Nació
en casa. Su parto fue atendido por una partera mapuche. Una lawentuchefe.
Cuando la partera entro al pequeño departamento de Santiago centro se detuvo a
hacer un rezo en la puerta. Su madre la parió de pie. Su padre cortó el cordón
umbilical. Enterraron la placenta en un cerro y almacenaron el cordón en un
congelador. Tomó teta hasta los 4 años. Sus padres decidieron no vacunarla. Fue
criada en diferentes casas. Durante los veranos se quedaba en casa de alguno de
sus abuelos o de sus 5 tías.
Su
madre siempre pensaba en la liberación del cuerpo, en la danza, en que los
hombres le serían un estorbo, en la recuperación de la autodeterminación de la
mujer y de su cuerpa (c-u-e-r-p-a, así con “a”). Le enseñó a cantar, a bailar,
a vivir sin culpa, a entender sus ciclos y su relación con la luna. Le mostró
en su desenvolverse los secretos de la palabra hablada.
Su
padre pensaba en la razón pura, en la verdad pura, en la responsabilidad que
atraviesa a la humanidad y el tiempo. Le mostró la importancia del silencio y
de la contemplación. Se enfrentaron en la rigurosidad y en la palabra. La lleno
de libros y de números.
Desde
pequeña quiso devorarlo todo, absorberlo todo, desprenderse para involucrarse
con todo. Probar, tocar, oler, mirar, oír. Destruir. Saborear la médula de las
cosas. Era amiga de las palomas y los gatos, gatos que su padre detestaba. A
los 4 años viajó con sus padres a Bélgica donde vivieron un par de años. Al
volver dominaba el francés y el inglés. Leía diarios e intentaba completar los
crucigramas, convirtiéndolos en marañas de letras. Entró al colegio: duró un
semestre. Visitaba bibliotecas, navegaba horas en internet, perdiéndose. Iba a
las plazas en donde se quedaba mirando al resto de los niños desde las alturas
de los árboles. A veces jugaba con los otros niños. Se aburría con facilidad. A
los 8 aprendió a fumar.
Escogió
al hombre con el que compartiría su vida antes de viajar a Bélgica. Era el hijo
de unos amigos de sus padres. A los 15 ya era un reconocido muralista. Se las
había ingeniado para invadir los muros del Congreso Nacional en Valparaíso. Durante
muchos años no se vieron. Se encontraron en Buenos Aires. Ambos habían
abandonado el nido, aventurándose por todo el continente. Se entregaron al
aprendizaje del sexo. Fueron meses hermosos. Brillantes. Al finalizar el
invierno bonaerense se separaron. Él partía a Bolivia a pintar desiertos. Ella
partía a Brasil a descubrir los misterios de la danza afro, la brujería y
prácticas urbanas para la revolución. Se dieron un beso que duró para siempre. Prometieron
encontrarse en Santiago. Tenían 17 años. Nunca sopesaron las consecuencias de
dicha promesa. Ahora, mientras la mujer contempla el abandono y la recuperación
del espacio público desde lo alto de un edificio desocupado, piensa en que
fueron insensatos e inmaduros. No siente culpa. Mas desea que Él estuviera con
vida, ahí, junto a Ella. También sabe que si estuviese, nada de esto habría
sucedido. Seguramente habrían escapado a algún pequeño departamento en alguna
ciudad olvidada por las guerras de la Europa oriental y se habrían alimentado
exclusivamente de amor. Deja pasar los pensamientos, deja que el atardecer se los
lleve. Pero su cuerpo vestido de penumbra le habla de Él.
Quizás
la inquietud siempre estuvo ahí, transmitida por la sangre de su madre. No lo
sabe. La primera vez que lo imaginó fue a los 10 años. Sus padres discutían
sobre el espacio de la ropa en la casa. La conversación se profundizó a lo
realmente necesario para la vida. Lo fundamental. Pensaron en desechar muchas
cosas. Su padre se paseó por la casa con una bolsa negra de plástico recogiendo
todo lo que consideraban inútil. Pero tampoco podían echarlo todo a la basura.
Algo habrá que hacer con esto. Algunos objetos los regalaron o los pusieron a
libre disposición. Simbólicamente quemaron algunos objetos-memento. Ese
incendio fue el soltar, el desprenderse. Sin embargo su padre reconoce un
momento de quiebre un poco anterior al que recuerda la mujer. Ella tiene 2
años. Están donde unos amigos de sus
padres y, al momento de despedirse, su padre le da la mano al dueño de casa
luego de haberse despedido de beso de la esposa y de otra mujer que también
estaba ahí. Entonces la niña aborda al padre: por qué no le das un beso a tu
amigo. Supo que su hija provocaría todo esto. El resto no fue más que tiempo.
