuesta dar una respuesta
con ojos despejados. Una respuesta sin miedo.
Nos alejamos de los sename, se
escuchan las sirenas de los pacos que están dispersando a la gente que queda en
la marcha contra la violencia de género. Y claro que los sename tienen que ser choros y
agresivos. Viven en un mundo absolutamente violento que los quiere cambiar u
olvidar. O, como hemos sabido, matar. Y tienen que escapar y organizarse y vivir
de alguna forma su precariedad, y aferrarse a algo para comer algo, para
soportar, para comprar un poco de parafina que les permita olvidar esta mierda
de mundo que los detesta. Y ellos nos detestan, por supuesto. Como no van a
odiar a un tipo que pasea con bolsas de supermercado feliz de la vida. Y yo temía
que me hicieran algo. Algo como no sé, pegarme quizás, enterrarme un cuchillo.
No lo sé. Todo es estúpido. Esperamos que estos cabros sean amables y sumisos,
que nos pidan dinero con la cabeza gacha, haciendo una reverencia. Cuando no
hay nada más lógico que ser agresivo en una sociedad que te califica de
antemano como antisocial.
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