A
veces esta inquietud la llevaba a un callejón sin salida. Más de alguna vez se
encerró en su pieza y destruyó todo para reordenarlo. Horas de soledad enfrentada
a su frustración. La necesidad de recomponer el mundo y chocar con un sistema
terrible. A los 14 pensaba en la revolución, en que tomarían el poder y
matarían a los culpables. El pueblo se organizaría y todo sería hermoso. Pero
al salir y ver el mundo -a la gente encerrada en su metro cuadrado, olvidando
que el otro sufre lo mismo y que disfruta lo mismo y que soporta el mismo
universo- la mujer se paralizaba. Sentía lo mismo al escuchar las
conversaciones de sus padres: el problema no tiene solución. Agotó libros y
seminarios de anarquismo, ecología, sustentabilidad y género. Incluso estudio
al neoliberalismo, intentando comprender su génesis más allá del obvio discurso
de la avaricia, el poder y la dimensión humana de la propiedad privada. Nada.
El estudio de la política y economía no satisfacía su inquietud. No estaba en
los libros. Era un acuerdo tácito del poder. Una suerte de mito que se
transmitía oralmente entre las familias de apellido largo.
Miró
su interior. Buscó en la cuerpa. Probó yoga, qigong, meditación trascendental,
caminatas interminables, retiros en silencio que se extendían por largas
semanas. Nada. Lo vio tiempo después. A los 16. Caminaba por la calle Club
hípico. Vio a un grupo de mujeres, ancianas, trabajar un huerto en plena
vereda. Conversó con ellas. Habían destruido el cemento buscando tierra para
sus semillas. Tierra oscura y fértil. Tenían un horario estricto. Compartían lo
que cosechaban. Una de ellas le cantaba a las semillas.
La
costumbre de cambiar la posición de los muebles la había heredado de su madre. Ahora
mismo lo hacía: había cambiado la disposición de las sillas y mesas de la
oficina. Se preocupa de mantener su respiración. Pasan el ruido de las
celebraciones, los estallidos repentinos, las ambulancias que se apagan a lo
lejos. Traga saliva. Le cuesta creer que todo partió en la mañana. Se había
levantado, ejercitado, bañado y desayunado como todos los días. Había jugado
con su gato antes de salir. Pasó por el barrio bancario como todos los días
para ir al café en donde trabajaba como mesera, trabajo que le daba tiempo (y
material) para escribir guiones que se acumulaban por su pequeño departamento.
Tropezó con una cola interminable. Era algo referido a una burbuja, no lo entendió
bien. Intento seguir. La imagen de la cola interminable la persiguió un par de
cuadras. Las personas una detrás de otra, los guardias de seguridad, las
cajeras, los ejecutivos de cuenta, todos sumergidos en una atmósfera de
desagrado profundo, de tristeza, de encierro. La mujer sentía que nadie quería
estar (ahí). Pensaban en otra cosa, en lo que vendrá, lo que fue y lo que no
fue, reprimiendo, olvidando la terrible libertad: una niña pequeña juega con la
correa que le da forma a la cola, su madre la toma con fuerza del brazo y le
pide que se quede quieta, que toda la gente la está mirando, que va a llegar el
guardia a sacarla. La niña llora en silencio, en completa frustración. La mujer
siente un poco de pánico. Mira el cielo, se marea. Se aferra a algo que no sabe
si es una persona, un muro, un poste, un árbol seco. Respira. La niña mira el
suelo llorando. La mujer piensa en acercarse, decirle algo a la madre pero, y
después, como hacerse cargo. Tampoco puede quedarse ahí sin hacer o decir nada.
Aprieta sus puños. Desvía su mirada y ve un mural en una muralla casi destruida.
Un grupo de personas bailan entorno a un árbol. Mira su puño, sus brazos, sus
piernas tambaleándose. Se siente incómoda y pesada. Es la ropa, así que se la
saca. Siente asco, algo en su estómago quiere emerger algo que lleva años
formándose, quizás hace mucho tiempo antes de que ella naciera, antes de que su
madre y su abuela nacieran. Habla con firmeza. Suenan el tiempo en su voz. El
tiempo de los olvidados y pisoteados, de los desamados, de los nadie, de los
que pasaron para servir a otros, de los que dejaron a sus hijos e hijas en el
sufrimiento. Algunos se rascan la cabeza, otros mueven sus labios cerrados. Hay
un silencio que es interrumpido por ruido de botones, cierres y velcros
abriéndose.
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